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| 6/20/2004 12:00:00 AM

El sexo tiene futuro

Los avances en reproducción humana van a volver obsoleto el sexo con este fin. En el futuro el sexo va a fusionarse con la tecnología en busca de nuevas experiencias.

En el siglo XXI el sexo, tal y como se conoce y practica en la actualidad, va a desaparecer en forma gradual. El primer paso en este sentido es el rompimiento del proceso evolutivo que ligaba la relación sexual con la reproducción humana. Durante milenios este mecanismo funcionó a la perfección para perpetuar la especie. En Occidente este hecho puso a los padres de la Iglesia Católica en una disyuntiva: el sexo era bueno porque era una creación de Dios y servía a los fines de supervivencia de la humanidad; pero también estaban convencidos de que era malo porque a través de este acto en el matrimonio se transmitía el pecado original. ¿Qué hacer entonces con el sexo, ese mal necesario? Limitarlo en forma drástica en el matrimonio y predicar en su contra. Gritar a los cuatro vientos, según cuenta el teólogo Hans Küng, que "el placer sexual en sí mismo (y no el destinado a la procreación) era pecaminoso y debía suprimirse; y hasta hoy en día estas siguen siendo las nocivas enseñanzas del Papa en Roma". Para las autoridades religiosas católicas, como dice el poeta Thomas Lynch, la única pasión aceptable "era morir despacio por una buena causa" y el único cuerpo bueno "era un cuerpo muerto: el de Cristo".

Esta moral católica, promulgada en los primeros siglos del cristianismo por personajes como san Jerónimo o san Agustín, quienes a su vez retomaron ideas griegas de Platón y de los estoicos, se convirtió en una camisa de fuerza para la sociedad occidental durante más de 15 siglos. Hasta que llegó la revolución sexual en la década de los 60. Desde entonces hubo euforia, fiesta y regocijo general. El sexo, en palabras del filósofo José Antonio Marina, se volvió lúdico e inocente. Pero, como dice el dicho, de eso tan bueno no dan tanto. Marina escribió en su ensayo titulado El rompecabezas de la sexualidad que esta nueva libertad no fue tan gloriosa, "era una libertad ingeniosa más que creadora. Sirvió para quitarnos de encima trascendencias indebidas, supersticiones, miedos y culpabilidades. Presentó una atrayente utopía que alcanzaba la libertad mediante la desvinculación (...) La desvinculación acaba por pasar factura. Vivimos una sexualidad omnipresente y sin definición. Una sexualidad activa, hiperestésica y desconcertada". Para el filósofo se pasó de una dictadura del placer prohibido a una dictadura del placer obligado.

Esta exacerbación del hedonismo contribuyó al rompimiento del antiguo vínculo que había entre sexo y reproducción, que ya había comenzado a debilitarse con la aparición de los métodos de anticoncepción y toda la tecnología de punta en materia de reproducción asistida. Ahora la humanidad está a punto de dar un salto mayor gracias a los avances en fecundación artificial, ingeniería genética y la posibilidad siempre presente de la clonación reproductiva, es decir, el comienzo de la reproducción asexual. Para la bióloga Lynn Margulis, esta tendencia a desacoplar el sexo y la reproducción aumentará a la par que el crecimiento de la población mundial. Ella y su hijo Dorion Sagan se atrevieron incluso a vaticinar que "la humanidad evolucionará hacia una especie compuesta por poblaciones en la que la mayoría de sus miembros no se reproducirá".

¿Qué va a pasar con el sexo entonces? Una posibilidad es que aumente su importancia como forma de comunicación entre los seres humanos. La otra, es que se fusione con la tecnología, tal y como lo predijo Marshall McLuhan en 1951, de lo cual nacerá un híbrido producto de "una curiosidad insaciable por explorar e incrementar el territorio del sexo gracias a técnicas mecánicas, y también por poseer máquinas de una forma sexualmente gratificante". Y en este punto el único límite posible sería la imaginación de cada cual.

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