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| 9/7/2003 12:00:00 AM

Empate sangriento

Con el actual escalamiento del conflicto la única solución visible es una negociación. Y mientras más rápido mejor.

La guerra en Colombia es un conflicto de perdedores. La guerrilla fracasó, tras cuatro décadas de existencia, en su intento de hacer la revolución. Los paramilitares fracasaron porque duraron dos décadas tratando de acabar con la insurgencia y ahora están a punto de desmovilizarse sin haberlo logrado (ver recuadro 'Un caso único en el mundo'). Y el Estado fracasó porque no pudo vencer a la subversión, no pudo contener el crecimiento y el desmadre de los paramilitares, ni proteger a los ciudadanos de los efectos cada vez mayores del conflicto armado. En la actualidad, palabras más palabras menos, la guerra colombiana es una rutina monstruosa, un empate sangriento.

Hacia adelante, según el informe, "dada la actual correlación de fuerzas y sus desarrollos previsibles, es bien claro que las guerrillas no derrotarán al Estado; pero también es claro que su capacidad de daño es sencillamente gigantesca. Estas dos realidades descarnadas habrían de bastar para que tirios y troyanos comprendan que se impone una salida negociada y que negociar antes es negociar mejor". El momento ideal para negociar es el actual, sin que eso implique necesariamente que tenga que ser con este gobierno, porque la guerrilla no capitularía sino que obtendría una 'paz honrosa'. El Estado, por su parte, también ganaría porque las eventuales concesiones que hiciera no costarían tanto como lo que vale hoy el conflicto armado: cuatro billones de pesos, es decir, 2 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Negociar es la solución óptima, la opción más racional, pero comenzar a hacerlo no es tan sencillo como parece. Lo más importante para la negociación, según el informe, es que la paz se convierta en una política de Estado y no en el proyecto del gobierno de turno. De esta forma se podría empezar a manifestar la voluntad de hacer un diálogo inicial, no sujeto a presiones de corto plazo, que permitiría sentar bases sólidas para arrancar la negociación como tal en el mediano plazo.

Pero para que esto se dé es necesario cambiar primero los mapas mentales de los contendientes (ver recuadro) y reconocer que, pese a las aparentes distancias semánticas de los discursos, ya no hay un antagonismo irreconciliable y sus diferencias son hondas pero negociables. También resaltan la necesidad de contar con un tercero neutral que blinde el proceso y haga todo lo que esté en sus manos para que las partes lleguen a acuerdos. Estos no pueden hacerse a espaldas de Estados Unidos que, guste o no, tiene un peso muy grande en la desactivación o el escalamiento del conflicto.

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