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| 10/1/2001 12:00:00 AM

Cruzar los límites

Los romances, los tragos de más en las fiestas y las dificultades que surgen cuando el amigo se convierte en jefe constituyen un territorio peligroso en la vida de oficina.

Cruzar los límites Cruzar los límites
La aventura de Camilo, el nombre ficticio con el que se identificó el protagonista de esta historia, comenzó en la fiesta de fin de año de la empresa. Esa noche, en medio de la euforia y animado por los tragos, se besó con una compañera de la compañía en un rincón del bar donde celebraban. La situación no pasó a mayores y Camilo quedó tranquilo pues en medio del desorden nadie se había dado cuenta de lo sucedido. Un mes después ella lo llamó porque quería verlo a la salida del trabajo. El no se resistió a la invitación y a partir de ese día vivió durante seis meses un apasionado affaire de oficina. Al principio parecía claro que la relación giraba sólo alrededor del sexo. Se veían una vez a la semana para tener relaciones. Camilo estaba feliz con esta aventura. Le fascinaba la discreción de su compañera, ese pacto tácito de silencio que los unía. Cuando se encontraban en la empresa se saludaban como si nada estuviera ocurriendo. Todo parecía tan sencillo y fácil. Sin embargo en algún momento la situación comenzó a cambiar.

Ella empezó a llamar con más frecuencia a la extensión, al celular y a la casa de Camilo. Insistía en verlo más seguido. El trató de sacarle el cuerpo pero fracasó en su intento porque, al trabajar en el mismo lugar, ella conocía al milímetro cada uno de sus movimientos. Tampoco le sirvió de mucho cambiar el número del celular. Camilo terminó por ceder a los requerimientos de su amiga. Se veían hasta tres veces a la semana hasta altas horas de la madrugada. Unas ojeras pronunciadas delataban sus apasionados encuentros. Por la misma época se volvieron más osados en la empresa. En una ocasión estuvieron a punto de hacer el amor en la oficina de él y en otra lo hicieron en uno de los ascensores de la compañía. Por lo menos dos personas se dieron cuenta de lo que había pasado y confirmaron lo que ya era un secreto a voces en los pasillos. Camilo sentía encima suyo las miradas de sus compañeros. Vivía con los nervios de punta.

La situación estaba fuera de control y amenazaba con empeorar. Ella comenzó a pasearse por el área de su oficina con cualquier pretexto o a interrumpirlo en mitad de sus funciones para exigirle que fueran novios. El le sacaba el cuerpo o intentaba verla siempre acompañado por otra persona para evitar tentaciones. Camilo no tenía voluntad para acabar la relación pese a todas las complicaciones que le había traído. Su rendimiento laboral bajó en forma significativa. El desgaste por la falta de sueño, la pérdida de concentración y el estrés al intentar evadirla, para no hablar de los líos en su casa por las cada vez más frecuentes amanecidas estaban acabándolo a cuentagotas. Al final todo terminó porque a ella la sacaron de la empresa.

Cruzar el límite entre lo personal y lo profesional como lo hizo Camilo tiene demasiados riesgos. Aunque la mezcla de sexo y trabajo es un coctel demasiado explosivo en Colombia, según la encuesta de SEMANA, una de cada tres personas conoce a alguien en su lugar de trabajo que ha tenido relaciones sexuales con un compañero o compañera de labores. Sobre qué tan bueno o malo es esto no hay consenso. Sin embargo los expertos creen que, independientemente de si se es patrón o empleado, no es aconsejable relacionarse sexualmente con alguien en la empresa. “El sexo altera la estructura del poder. Una vez que se han tenido relaciones sexuales con alguien de la oficina las reglas de juego cambian completamente”, escribe la sicóloga Marta Chiarelli. No obstante el asunto tiene sus bemoles. La reconocida investigadora Shere Hite, quien estudió este fenómeno y presentó sus conclusiones al respecto en la obra Sexo y negocios, piensa que los encuentros sexuales de oficina pueden obedecer a un patrón cultural tradicional de relaciones que necesita transformarse. Hite piensa que muchos hombres y mujeres no saben cómo establecer una relación cercana en el trabajo y llegan al sexo como una manera de “expresar sentimientos intensos y entusiastas respecto a una persona del sexo opuesto”.

Estos sentimientos muchas veces salen a flote con ayuda de los tragos y en ambientes que propician la comunicación como las fiestas de oficina. No en vano 75 por ciento de los colombianos encuestados por SEMANA consideran que estas reuniones ayudan a la integración. Lo grave es que en ocasiones el licor cambia la personalidad de los asistentes y los hace traspasar todos los límites. Por eso dichos eventos son propicios para el comienzo de aventuras amorosas o para que algún subalterno le cante la tabla al jefe porque lo siente su más entrañable amigo.



De amigo a jefe

Es que manejar correctamente la línea divisoria entre lo personal y lo profesional en la oficina es asunto de malabaristas. Como lo es, por ejemplo, manejar la difícil situación que surge cuando una persona termina siendo la jefe de su mejor amigo.

Quien manda puede sentir la obligación de poner una distancia para que los demás empleados no piensen que la cercanía es una garantía de privilegios. Incluso puede llegar a ser más rígido con el mismo propósito. El amigo que recibe estos actos puede sentirse, con justa causa, maltratado sin razón. En el caso contrario, si quien está en la posición de subalterno piensa que la amistad le otorga per se un nuevo estatus laboral, tarde o temprano tendrá que ser puesto en su lugar. Un tercer escenario posible es que la amistad no se fracture y por eso mismo se genere una errónea percepción de favoritismo hacia el amigo del jefe por parte de los demás empleados. Esto fue lo que le sucedió a María y Consuelo, dos amigas que pidieron la reserva de sus verdaderos nombres para contar su historia.

Cuando María llegó a la dirección de la empresa invitó a Consuelo, su mejor amiga, a que le colaborara en un tema muy específico. Tiempo después consideró su nombre para una vacante dentro de la compañía pero dejó el proceso de selección en manos de otra persona para no herir susceptibilidades. Consuelo fue contratada sin siquiera sospechar la dramática situación que iba a tener que soportar durante 12 meses. Para entonces lo único que se le pasaba por la cabeza era “que iba a hacer realidad el sueño de trabajar con mi amiga, íbamos a ser como el dúo dinámico porque nos conocíamos y nos entendíamos muy bien”. La realidad fue bien diferente porque de entrada dos personas la descalificaron y dijeron que su llegada era resultado, no de sus calidades profesionales sino de los vínculos de amistad que tenía con la directora.

Luego, como la relación entre las dos se mantuvo igual que siempre, dijeron que tenía privilegios inexistentes. Consuelo, por el contrario, lo que sentía era una inmensa responsabilidad con ella, no podía darse el lujo de fallarle. Más adelante solicitó una licencia de un mes para ir a estudiar a Europa. Cuando regresó a la oficina encontró despedazada la foto de sus dos hijos. Lo primero que pensó es que se había roto por accidente. Sin embargo comenzó a sospechar cuando un compañero le dijo que él la había visto intacta unos días antes de que ella regresara. Fue el primer campanazo de alerta.

Lo que vino después fue muy doloroso. En una sesión grupal, en la que se ventilaron los problemas de la empresa con el propósito de que la catarsis colectiva contribuyera a mejorar el ambiente laboral, Consuelo fue atacada inmisericordemente. En su contra utilizaron todos los calificativos posibles. Oportunista fue lo mínimo que le dijeron. La situación las sorprendió a ella, a María y a otra funcionaria. Después del linchamiento público al que se vio sometida Consuelo renunció. Jamás olvida que cuando se fue una persona le dijo: “Está más feliz ahora que se va que cuando llegó”. No era para menos, pues no sólo se alejaba de un lugar hostil sino que de esa forma protegía la amistad, que era para ella más valiosa que cualquier otra cosa.

La lección para Consuelo fue la misma que para Camilo: mejor no revolver lo privado con lo laboral.

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