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| 12/11/1980 12:00:00 AM

El país de las dos caras

Con una democracia y una economía de una estabilidad asombrosa, Colombia sufre al mismo tiempo la más cruel y profunda violencia.

El país de las dos caras La obra Violencia, de Alejandro Obregón
Colombia empezó sitiada la segunda mitad del siglo XX. Cuando Laureano Gómez subió al poder en 1950 la violencia política había llegado a un punto incontrolable. Lo que al principio se dio de manera espontánea y aislada, después se extendió por buena parte del país. De los primeros brotes nacieron las guerrillas liberales de origen campesino, que se enfrentaron a sangre y fuego a las bandas conservadoras apoyadas por el gobierno. Aunque es imposible saber cuántos muertos dejó La Violencia, se estima entre 100.000 y 250.000 el número de víctimas.

La salida a la espiral de barbarie que vivía el país fue a través de un golpe de Estado que puso en el poder al comandante de las Fuerzas Armadas, general Gustavo Rojas Pinilla. Los primeros meses en la Presidencia hicieron que el país viviera una luna de miel, por ser un gobierno de reconstrucción y unión nacional, pero después los partidos tradicionales acordaron la forma de regresar al poder. Se inició entonces el Frente Nacional, un acuerdo entre los partidos tradicionales para alternar la Presidencia y dividir los cargos públicos por igual durante 16 años. El pacto puso fin a más de una década de violencia política e inauguró un tiempo de paz y reconciliación que permitió un acelerado crecimiento económico. Pero si bien el Frente Nacional acabó con muchos conflictos, también fue la principal causa de las exclusiones que dieron origen a las guerrillas de inspiración comunista, como el M-19, las Farc y el ELN.

Mientras todo esto ocurría a nivel político, el país sufría cambios importantes. De una Nación rural se pasó a ser una urbana, y tras un crecimiento demográfico importante, gracias a la planificación y a la educación, las tasas de natalidad cayeron y se estabilizaron.

Sin duda el café fue el gran motor, pero la industrialización, el comercio, y en especial el petróleo, llevaron al país a un desarrollo económico sin precedentes. No se puede desconocer que el crecimiento de las ciudades estimuló la modernización social.

Pasó mucho tiempo antes de que el sistema político empezara a incluir a las nuevas fuerzas en juego, lo que ocurrió en 1991 con la nueva Constitución. Esta no sólo abrió el Estado a nuevas propuestas y reconoció la diversidad cultural de la Nación, sino que estableció las garantías para la protección de los derechos fundamentales.

Desafortunadamente, paralelo a los progresos sociales, económicos y políticos, un nuevo actor entró en escena: el narcotráfico. Desde los 80 el país se convirtió en uno de los mayores productores de estupefacientes y el dinero de la droga penetró todos los ámbitos de la vida nacional, dio origen a los carteles de Medellín y Cali y actualmente es el principal sustento de la guerrilla y los grupos paramilitares. La intensidad del conflicto puso al Estado a finales de los 90 en una encrucijada, de la que aún no ha salido.

Colombia es un país paradójico: con una democracia y una economía una estabilidad asombrosa, sufre al mismo tiempo la más cruel y profunda violencia. Su talento para producir bienes y crear obras de arte es tan grande como su potencial de muerte. Una paradoja que sigue al país en el nuevo siglo.

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