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| 6/25/1990 12:00:00 AM

¿ELECCIONES O ELIMINATORIAS?

En la campaña presidencial que terminó la gracia no era tanto ganar como llegar vivo

¿ELECCIONES O ELIMINATORIAS? ¿ELECCIONES O ELIMINATORIAS?
¡Uf! ¡Vaya elecciones las que acaban de pasar! Las más sangrientas y pavorosas en toda la historia de Colombia. Tanto que, como mucha gente decía en los últimos días. Las más que elecciones parecían eliminatorias. Qué otra cosa podría pensarse de un proceso electoral en el que fueron asesinados tres candidatos presidenciales, hubo voladura de un avión con más de 100 pasajeros, una veintena de carros-bomba estalló en diferentes ciudades y, sólo en lo que va corrido de este año murieron en hechos violentos 1.548 personas, mientras que 416 más fueron secuestradas. Pero, tal vez lo más espeluznante de la ola violenta fue la muerte de más de dos policías diarios en Medellín, entre abril y mayo, por orden del crimen organizado que ofreció pagar dos millones de pesos por cada uniformado caído.
Aparte de esto,los colombianos votaron, no tanto como se esperaba, pero votaron. Pero el impacto de la violencia desatada cambió seguramente para siempre la fisonomía de las campañas políticas. Los colombianos acostumbrados al folclor de las manifestaciones en las plazas públicas, a la improvisación de los aspirantes, a los discursos veintejulieros con metida de pata incluida, a las multitudes, la gritería y los ríos de ron y aguardiente, se encontraron de pronto con unos candidatos muy formales leyendo a toda hora en las pantallas de televisión unos discursos muy bien elaborados por sus asesores, con todo lo impersonal que tiene un texto perfecto leído gracias al telepronter. "Han quedado reducidos al nivel de Barco", anotó un observador.
Los candidatos, en efecto, tuvieron que encerrarse. El propio presidente Barco les aconsejó que no salieran a la calle. De esta forma, las pocas salidas que hicieron constituían un espectáculo que el país no conocía. Los candidatos, que antes se movilizaban en mangas de camisa, en esta campaña se veían inusualmente anchos de pecho y abdomen por el uso del chaleco antibalas. Las fotografías y las imágenes de televisión daban cuenta de sus figuras perdidas entre un enjambre de hombres armados hasta los dientes. Sus desplazamientos por las calles no eran menos azarosos: vehículos blindados, camionetas atiborradas de guardaespaldas con las puntas de las ametralladoras asomándose amenazadoramente por las ventanillas, una ambulancia siempre al lado del carro del candidato con bolsas de sangre, médicos y paramédicos. Y policías y soldados rodeando la caravana desde motocicletas artilladas, en poses no muy diferentes a las de los mismos sicarios que han sembrado el terror. Atrás quedaron, pues, las épocas en que el candidato recorría diez o doce pueblos en una misma jornada y le aceptaba a todo el mundo desayunos, almuerzos y banquetes.
Por eso en esta ocasión a los aspirantes no los caracterizó su capacidad oratoria o su desparpajo ante las multitudes, sino el maquillaje, la manera de mover las manos o la facilidad para leer y actuar ante el telepronter. En esta ciencia, los resultados fueron diametralmente opuestos a los resultados electorales. El mejor tal vez fue Rodrigo Lloreda. A César Gaviria se le notó deficiente, quizás porque no fue ante las cámaras tan natural y espontáneo como es él en la vida real. Gómez, con más cancha, fue demasiado histriónico, pero efectivo. Navarro, el más inexperto, le cogió el tiro muy rápidamente al escenario.
Aunque los televidentes, más preocupados por la forma que por el fondo, no se acuerden mucho de los planteamientos de los candidatos estos hicieron girar su pensamiento en torno de la guerra y la paz. Lloreda, con un ala rota desde el lanzamiento de la disidencia de Gómez, se fue por el camino de la audacia y prometió aceptar la rendición de los extraditables y rechazar la extradición. A pesar de que las encuestas apoyaban esa causa, casi nadie le paró bolas. Gaviria se mantuvo firme en su tesis central -guerra al narcoterrorismo-, pero como lo que esta tesis representa no se puede profundizar mucho, lo hizo con extremada prudencia. Gómez deliberadamente confuso para no tener que dar muchas explicaciones, recitó en todas las alocuciones: "hay que defender la ley, la ley, la ley". La gran sorpresa fue Navarro por su ecuanimidad, teniendo en cuenta su falta de ecuanimidad en el pasado. Tratándose de un hombre al que la lucha guerrillera y el extremismo lo habían dejado como a Blas de Lezo, su actitud lo hizo aparecer como un estadista equilibrado y prudente.
Pero más que las dificultadcs de la campaña, quizás la secuela más grave de la increible violencia que ensangrentó esta etapa de la vida nacional es la facilidad como todo el mundo ha ido acostumbrándose a la muerte. El asesinato, a una semana de elecciones, del senador Federico Estrada Vélez, que en cualquier otro lugar del mundo habría sido un escándalo, en Colombia conmovió el día del crimen, pero pasó a un segundo plano al día siguiente. Para la prensa la noticia ya no es la muerte de un senador, sino la de un candidato para arriba. Incluso, hace una semana a los periódicos les bastaron 15 centímetros de una página interior para registrar el testimonio de unos campesinos del oriente del país, que dijeron haber contado entre doce y quince cadáveres que bajaban flotando por el río Catatumbo.
Quizás pensando que lo poco que va quedando es el humor, el pueblo ha llenado con chistes el vacío que ha ido dejando la violencia. Se dice, por ejemplo, que cuando Pizarro llegó al cielo, Jaramillo le preguntó cómo había sido su entierro. Excelente, hermano, mucho pueblo y muy combativo. Jaramillo le pregunta entonces a Pizarro: ¿Y el tuyo cómo fue? Y Pizarro responde: No se, estoy esperando que venga Gaviria a contármelo. Los grafitos no se quedaron atrás. Uno, en Bogotá, reza: "Cuardaespalda: tu vida escolta". Y hasta la alegría de ir a votar el domingo se perdió cuando el tarjetón eliminó a los pregoneros que a punta de harina, banderas y papayeras se tomaban las calles desde la mañana y convertían las elecciones en un verdadero carnaval.
Y si para los colombianos es increíble lo que está pasando, para el resto del mundo esto es la locura. Por eso la campaña política que ha sido la más aburrida para los colombianos, ha resultado ser la más interesante para los extranjeros. Nunca antes en un debate electoral se había visto tanto despliegue de periodistas de todo el mundo. Por primera vez a una rueda de prensa convocada por el comandante de la Policía Nacional asistieron más reporteros extranjeros que nacionales. Naturalmente, más que los resultados de la votación, los periodistas extranjeros están a la caza de los sucesos de orden público.
Pero la gran pregunta ahora es si todo este horror que hemos vivido en Colombia terminará con la realización de las elecciones presidenciales. Hasta hoy, el consenso indicaba que toda esta violencia era un compló destinado a impedir las elecciones para desestabilizar el sistema institucional. ¿Ya que fracasó el objetivo cambiarán las cosas o tendrá el país que seguir viviendo la terrible pesadilla que ha tenido que soportar?

EDICIÓN 1879

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