El Fenómeno Napster Trasciende las Fronteras Musicales

El intercambio de canciones se ha convertido en un fenómeno de masas, y a la vez en un gran problema legal, con consecuencias imprevisibles para los derechos de autor.

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Compartir archivos de todo tipo, y en particular de música, no es nada nuevo. Pero la evolución de la tecnología ha convertido el intercambio de canciones en un fenómeno de masas, y a la vez en un gran problema legal, con consecuencias imprevisibles para los derechos de autor.



La piratería, entendida como la violación de la propiedad intelectual de cualquier tipo de creación, ya sea musical, literaria, de software o fílmica, no es nada nuevo. La música, por ser de uso masivo, es una de las principales afectadas por los piratas, que siempre se adaptan a las tecnologías del momento: hace unos años, se vendían casetes con las canciones copiadas de acetatos; luego, el CD dio la opción de mantener los costos bajos y ofrecer, aparentemente, mejor calidad; hoy, Internet es la manera más fácil de obtener temas musicales o CD completos sin pagar un centavo a los músicos ni a las casas disqueras. Se trata de una simple evolución tecnológica. Entonces ¿por qué tanto escándalo con el formato MP3 y servicios de intercambio como Napster?



La respuesta es sencilla: si bien antes la piratería de música era muy popular, hoy con Napster y el formato MP3 millones de personas —más de 50, según cálculos conservadores—, en especial jóvenes, están consiguiendo música gratis, y lo que es peor, en su mayoría sin la conciencia de que están haciendo algo ilegal.



El Origen del Conflicto

En los comienzos de la era digital, convertir una canción en un archivo que se pudiera escuchar en un computador era una tarea compleja, y el archivo podía ocupar 40 o 50 Megabytes, lo cual, hace algunos años, era un buen porcentaje de un disco duro, y era imposible de compartir vía Internet o con medios de almacenamiento físicos. Fue entonces cuando se creó el formato de compresión MP3, que permitió convertir un tema musical de forma fácil en un archivo de 3 o 4 Megabytes, mucho más manejable y fácil de compartir por La Red al incrementarse las velocidades de conexión.

Tras la creación del formato, empezaron a surgir numerosos sitios en Internet, en su mayoría clandestinos, que ofrecían a los internautas cientos y miles de archivos musicales. Poco a poco estos sitios fueron saliendo del ambiente underground —compuesto por hackers, crackers y sus variantes— hacia la luz del día, lo cual les permitió conquistar a los internautas del común, en su mayoría jóvenes fanáticos de la música. La industria musical estadounidense, comandada por la RIAA (Recording Industry Association of America), empezó a observar este fenómeno incipiente, pero aún no representaba una amenaza pues las posibilidades de un sitio Web de contener grandes cantidades de archivos no eran muy altas. No obstante, sitios como MP3.com, ya no manejados por muchachos fanáticos sino por empresas, comenzaron a superar los 100 mil títulos disponibles para los visitantes, y se inició la guerra entre la RIAA y los representantes y usuarios de sitios de MP3.



Hasta ahí el conflicto tenía las dimensiones —no despreciables, por supuesto— de la lucha contra la piratería de películas de cine, la de libros y la de software. Fue entonces cuando, a comienzos de 1999, un joven de 18 años llamado Shawn Fanning, desilusionado con las dificultades de bajar canciones desde sitios Web, inició lo que poco después aterrorizaría la industria: se sentó frente a su computador portátil Dell, durante unas 60 horas, y combinando códigos y comandos Windows y Unix creó un pequeño y simple programa de software para compartir archivos MP3 entre usuarios. Lo que nació como un juego para él, fue tomando mayores dimensiones y se convirtió en su sueño de que algún día una compañía de software o una empresa de Internet le comprara su creación.



Esto parecía lógico, pues se trataba de un programa muy simple, que permitía a usuarios de computador compartir archivos musicales con otros a través de Internet, directamente y sin intermediarios —salvo unos servidores centrales que servían de puente—, con facilidades de búsqueda y con alta velocidad. Lo que él hizo fue combinar las prestaciones de programas de mensajería instantánea, las funciones de compartir archivos de Windows y el poder de varios motores de búsqueda en Internet. La única dificultad para lograr que su creación fuera valorada en un comienzo no fue técnica: sus amigos de los chats no creían que la idea funcionara, pues supuestamente, en un mundo egoísta, nadie estaba interesado en compartir nada. Pero él fue persistente, y ya a finales de 1999 Napster era uno de los programas favoritos de millones de jóvenes estadounidenses y de todo el mundo, y el de más rápido crecimiento de usuarios en la historia del software, pues de un millón de usuarios en febrero, alcanzó los 25 millones de usuarios en octubre, poco más de un año después de su creación. Y no sólo eso: tanto sus fanáticos como sus detractores reconocen que esta pequeña aplicación cambió el mundo musical, al facilitar el acceso gratuito a las canciones y de paso forzar a las poderosas compañías disqueras a repensar su negocio y a pelear en defensa de la propiedad intelectual, y dividir la opinión de los artistas, algunos de los cuales creen que Napster les roba sus creaciones y su dinero, como Madonna y Metallica, y otros que agradecen al programa haber aumentado su popularidad e incrementado sus ingresos.



Más allá de la Batalla Legal

La gigante industria musical, con todo su poder, no se ha quedado quieta ante el riesgo de perder, de buenas a primeras, la gallina de los huevos de oro. En el campo comercial, ha buscado generar estrategias para vender en línea sus canciones, y las estadísticas indican que las ventas se han incrementado por este medio. Por otra parte, sus abogados han hecho hasta lo imposible por acabar con los tradicionales duplicadores de CD, con los sitios Web especializados en MP3 y, sobre todo, con Napster. Con los piratas de los CD la labor ha sido infructuosa en parte debido a la facilidad cada vez mayor de duplicar discos y de bajar las canciones de Internet. En cuanto a los sitios Web, ha sido una labor medianamente exitosa, pues muchos sitios han tenido que claudicar, y otros han sido obligados a pagar millonarias sumas a las casas disqueras por daños y perjuicios; aún así la misma RIAA calcula que más de 4.500 sitios comercializan o regalan música de forma ilegal.



Con Napster la lucha ha sido más difícil: primero, el número de usuarios aumenta. Por otra parte, si bien en la batalla legal la defensa de la propiedad intelectual por parte de las disqueras, algunos músicos, fabricantes de software, fotógrafos, la Casa Blanca y hasta la NBA no está en discusión, existen muchos grupos de diversos sectores que no quieren permitir que se cierre Napster; entre los cuales sobresalen los miembros de la Unión Americana de Libertades Civiles, ISP (proveedores de servicios de Internet) que verían una disminución en sus ingresos al reducirse la transferencia de información por La Red, y fabricantes de equipos electrónicos como los reproductores de MP3.



En el caso RIAA vs. Napster, en más de una ocasión se ha anunciado el cierre inminente de Napster, pero a último momento se ha decidido su permanencia. Los argumentos de la RIAA son el obvio robo de la propiedad intelectual y el fomento a la piratería, mientras que Napster se defiende señalando que, según una investigación, su uso estimula las ventas de CD legales, y que una ley de 1992 en Estados Unidos había legalizado el intercambio no comercial de música. No son muchos los avances en estos meses, y existen tres alternativas de decisión: el cierre definitivo de Napster, su supervivencia, y un punto intermedio, en el cual Napster cobraría por el servicio o limitaría el intercambio a músicos que quieran ser promocionados.



Un Futuro Nada Incierto

Sea cual sea la decisión con Napster, incluso su cierre definitivo, la avalancha del intercambio gratuito de archivos musicales y no musicales no tiene reversa. Si bien Napster es el rey por su facilidad de uso y alta velocidad de transferencia, los miles de usuarios que comparten sus archivos y su carácter totalmente gratuito, hay otras alternativas en Internet, muchas de las cuales nunca podrán ser cerradas ni demandadas. Por ello, pese a los esfuerzos de la industria musical y al apoyo de grandes casas de software en su intento por ofrecer música en línea pagada, no parece lógico que el público masivo prefiera pagar que obtener gratuitamente.



Gnutella es una palabra que, como lo hizo Napster, empieza a difundirse rápidamente. Fue creada casi al mismo tiempo de Napster por ingenieros de America On Line con el fin de permitir el intercambio de archivos entre usuarios. Cuando AOL se dio cuenta del peligro que esto representaría para la industria, abandonó el proyecto, pero era muy tarde pues su código fuente, es decir, las bases del programa, ya se había hecho público. Hoy este software y sus variantes tienen más de 4 millones de usuarios, una cifra nada despreciable. La ventaja de Gnutella sobre Napster consiste en que el servicio no depende de unos servidores centrales, y que no pertenece a ninguna empresa, lo que hace imposible que sea demandado o suspendido. Además, permite compartir no sólo MP3, sino también videos, fotografías y toda clase de archivos. Su desventaja, dado que es una aplicación que está en sus primeras etapas de desarrollo, es la limitación de prestaciones, y el hecho de que la velocidad de transferencia sea lenta al depender sólo de la conexión de los usuarios y no de servidores centrales.



Las implicaciones del movimiento impulsado por Napster definitivamente trascienden las fronteras de la música. Ya hay servicios similares al de Napster para software, videos y películas de cine, y libros, comics, revistas y periódicos parecen ser los próximos en la lista. Hotline es un pequeño protocolo de comunicación, más rápido que el FTP que emplean las empresas para transmitir información, el cual nació en la plataforma Macintosh antes que Napster y también causó un escándalo. Por medio de un programa gratuito, cualquier computador del mundo con acceso a Internet puede convertirse en un servidor que pone a disposición de cualquiera toda clase de archivos, desde pequeños textos y fotografías hasta software, música, videos y películas de cine. Por supuesto, hay contenido legal en muchos servidores Hotline, pero los servidores con software, música y cine pirata, además de pornografía, son los más populares. Otros sitios Web, como Scour.com, han creado sus propios programas de intercambio de archivos de música y video, y todos ellos han tenido problemas legales.



Lo cierto es que, se esté a favor o en contra de Napster, Gnutella, Hotline y otras aplicaciones, hay que reconocer que están cambiando los conceptos de derechos de autor y propiedad intelectual, abrieron espacios para el consumidor y obligaron a las grandes corporaciones a cambiar sus estrategias comerciales y de mercadeo. Las consecuencias de esta situación son imprevisibles, y no sería exagerado asegurar que la revolución apenas comienza.

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