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| 8/14/1989 12:00:00 AM

¿EL GRAN FIASCO?

20 años después, muchos se preguntan de qué sirvió ir a la Luna.

¿EL GRAN FIASCO? ¿EL GRAN FIASCO?
"Houston", llamó el astronauta Neil Armstrong. "Aquí base tranquilidad. El 'Eagle' acaba de alunizar".

Eran las 3 y 17 minutos de la tarde, hora colombiana, del 20 de julio de 1969. El sueño inmemorial, el delirio de Julio Verne, se había hecho realidad. Seiscientos millones de personas en el mundo, una quinta parte de la población total, estaban pegados a su televisor. Así como todo el mundo recuerda, hoy dónde estaba el día del asesinato de Kennedy, el momento del alunizaje quedó plasmado en todas las memorias. Sólo los gobiernos de China, Albania, Corea del Norte y Vietnam del Norte decidieron no transmitir el evento. Se sabe que en numerosos países de América Latina, en cambio, el suceso ocasionó una demanda masiva de televisores.

La Luna, ¿para qué?
Cuando hoy, veinte años después, la gente se pregunta para qué sirvió el viaje a la Luna, la priemra respuesta es política. El 25 de mayo de 1961, el presidente John Kennedy decía al Congreso de los Estados Unidos que la conquista del espacio formaba "parte de la batalla que se desarrollaba en el mundo entre la libertad y la tiranía". Kennedy no vendió la "gran empresa norteamericana" como una misión científica, lo que realmente nunca fue, sino como una manera de "influir en la mentalidad de los hombres del mundo entero, que intentan tomar una decisión sobre qué camino han de tomar": capitalismo o comunismo.

Desde el principio, "Apolo" fue una movida espectacular de los norteamericanos en la "guerra fría" contra los soviéticos, y un examen esencial para sus propósitos de expansión.

"Kennedy no tenía alternativa --recuerda hoy Jerome Wiesner, entonces su asesor científico. Enfrentaba un dilema. Podía no hacer nada y mantenerse por siempre detrás de los rusos, o podía retirarse de la carrera espacial, lo que no representaba opción alguna. Pero, desde el punto de vista político, Estados Unidos tenía que hacer algo para lograr la consolidación de su poder tecnológico, de su lugar en el mundo, de su potencial mitológico. La opinión pública presionaba al presidente, quien a su vez me presionaba al preguntar: ¿Puedes hallar algo que podamos hacer aquí en la Tierra, para invertir el dinero de una manera más efectiva?, y yo le respondía: No, con el mismo efecto político".

Otro presidente norteamericano, Dwight Eisenhower, había vivido los antecedentes. Nunca había aceptado al principio la necesidad de un costoso programa espacial por el simple prestigio de su país, pero cuando en 1957 los soviéticos lanzaron el "Sputnik", el primer satélite artificial del mundo, y los temores empezaron a invadir a militares y civiles norteamericanos, Eisenhower se vio forzado a meterse la mano al dril y crear, al año siguiente, la Agencia Aeronáutica y de Administración Espacial, NASA, que puso en el proyecto "Mercurio" sus primeras alas.

Pero el interés de Eisenhower no llegaba hasta la Luna. Lo dice hoy quien era director del centro espacial en Houston, Robert Gilruth: "Eisenhower era un hombre viejo. El no quería saber nada de aquello, así que el dinero nunca se vio". No obstante, algunos científicos habían empezado a tener ideas sobre lo que debía hacerse y, cuando Kennedy llegó al gobierno, el viaje a la Luna era ya una meta viable sin muchos prerrequisitos. Kennedy no sabía tampoco de asuntos espaciales pero había insistido durante su campaña que los soviéticos llevaban grandes ventajas en cuanto a proyectos espaciales y a construcción de misiles. Su compañero en la vicepresidencia era Lyndon Johnson, un abanderado de ambos temas.

El 12 de abril de 1961, cuando el soviético Yuri Gagarin dio una vuelta alrededor de la Tierra en una cápsula de cinco toneladas, convirtiéndose en el primer astronauta del mundo, los norteamericanos tuvieron conciencia de que de verdad eran los segundos. Habían planeado hacer aquella misma vuelta mucho tiempo atrás, pero también en esto los soviéticos se les habían adelantado. El New York Times abrió más la herida diciendo que el "Vostok 1", la nave de Gagarin, "podría llevar a que los gobiernos de Occidente hicieran concesiones a los rusos en relación con los grandes temas del mundo actual". Era el principio de un bombardeo hecho con titulares de prensa sobre la supremacía espacial soviética lo que terminó enojando a Kennedy, sobre todo después de su fiasco en Bahía Cochinos, sus primeras incursiones en Laos, enfrentando en su patio a los republicanos que le acusaban de no tener programas de verdad para cumplir sus promesas, ni cerebro para entender las complicaciones de la diplomacia internacional. El 25 de mayo de 1961, Estados Unidos y el mundo entero escucharon decir al presidente: "Creo que esta nación debe comprometerse a alcanzar--antes del final de esta decada--la meta de colocar un hombre sobre la superficie de la Luna y hacerlo retornar sano y a salvo a la Tierra. Ningún otro proyecto espacial será más impresionante a los ojos de los seres humanos ni más importante para la exploración sideral. Ninguno habrá de ser, tampoco, ni tan difícil ni tan costoso en su camino hacia el éxito".

Nace Apolo
El país se le midió a la aventura, "la más grande en la historia de la humanidad". Contra todo pronóstico, el Congreso norteamericano abrió los cofres del Tesoro y el presupuesto espacial pasó en un instante de 523 millones de dólares en 1960 a más de 5.000 millones en 1965, con incrementos anuales hasta del 1.000 por ciento. La situación económica del país era boyante. Había suficiente dinero para inyectar en cualquier actividad. Como dijera el escritor Norman Mailer, quien cubriera paso a paso todo el programa para la revista Life: "La burocracia se embarcó entonces en una aventura surrealista".

El cohete impulsador, el "Saturno V", era tan alto como un edificio de 36 pisos y 13 veces más pesado que la estatua de La Libertad. Fue diseñado por Werner von Braun, un ex aristócrata prusiano con cuyos primeros inventos, los cohetes V-2, Hitler había bombardeado y diezmado a los londinenses y otros aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Al final de la conflagración, von Braun --que afirmaba estar más interesado en lo espacial que en lo bélico--se entregó a los vencedores y puso al servicio de la ciencia militar y espacial norteamericana su sabiduría a toda prueba. El "Saturno V" fue construido en sus tres "pisos" por la Boeing (el cohete impulsor), por la Douglas (el vehículo espacíal "Columbía") y por la North American (el módulo lunar), todas compañías aeroespaciales de Estados Unidos. El cuerpo del cohete resultó tan pesado que no pudo ser transportado por aire ni por tierra, sino por barco, hasta Cabo Kennedy. Cuando lo armaron, marcó en la báscula electrónica siete y medio millones de libras .

En Moscú, Sergei Korolev (el von Braun secreto de los soviéticos) se asustó. Los norteamericanos amenazaban con llegar a la Luna y él no había diseñado plan alguno con ese mismo propósito. Fue el nacimiento de los "Soyuz". Al primero de estos siguió una guerra de espionaje y contraespionaje que llevó y trajo toda clase de información falsa y verdadera sobre lo que ambas potencias realizaban para llegar primero a la Luna. La alharaca montada por Kruschev, su ironía continuada contra los planes inmodificables de los norteamericanos y su decisión de usar el proyecto "Soyuz" para enviar tres nuevos cosmonautas al espacio en 1964, con un titular de Pravda que decía "Lo sentimos mucho, Apolo", fueron detalles que, según los analistas, pesaron a la hora de su caída en desgracia y de su derrocamiento.

John Kennedy fue asesinado en 1963 pero el proyecto "Apolo" continuó desarrollándose en las manos de Lyndon B. Jonhson. Así su antecesor cumplió póstumamente la promesa de llegar a la Luna antes del final de la década. Cabo Cañaveral tomó el nombre de Cabo Kennedy (hasta 1973). A mediados de 1963, un estudio de la NASA había revelado que la posibilidad de alunizaje era una entre diez y científicos de todo el mundo seguían preguntando por los propósitos de la misión que, dado el carácter político de la misma, terminaron siendo en lo científico, descender, inspeccionar la superficie de la Luna, tomar muestras de su suelo y regresar. Eso fue lo único que hicieron, y lo que motiva, 20 años más tarde, enconados debates sobre la utilidad de un esfuerzo de esas dimensiones.

La batalla por la conquista de la Luna entre estadounidenses y soviéticos parece haberse decidido, no obstante, en un ambiente de tragedia. La tarde del 27 de enero de 1967, tres astronautas del proyecto "Apolo" murieron cuando se presentó un corto circuito en el equipo eléctrico, en el interior del módulo del comando, que tenía la atmósfera cargada de oxígeno. El insuceso retrasó 18 meses el programa que intentaba colocar norteamericanos por primera vez en el espacio. La NASA se dedicó, entonces dos años a hacer pruebas con el cohete "Saturno" y todas fueron exitosas. Esto sirvió de justificación para adelantar las misiones VII, VIII, IX y X del proyecto "Apolo" en medio de los conflictos de la guerra del Vietnam y la ola de violencia racial que azotó a la nación norteamericana, entonces bajo el criterio presidencial de Richard Nixon.

Pero fueron los soviéticos quienes perdieron el desafío extraterrestre apenas unos días antes del lanzamiento del "Apolo XI", cuando el cohete G-1, que era preparado para llevar una tripulación de la URSS al mismo satélite, estalló destruyendo todo el complejo que durante varios años y en secreto habían levantado los soviéticos para dejar momentáneamente a los estadounidenses con los crespos hechos.

Un planeta feliz
Cuando se logró la hazaña, el mundo entero celebró a su manera la llegada del hombre a la Luna. En Fife, Escocia, unos padres emocionados bautizaron Neil Edwin Michael a su hijo recien nacido. Un corresponsal de la UPI bautizó al suyo Neil Armstrong Segura. El dueño de un club nocturno en Beirut interrumpió el epectáculo de strip-tease para gritar con todos sus pulmones: "¡Lo hicimos!". El Papa Paulo VI, observando la Luna a través de un telescopio en El Vaticano, alabó el extraordinario viaje pero previno sobre los riesgos de idolatrar aquellos actos humanos o de fascinarse con la hazaña hasta perder el sentido común. Irónicamente, la cantante Joan Baez expresó que aquel escándalo sobre la Luna la estaba volviendo loca, y Pablo Picasso exclamó, tal vez profeticamente: "Para mi, todo ese rollo no significa nada. No doy ninguna opinión, me importa un rábano",.

Las primeras semanas el mundo seguía recordando con agrado, pero ya no quería saber más nada de la bendita Luna. El programa espacial norteamericano continuó durante 41 meses, con seis misiones más hasta el retorno de "Apolo XVII" a la Tierra. Pero nadie recuerda uno sólo de los nombres de los heroes que posteriormente se atrevieron a meterse en su escafandra e irse a la Luna. El administrador de la NASA, Thomas Paine, soñaba entonces, como tantos otros, con la construcción de una estación espacial, con una base en la Luna y con la conquista posterior de otros planetas, pero ya en el mismo gobierno de Nixon aquellos que habían exigido diez años atrás el programa espacial para frenar a los soviéticos, cuestionaban desde entonces la utilidad real de los viajes espaciales tripulados. Tras la escalada de Estados Unidos en Vietnam, fueron muchos los que comenzaron a preguntarse, frente a los problemas del presupuesto, si no resultaba insensato seguir pensando en ellos. En ocho años del proyecto "Apolo", 60 mil directivos de la NASA se habían gastado entre 24 y 40 mil millones de dólares, coordinando la labor de 400 mil ingenieros y técnicos de 20 mil firmas privadas, para lograr poner a Armstrong y Aldrin en la Luna y regresarlos a la Tierra sanos y a salvo. En este injusto mundo, la política ordenaba botar la casa por la ventana y la ciencia debía pagar la cuenta.

Contrario a lo que piensa la mayoría, las misiones "Apolo" apenas exploraron la Luna y dejaron sobre su superficie más, preguntas que respuestas cosechadas. Según los científicos de la NASA, sólo la construcción de una base lunar podría lograr avances significativos hacia una mayor comprensión del satélite natural de la Tierra y de sus riquezas. Su potencial para la astronomía es infinito. Telescopios colocados allí podrían permitir visiones jamás soñadas. El oxígeno por ejemplo, es un componente de los minerales lunares y resultaría invaluable utilizarlo en los viajes sobre la órbita terrestre, dada la facilidad que ofrece la poca gravedad de la Luna. Pero frente a una calculadora, sumando y restando la utilidad contra su costo, ningún mandatario se decide a invertir en ello un sólo centavo más.

La última esperanza de los científicos fue Reagan. James Beggs, el administrador que reemplazó a Paine en la dirección de la NASA, recuerda que cuando fue a la Casa Blanca y solicitó al presidente una pequeña estación espacial con fines científicos, Reagan no sólo se mostró ansioso por complacerlo, sino que delante de todo su gabinete, con su acostumbrada mezcla de inocencia y defachatez, le dijo: "¿Por qué no vamos de una buena vez a Marte?" Casi asustado, Beggs le respondió que, de acuerdo con los planes de la NASA, la estación espacial que él pedía era el primer eslabón de la cadena que habría de volver a la Luna, para luego ir a Marte. En 1986, seis meses después del desastre del "Columbia", Paine --entonces presidente de la Comisión Nacional para Asuntos Espaciales-- llevó a Reagan el grueso volumen sobre los programas futuristas de la organización. Reagan aceptó el informe y le comentó a Paine: "Yo se lo que usted quiere que yo diga. Usted quiere que yo diga que vamos a seguir sus recomendaciones. Y yo le digo que con gusto lo vamos a hacer". Pero los asesores presidenciales pensaban muy distinto y torpedearon el interés del mandatario por aquella iniciativa, que dejaron morir. Eran, son, tiempos muy distintos, en todo sentido, a los de Kennedy. Un rápido vistazo a las cuentas de la deuda externa norteamericana matan en un sólo instante cualquier fantasía, por más presidencial que sea.

Hoy, la NASA insiste en que, si bien en la Luna no se encontró nada, la tecnología que se desarrolló tiene aplicaciones infinitas en los aspectos más insospechados de la vida diaria, al menos en la Tierra. Pero los detractores afirman que esos logros igual se hubieran obtenido sin el esfuerzo monumental y archicostoso de llevar a unos cuantos hombres en un viaje a un remoto paraje que, hoy como hace 20 años, sigue teniendo un valor más romántico que científico.-

PISAR LA LUNA
Neil Armstrong, un tipo de Wapakoneta, Ohio, sería el primer hombre en caminar sobre la Luna. Armstrong, el héroe número uno de la gran aventura, jamás ha escrito un libro sobre la misma y prefiere la soledad a las entrevistas, pero su, compañero Edwin "Buzz" Aldrin, segundo, bajando la escalera, se encargó de rememorar dos veces por escrito los detalles de aquel instante único de sus vidas. En su libro reciente "Hombres de la Tierra", Aldrin cuenta así los minutos que precedieron a la primera huella del hombre en la Luna:

"Siete horas después de que el 'Eagle' se posó en la Luna, despresurizamos la cabina y Neil abrió la escotilla. Yo debía guiarlo mientras él bajaba gateando de espaldas hasta la pequeña puerta. Desde el centro de control en Houston, se escuchó la voz del nuevo enlace, Bruce McCandless.

--La imagen nos está llegando nítida--dijo Bruce.

--Estoy al pie de la escalera--le contó Neil. Las patas del 'Eagle' están enterradas unos pocos centímetros. El suelo es de un polvo muy fino. Voy a salir ahora...

A través de mi ventana vi a Neil mover su zapato azul desde el disco de metal de la plataforma hasta la polvorienta superficie de color gris. Fue entonces cuando Armstrong dijo la frase histórica, preparada de antemano, que había venido memorizando durante todo el viaje: 'Un paso tan pequeño para un hombre, y tan gigantesco para la humanidad'.
La gravedad lunar es tal, que bajar la escalera fue a la vez divertido y complicado. De un salto caí junto a Neil.

--¿Qué te parece?--me preguntó. La vista es magnífica aquí afuera. Volteé a mirar y contemplé el horizonte que caía en todas las direcciones. Estábamos con el Sol debajo, así que sólo veíamos un vacío negro más allá del filo de la Luna. Piedras, fragmentos de roca y pequeños cráteres cubrían la superficie. A la izquierda pude observar los bordes definidos de un cráter inmenso. Respiré hondo y sentí que se me ponía la carne de gallina. 'Hermoso, hermoso', dije. '¡Qué magnífica desolación!,. Un segundo después recibíamos el sol. Estábamos muy cerca el uno del otro.
Neil se inclinó sobre mí me toco un hombro con su guante y me dijo:
--¿No te parece divertido?
Entonces yo miré las huellas que dejaban nuestros enormes zapatos. La precisión de las mismas horadando el suelo imposible. Por primera vez aprecié lo que significaba caminar sobre la Luna sin aire. Otra de mis pruebas consistió en saber cuánta movilidad podía tener un astronauta sobre la superficie selenita. Recordé que Isaac Newton nos había enseñado a todos que el peso y la masa de un cuerpo no eran lo mismo. En la Luna yo pesaba 60 libras pero mi masa era la misma que en la Tierra. La inercia era el problema. Tenía que planificar con anticipación cuando quería detenerme o deseaba voltear sin caerme. Aprendí a lograrlo en poco tiempo antes que Neil me llamara para que descubriéramos una placa que decía: 'Aquí hombres del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna. Julio de 1969. Vinimos en paz en nombre de toda la humanidad'. Una de las primeras cosas que Neil hizo fue recoger con una cuchara varias muestras de suelo lunar, que echaba en una caja hermetica. Yo abrí la persiana metalizada del colector de viento solar. La Luna era como una esponja gigante que absorbía el "viento" constante de las partículas que venían desde el Sol. Los científicos de la Tierra examinarían después el colector para aprender más sobre el fenómeno y sobre el sistema solar.

Entre todo lo que yo debía hacer en la Luna, lo que más deseaba era colocar la bandera, rememorando mis épocas infantiles, soñando con conquistadores que sembraban las astas de sus estandartes en playas desconocidas. Ahora era mi turno, y en la más exótica de las playas alguna vez imaginada. Bruce me había dicho que el mundo entero nos observaba. Bajo la superficie de la Luna, el terreno era muy denso. Sólo pudimos enterrar la bandera a unas cuantas pulgadas. No quedó muy recta pero yo le hice mi saludo militar de West Point. (Como no hay aire en la Luna, la bandera había sido preparada para que a través de las cámaras de televisión y fotografías diera la sensación de estar flameando. Aldrin recordó en otra ocasión cómo con la fuerza del despegue el módulo lunar tumbó la bandera, que estuvo así hasta cuando otros hombres, los del "Apolo XII", la pegaron de nuevo en su sitio).

Cuando regresamos a la nave y nos quitamos los cascos, nos dimos cuenta que habíamos inhalado, con toda seguridad, parte de ese polvo lunar. Si hubiera habido extraños microbios en el mismo, como decían, Neil y yo habríamos sido los primeros conejillos de indias en la experimentación de sus efectos. Entonces Bruce nos dijo que el presidente Nixon quería hablar Coll nosotros.-

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