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| 4/18/2004 12:00:00 AM

EL DOLOR es una mÁgica cerradura

Blanca Varela es uno de los nombres más importantes de la poesía castellana en la segunda mitad del siglo XX.

EL DOLOR es una mÁgica cerradura EL DOLOR es una mÁgica cerradura
La conquista de un número amplio de lectores no es cosa fácil para un poeta. Esto ha sucedido con la obra de Blanca Varela. Habiendo escrito sus primeras obras a finales de la década del 50, no hace más de 15 años que goza de reconocimiento en países distintos del Perú. Por fortuna, en 1986 el Fondo de Cultura Económica editó, bajo el título Canto villano, sus principales libros de poemas. Este esfuerzo editorial propició el conocimiento de uno de los nombres más importantes de la poesía peruana.

Blanca Varela, nacida en 1926, vive en el barrio de Barranco, en Lima, su ciudad natal, en una casa con una estremecedora vista al mar Pacífico, el cual está cubierto gran parte del año por unas nubes agobiantes que se confunden con sus aguas en un horizonte gris sin esperanzas. Ella es hermosa aún, austera como su poesía. En su humor hay inteligencia, incisividad, dureza. Cuando lee su poesía lo hace con voz mesurada, que no se rinde ni por un momento al sentimentalismo o al efecto histriónico. Uno piensa al verla en una roca con un fondo ígneo, quemante.

La crítica suele afirmar que Blanca Varela hace parte de la 'Generación del 50', entre la que también cuentan a Jorge Eduardo Eielson y Javier Sologuren, entre otros, asociados, en términos generales, con la poética surrealista. Sin embargo, casi todos sus estudiosos se apresuran a afirmar que su poesía usa los recursos surreales de modo muy poco ortodoxo, y más bien como un apoyo tangencial a un lenguaje que aspira a la lucidez y no al delirio, y a la comunicación a pesar del hermetismo. "Blanca Varela es un poeta surrealista -escribió Octavio Paz- si por ello se entiende no una escuela, una 'manera' o una academia sino una estirpe espiritual. Pero, en este sentido, también son -o fueron- surrealistas los poetas andaluces (Lorca, Cernuda, Aleixandre) precisamente en sus momentos más altos. ¿Por qué no decir entonces que Blanca Varela es, nada más y nada menos, un poeta, un verdadero poeta?".

No se puede leer la poesía de esta mujer sin experimentar sensaciones duras, cortantes. El brillo filoso de sus versos nos atrae y luego nos hiere. No hay en su lenguaje florituras ni regodeos: su verso es parco, seco y dolorido como un muñón, cercano, a menudo, al silencio:

..

sólo la roja pulpa del can es limpia

la verdadera luz habita su legaña

tú eres el perro

tú eres el desollado can de cada noche

sueña contigo y basta.



Son los versos finales de Secreto de familia, que hace parte de Falsas confesiones. Poemas todos en los que adivinamos un fondo autobiográfico, pero camuflado, escondido, no detrás de la cobardía sino de la conciencia de la falsedad del lenguaje. Este no cesa en su batalla por expresar: acude a la corriente de conciencia, anula las mayúsculas, apela a los silencios visuales, suprime las comas, inserta frases ajenas en un collage que es recurso desesperado de expresión, pero también gesto que reniega de una supuesta poesía 'limpia'. La oscuridad de sus versos, no sabemos cómo, nos ilumina: y es que su palabra reúne esa condición que sólo posee la poesía, de llevarnos a la revelación por el camino de lo ambiguo y de lo incierto, de la imagen irracional o del verso escueto, casi abstracto.

Blanca Varela sabe, con José Watanabe, otro poeta peruano contemporáneo, que "la vida es física". Y su indagación se concentra, feroz, descarnadamente, en interrogarla, en penetrarla. Como ha escrito sabiamente Andrea Cote, Blanca Varela descubre "el dolor de ser cuerpo":

En su palabra brilla la violencia, que produce algunos de sus poemas más hermosos: el Vals del Angelus, texto blasfemo en que la voz poética acusa al verdugo -quizá Dios, quizá la eterna voz castigadora del hombre- llamándolo "formidable pelele frente al tablero de control"; Canto villano, donde la vida es "un magro trozo de celeste cerdo"; o Casa de cuervos, pieza maestra donde el amor del amante se canta en metáfora de maternidad desconsolada, de la que queda, después del abandono, "otra vez esta casa vacía/ que es mi cuerpo/ a donde no has de volver".

Con el descubrimiento del dolor como "una maravillosa cerradura", en la poesía de Blanca Varela aparece también la conciencia de que estamos ante una realidad engañosa que trata de ser representada por un lenguaje también engañoso. "Miente la nube / la luz miente", dice en un poema. Atrapada entre la realidad y el lenguaje, la poeta descubre la inmensa soledad a la que la condena su tarea, pero también la imposibilidad de renunciar a ella; en sus Ejercicios leemos su constatación implacable:

Un poema

como una gran batalla

me arroja en esta arena

sin más enemigo que yo

yo

y el gran aire de las palabras.



No todo es gesto amargo, palabra rota y sollozante en Blanca Varela. Muchos de sus poemas dejan traslucir una ironía mortal, un humor lleno de escepticismo, una sonrisa burlona. De vez en cuando, incluso, un rasgo de ese humor benévolo que nace de la comprensión del otro. Su poesía arranca de cuando en cuando en nosotros una sonrisa. Como cuando le rinde a la realidad "el gran homenaje/ el mayor asombro/ el bostezo".

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