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| 3/24/2003 12:00:00 AM

¿Cómo reaccionará el mundo árabe?

La invasión de Irak, entre otras cosas, recompone el mapa político de Oriente Medio.

Una de las consecuencias directas del control de Irak por parte de Estados Unidos será el reacomodamiento político de todo el Oriente Medio y el mundo islámico en general. Para los ideólogos de la administración Bush, la salida de Saddam Hussein del poder provocará el establecimiento de un régimen democrático y libre que sirva de ejemplo a las otros países de la región. Para los disidentes europeos, como el canciller francés Dominique de Villepin, sobrevendrá una ola de inestabilidad y ataques terroristas que arrastrará no sólo a Oriente Medio sino al mundo entero.

El argumento de los primeros se basa en la experiencia de Estados Unidos tras el proceso de reconstrucción de la Segunda Guerra Mundial: sus principales enemigos, Japón y Alemania, terminaron convertidos en democracias estables y economías prósperas gracias a su apoyo. Los que se oponen a esa visión plantean un escenario de posguerra más parecido al de la extinta Yugoslavia, donde la inestabilidad, las guerras y la pobreza aún no terminan de solucionarse.

Pero la argumentación de Washington ignora que en el mundo islámico subyacen circunstancias políticas, culturales, religiosas y étnicas de las que es posible esperar cualquier cosa. Para empezar, salvo Turquía, ningún país de la región tiene una tradición democrática y en la mayoría de los casos están dominados por monarquías absolutistas, jefes militares o un gobierno clerical como el de Irán, que se mantienen en el poder a base de mano dura.

Precisamente Turquía, viejo aliado de Estados Unidos y miembro de la Otan, podría convertirse en protagonista de su propia guerra al intentar controlar la zona nororiental de Irak, donde viven unos 12,9 millones de kurdos. No sólo lo haría para enfrentar militarmente a los kurdos, que intentarían aprovechar la situación para conseguir su viejo sueño de un Estado independiente, sino para controlar los campos petroleros de Mosul y Kirkuk, claves para los planes estadounidenses de financiar, a corto plazo, la reconstrucción de Irak. Para Estados Unidos ese sería un escenario complicado porque entrar en guerra con Turquía no está entre sus planes.

En Irán, entre tanto, hay varios temores. Uno es que Teherán, ante la posibilidad de quedar rodeado de enemigos y con la conciencia de estar en la lista del "eje del mal" de Bush, intente hacer lo mismo que Turquía, pero en el sector noroccidental y en el sur. Para ello contaría con el apoyo de varios grupos chiítas que les son afines. El otro temor es que, aun sin intervenir directamente, los más duros ayatolas de la revolución chiíta se fortalezcan con sus argumentos antioccidentales y terminen quitándole oxígeno al movimiento reformista liderado por el presidente Mohammed Kathami.

La permanencia de la corrupta monarquía de la familia Al Saud de Arabia Saudita es otro frente de tensión. Ese gobierno, en graves problemas económicos, está entre la espada y la pared por la presencia en su territorio de bases militares norteamericanas que sirven de apoyo logístico al ataque contra Irak. Para los extremistas islámicos -incluido Osama Ben Laden- prestarse a un ataque del "Gran Satán", Estados Unidos, a un país musulmán es poco menos que una herejía que debe ser pagada con sangre. Si algún país está conectado con Al Qaeda es Arabia Saudita y la inmensa mayoría de los terroristas de ese grupo son de esa nacionalidad.

La onda de inestabilidad y los levantamientos populares antinorteamericanos también amenazan al líder paquistaní Pérvez Musharraf y al presidente egipcio, Hosni Mubarak, aliados de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo, aunque con reticencias y ambigüedades sobre el ataque militar contra Irak.

Sin embargo, como dijo a SEMANA Rob Satloff, del Instituto de Política para Oriente Medio de Washington: "Otros países árabes, Kuwait, Qatar y Omán, por ejemplo, han marcado un contraste con Europa al alinearse con la política de Estados Unidos y brindándole su territorio para realizar el ataque sobre Irak". Otros colaboran subrepticiamente, como Jordania, que se opone oficialmente a la guerra, como hizo en 1991, pero los servicios secretos del rey Abdulá colaboran en la localización de Saddam Hussein. Jordania, con más de la mitad de su población de origen palestino, es una verdadera bomba de tiempo.

A la larga ningún gobierno de la región lamentará la salida del poder de Saddam, e incluso la Liga Arabe se ha pronunciado a favor de un cambio de liderazgo en Irak y un desarme pacífico. Pero el común de la opinión pública árabe rechaza de plano una intervención de Estados Unidos en Oriente Medio. De allí el temor de una reacción terrorista en cadena contra Estados Unidos y Europa, donde además viven 16 millones de musulmanes.

Para Mitchell Bard, director ejecutivo de la American-Israeli Cooperative Enterprise, cuando el presidente Bush habla de otros regímenes que deben seguir el ejemplo de un Irak posbélico se refiere específicamente a Siria y a Irán, cuestionados por Estados Unidos dados sus pésimos récords en derechos humanos y su supuesto vínculo con actividades terroristas: "Esos gobiernos deben preocuparse porque serán el siguiente objetivo de Estados Unidos en contra de los regímenes dictatoriales", dijo Bard a SEMANA. Otras naciones musulmanas, como Yemen, Sudán, Túnez, Líbano y Libia, tampoco han hecho méritos para considerarse fuera del alcance de la guerra antiterrorista de Bush.

Lo cierto es que el punto que separa una reacción violenta por parte del mundo árabe y un escenario favorable para Estados Unidos está centrado en qué tan largo y violento resulte el ataque contra Hussein. Como dijo a SEMANA Joseph Grieco, experto en Oriente Medio de la Universidad de Duke, "si la guerra es rápida y el número de civiles inocentes muertos no es muy alto, se puede ser optimista sobre la reacción de los árabes. De no ser así, las consecuencias pueden ser impredecibles".

Otra arista tiene que ver con el conflicto árabe-israelí. Sin duda, la guerra ha retrasado una solución al respecto y un involucramiento más cercano de Estados Unidos en la solución. La esperanza es que, así como al final de la primera Guerra del Golfo, las perspectivas sean positivas, y con Hussein fuera del poder, los extremistas -incluidos los jóvenes bomba- le cedan más espacio a los moderados en la discusión con Israel. "Si la guerra es rápida, y Estados Unidos cumple su promesa de reconstruir a Irak, se podría propiciar un ambiente propicio para que los israelíes y los palestinos marchen hacia la reconciliación", dijo Grieco. Si la guerra no sale como Bush calcula, esta será otra promesa rota.

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