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| 5/30/1988 12:00:00 AM

DIA DE LA MADRE

DIA DE LA MADRE, Edición 313, Sección Especiales, 10285 DIA DE LA MADRE
¿Se está acabando el machismo?
Qué ganó la mujer con la liberación femenina?, nos preguntamos a veces, en los pocos momentos de ocio que encontramos en el trajín diario. La pregunta surge en cualquier té de señoras, o tal vez en alguna despedida de soltera, en la que el mayor porcentaje de invitadas intenta convencer a la joven de que lo que va a hacer es una verdadera locura.
¿Qué ganó...?, nos repetimos, y al final concluimos que fueron pocos los avances y tal vez más las desventajas. Ciertamente ganamos independencia y libertad, que son logros bastante significativos. Ganamos también la oportunidad de satisfacer nuestras propias ambiciones --sobre todo las ambiciones profesionales y las intelectuales--, pero al mismo tiempo nos esclavizamos más en el campo laboral. La verdad es que a los machistas les cuesta trabajo entender que el oficio hogareño es un trabajo como cualquiera. Ellos entendían, cada vez que debíamos responder un cuestionario que al decir "profesión: hogar", estábamos mintiendo, o por lo menos buscando alguna palabra menos despreciable para remplazar el término "nada".
La palabra "hogar" les sigue produciendo risas. El verdadero trabajo está en las fábricas o en el rincón de una oficina.
Pero, ¿acaso se trabaja en el hogar?
Y las mujeres nos cansamos de repetir la misma historia: sí, es un verdadero trabajo. Somos economistas (de la economía casera, que es la más delicada), somos cocineras (del cliente más exigente, que es el marido), somos decoradoras (de un apartamento que cuando el hombre sale queda hecho una desgracia), somos pedagogas (porque con los niños, ustedes sólo se entienden de noche, y eso cuando no llegan tarde), somos lavanderas y aseadoras y planchadoras y... somos tantas cosas a la vez.
Pero como nos cansamos de repetir la historia, entonces decidimos salir a las fábricas y a las oficinas, para no sentirnos tan aparentemente inútiles. Entonces teníamos que madrugar más.
Teníamos que salir desde temprano para el sitio de trabajo, y cumplir a satisfacción con un horario igual al de los hombres. Y debíamos trabajar con mucho esfuerzo, para demostrarles que eramos capaces de hacerlo todo muy bien. Pero al final de la jornada, cuando llegaba el ansiado momento de marcar la tarjeta de salida, entonces nos dábamos cuenta de que apenas estaba comenzando la segunda jornada. La del hogar. Y teníamos que llegar a asumir nuestro papel de economistas, de decoradoras de cocineras, de lavanderas...
Por eso antes pensábamos que el logro de la liberación era sinónimo de esclavitud. Pero en los últimos tés de señoras, en las más recientes despedidas de solteras, he encontrado respuestas diferentes. Ahora pienso que hemos ganado mucho, pero no para nosotras. Lo hemos ganado para nuestras hijas... o quizás, apenas, para nuestras nietas.
El hombre ya se ha dado cuenta de las capacidades de la mujer. Por eso ahora las juntas directivas de importantes empresas no tienen inconveniente en colocar a la cabeza a una representante del "sexo débil". Es más, en varias oportunidades he escuchado a los machistas, ocultos en cualquier rincón del aparcadero, haciendo elogios y comparaciones que nos resultan favorables.
Sí, es verdad, ahora no sólo aceptan que la mujer busque una respuesta a sus ambiciones profesionales, sino que además lo ven necesario...
Porque también los he oido decir que la plata ya no alcanza y que el servicio doméstico está pasando de moda.
Pero esa mujer joven, la esposa de alguno de los que he escuchado, ya aprendió de nuestras experiencias. Ahora es capaz de decir lo que nosotras no pudimos. Ahora es capaz de sentarse sobre la mesa de juntas de su apartamento, para negociar con su marido los dos al frente de trabajo de las fábricas y de las oficinas, pero también los dos en el frente del hogar.
Ya sé que muchas de mis amigas, las que han dejado de ir a los tés de señoras, me dirán que estoy escribiendo barbaridades. Me asegurarán que me he vuelto loca.
Me tildarán de ilusa y de fantasiosa por creer en los hombres. Por pensar que alguno de ellos puede rebajarse, siquiera, hasta el punto de lavar un plato o de cocinar un huevo. Pero la verdad es que lo he visto. No en mi casa, por supuesto, pero sí en las de mis hijas.
Por eso pienso que tal vez las hijas de mis hijas van a recoger los frutos que nosotras sembramos.
Para entonces ya no estaré acá. Tal vez por eso, aunque lo he visto, debo aceptar que hay un poco de ilusorio y de fantasía en lo que escribo.--

Mercedes "de" Ugarte

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