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| 8/29/1994 12:00:00 AM

EL ADIOS

Termina el gobierno del revolcón, uno de los más agitados y polémicos de la Colombia contemporánea. ¿Qué logró César Gaviria? ¿En que falló? SEMANA inicia el balance.

EL ADIOS, Sección Especiales, edición 639, Aug 29 1994 EL ADIOS
Las personas que estos días han tenido la oportunidad de conversar con César Gaviria coinciden en afirmar que lo encuentran absolutamente feliz. Se muestra más hablador y cálido que nunca, se ríe con facilidad, contesta todas las preguntas y parece haber dejado a un lado su rigurosa prudencia para atreverse a decir cosas que hasta hace algunas semanas nunca hubieran salido de su boca.
Y la verdad es que no le faltan motivos para sonreír. Gaviria alcanza el final de su mandato presidencial con índices de popularidad que rondan el 70 por ciento, en un país en el cual ninguno de los últimos tres Jefes de Estado ha sido capaz de despedirse con más del 20 por ciento. Lo hace más o menos ileso después de haber vivido como todos sus antecesores algunas de las peores horas en un país que tiene desde hace muchas décadas la mala costumbre de caminar constantemente al borde del abismo.
Lo cierto es que, como en muchos de los eventos que han marcado la vida del hoy mandatario saliente, ha habido algo de suerte. Hace poco más de 15 meses su popularidad andaba por los suelos por cuenta del apagón que había durado más de un año, y de la fuga de Pablo Escobar, ocurrida en julio de 1992. Además, su agresiva política de apertura económica aún no mostraba resultados alentadores y el sector agropecuario había sido lanzado a la competencia exterior en un momento en el cual los precios internacionales de los principales productos agrícolas colombianos rompían sus más bajos registros históricos. Como si fuera poco, algunos familiares del primer mandatario habían sido acusados por los medios de comunicación de aprovecharse de su parentesco para realizar negocios, con lo cual a la idea del mal gobierno se sumaba el fantasma de la corrupción.
Un año después, todo eso había cambiado dramáticamente. El apagón había quedado atrás y gracias al ingenio de los empresarios no había causado mayores heridas en la industria. Pablo Escobar había sido dado de baja por el Bloque de Búsqueda, y el ala terrorista del cartel de Medellín, que había llegado a ser considerada como el grupo criminal más peligroso y sanguinario del planeta, estaba desmantelada. Los precios de algunos productos agrícolas -iniciando por el café, en el que comenzó a hablarse de bonanza- habían empezado a experimentar un claro repunte y, en términos generales, la apertura estaba funcionando. El crecimiento de la economía en 1993 había sido una grata sorpresa y analistas independientes comenzaban a corregir sus proyecciones para 1994 y 1995, hablando, por primera vez en décadas, de posibles índices de crecimiento del 5 por ciento y el 6 por ciento. Finalmente, los familiares del primer mandatario habían logrado resistir las acusaciones y, en el peor de los casos, habían sido condenados por imprudentes, pero no por corruptos. De ese modo, Gaviria pudo aproximarse en alza y no en baja al final de su gobierno.


UN PAIS DIFERENTE
Pero atribuir todo ello a la suerte puede resultar injusto. Hay una serie de condiciones en el temperamento y la personalidad de César Gaviria que explican que las cosas le hayan salido bien. La verdad es que cuando se asegura que su llegada a la Presidencia fue fruto de un accidente -el asesinato de Luis Carlos Galán y la decisión del hijo de 17 años del caudillo muerto- se olvida que hay otro accidente en todo esto.
En cierto modo, hasta 1990 Gaviria había sido uno de esos espécimenes raros que habían nacido para gobernar, pero no necesariamente para ser elegidos. Claro está que en el curso de 20 años de carrera política y administrativa había demostrado que combinaba con habilidad sus dotes de manzanillo de provincia con las de economista y técnico, gracias a lo cual había sido de todo: desde concejal hasta parlamentario, desde funcionario municipal hasta Ministro de Hacienda y de Gobierno. Pero aun así, este hombre estaba lejos de llegar al poder supremo, y hubiera podido pasarse muchos años de su vida como el número dos de varios gobiernos, tal como lo había sido del de Virgilio Barco y como apuntaba a serlo del de Galán.
Sin embargo, la suerte y los accidentes sólo explican por qué determinados hombres tienen en su vida grandes oportunidades. Para explicar el hecho de que, como Gaviria, las haya aprovechado, es necesario echar mano de argumentos mucho menos relacionados con el azar. Gaviria llegó al poder como la mayoría de sus antecesores: con la promesa de hacer grandes cambios. Pero, a diferencia de ellos, los hizo.
El hombre que deja el poder este 7 de agosto lo hace no sólo en medio de una popularidad tan excepcional como grande, sino también como el que probablemente mayores cambios introdujo en las instituciones del país desde Alfonso López Pumarejo. Como estos cambios son aún demasiado recientes, resulta arriesgado hacer un balance definitivo sobre sus resultados. Por ello, e incluso si algunas cosas pintan mejor, no es todavía seguro que después de estos cuatro años el país haya quedado mejor. Lo que sí es seguro es que quedó diferente, y como estaba tan mal en 1990, eso parece suficiente para salir airoso.


EL PRAGMATISMO
Hay quienes creen que buena parte del éxito de Gaviria es atribuible a que se preocupó como ninguno de sus antecesores por su imagen y la de su administración. Y algo de razón tienen. César Gaviria fue el primero de los mandatarios colombianos en darle un manejo sistematizado y científico a sus relaciones con la opinión y los medios de comunicación. No obstante, todo esto hubiera fallado al final si esa imagen no hubiese correspondido a hechos concretos, si las cosas al final no hubieran resultado. El mejor de los manejos de imagen consigue hacer mayores los éxitos y mitigar el costo de los fracasos. Pero jamás hará de un mal presidente uno bueno.
Lo primero que hizo para sacar adelante sus proyectos de cambio fue remover a quienes habían gobernado por décadas al país. La expresión "nuevas caras en los carros oficiales" fue en el mandato de Gaviria más cierta que nunca. El hoy Presidente saliente jubiló a toda una generación de políticos y funcionarios y llevó al poder una nueva. Gracias a ello, las edades de los presidenciables rondan ahora los 45 años, y las de los ministros, los 35.
Pero en concreto, ¿cuáles fueron los cambios? Una profunda reforma a la economía y grandes reformas en el Estado que implicaron incluso redactar una nueva Constitución. En términos marxistas, Gaviria se metió ni más ni menos que con la infraestructura y con la superestructura. En términos gaviristas, hizo el revolcón.
Para alcanzar esas metas, poco le importó llevarse por delante el orden legal preexistente. La base jurídica de los decretos de convocatoria de la Asamblea Constituyente era bastante discutible, como lo fue la de muchas otras transformaciones. En un país de leguleyos, Gaviria demostró un desprecio profundo por la letra de las normas y eso le costó más de una aguda confrontación con el poder judicial.
Esa impresión de que para él en materia de esguinces a la juridicidad el fin justifica los medios, no es otra cosa que lo que muchos llaman el pragmatismo de Gaviria, esa capacidad de echar para adelante sin importar mucho lo que se rompa por el camino. En una entrevista que el Presidente saliente concedió la semana pasada a SEMANA, se defendió de estas acusaciones. "A la sociedad colombiana -sostuvo- le ha costado transformarse porque lo que tradicionalmente había valorado eran los gestos, las actitudes, lo que sus líderes decían, su oratoria, y no los resultados ni la capacidad de los gobernantes de llevar sus propuestas a la práctica".
"Yo pienso -agregó- algo distinto: a uno lo deben juzgar no sólo por lo que dice y propone, sino por lo que logra. A Colombia ya no le bastaban presidente bien intencionados. Necesitaba presidentes que lograran los cambios". -

LAS EXPECTATIVAS
Juzgar las reformas económicas parece más sencillo que juzgar la nueva Constitución, pues de todas formas sus primeros resultados son ya bastante claros (ver siguiente artículo). No sucede lo mismo con la Carta del 91. Al fin y al cabo, una Constitución es una especie de catálogo de sueños y objetivos en los que se pone de acuerdo una sociedad. Por ello mismo genera nuevas expectativas y en consecuencia, nuevas frustraciones, como ya se ha visto en los tres años que tiene de vigencia.
Sin embargo, la Constitución tiene algunos valores que difícilmente podrán negársele en los balances que de ella haga la historia. El primero de ellos es que se trata de una Constitución en la cual se reconocen las más diversas tendencias. Esa crítica que tanto se le ha hecho de ser una especie de sancocho ideológico es, justamente, una de sus mayores virtudes. La Constitución del 91 es la de Gaviria, pero también la de Alvaro Gómez, la de Antonio Navarro, la de los liberales y conservadores de las diferentes tendencias, y hasta la de los indígenas. Y en esa circunstancia se basa buena parte de su legitimidad.
En Colombia sucedió con la reforma constitucional todo lo contrario de lo que pasó con la de Alberto Fujimori en Perú. Mientras la nueva Constitución colombiana fue aprobada casi que por consenso de todas las fuerzas que la integraban, la del Perú fue impuesta en el Congreso Constituyente por las mayorías -no muy amplias- que hacen parte de la coalición que gobierna con Fujimori. De ahí que cuando fue sometida a referendo el año pasado, el SI haya alcanzado apenas a conseguir poco más de la mitad de los votos.
Desde el punto de vista conceptual, la Constitución del 91 le quitó al Estado buena parte de su presidencialismo, que era una de las acusaciones que con mayor frecuencia se le hacían al régimen político colombiano. Hoy, para bien o para mal, el Congreso es más independiente del Ejecutivo, lo mismo que los poderes judiciales. Esa es la causa de buena parte de los conflictos entre los distintos poderes del Estado en el proceso de reacomodo institucional de estos tres años. La autoridad monetaria también fue independizada del Ejecutivo, con la creación de una Junta Directiva autónoma para el Banco de la República.
Y por encima de todo, la gente, el hombre de la calle, se convirtió en alguien en cierto modo menos indefenso frente a los excesos de la autoridad. Al menos eso piensan los defensores de la tutela, instrumento que le permite a cualquier ciudadano interponer una acción judicial contra el propio Presidente de la República si es el caso, cuando es inminente la violación de uno de sus derechos fundamentales. Cuando este mecanismo fue reglamentado y comenzó a utilizarse a principios de 1992, despertó grandes polémicas, en buena medida por los excesos y equivocaciones de algunos jueces. No obstante, con el tiempo las cargas se fueron ajustando. Hoy en día es un instrumento muy popular entre la gente, así tenga pocos defensores entre los que tradicionalmente habían sido los intocables de la sociedad colombiana: desde las autoridades administrativas hasta los medios de comunicación.


LAS FRUSTRACIONES
Pero al lado de los logros están, como siempre, muchas frustraciones. Tanto por cambios que no parecen haber resultado, como por algunos que, no se hicieron. Entre los primeros el mayor de todos es el del Congreso, que a la luz de lo que ha podido verse en las dos legislaturas transcurridas bajo la nueva Constitución, sigue siendo muy parecido al que los colombianos han conocido siempre. Gaviria no está del todo de acuerdo con esta apreciación, y en todo caso se consuela diciendo que "el Congreso es lo que es no porque la nueva Constitución le haya dado más poder, sino porque al fin y al cabo, es un reflejo de lo que es el país".
Y entre los cambios que no se hicieron el liderazgo lo tiene sin duda la educación, que es uno de los puntos más pendientes de la agenda colombiana. Si algo no logró Gaviria fue cambiar las estructuras de este sector clave de la política social, cuya crisis la Comisión de Sabios integrada para estudiar el tema desnudó con toda crudeza. "Se abandonó la educación -comentó a SEMANA sobre este tema el presidente de la Andi, Carlos Arturo Angel. La Ley General pareció mas un acuerdo político del Ministerio de Educación con Fecode, que una solución".
Está también. como es obvio, la violencia. Aunque nadie esperaba que desapareciera de la noche a la mañana, la verdad es que sus índices siguen siendo aterradores. Incluso si se reconoce que las muertes violentas que habían venido aumentando año tras año desde mediados de los 70 no crecieron en estos cuatro años, el hecho de que se hayan mantenido en un nivel tan alto (alrededor de 28.000 por año) no es precisamente alentador. El control del narcoterrorismo fue quizás el mayor logro. Pero en materia de guerrilla y violación de los derechos humanos, el balance no es tan positivo.


LO QUE VIENE
En todo caso, el buen momento que Gaviria logró vivir al final de su mandato hace que desde ya se pueda predecir que la mayoría de los colombianos tendrá de él un buen recuerdo (ver encuestas). Y esto, incluso si la reelección presidencial está hoy prohibida por la Constitución, hace pensar a muchos que el adiós de Gaviria, como en la canción de los scouts, "no es más que un hasta luego ".
El Presidente saliente lo niega de plano: "Sigo creyendo que la reelección presidencial es mala. Durante 30 años no hicimos más que oír discursos contra la reelección, y no creo que la coyuntura de un Presidente que termina su mandato con el favor de la opinión, deba hacernos cambiar de idea ".
Por lo pronto, para César Gaviria, nuevo secretario general de la Organización de Estados Americanos, vienen cinco años de obligado silencio en materia de política colombiana, algo que ningún ex presidente había tenido que hacer desde cuando Alberto Lleras culminó su primer mandato y tomó el mismo destino de Gaviria. Al Presidente saliente no parece preocuparle ese asunto. "Creo que es mejor así dice, y luego agrega con una carcajada: "Suelto yo hubiera sido un verdadero dolor de cabeza para cualquier Presidente". -

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