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| 11/3/1986 12:00:00 AM

GOLPE A GOLPE

Mordiscos, puñetazos, disparos y hasta asesinatos y suicidios: formas de lavar la ropa sucia en casa

GOLPE A GOLPE, Sección Especiales, edición 231, Nov  3 1986 GOLPE A GOLPE
Es el último de los casos conocidos: una joven de 18 años que, después de cinco de vivir encadenada y encerrada en un cuarto de inquilinato, resuelve denunciar la crueldad de su padre. Su foto apareció en los periódicos, apenas si pudo balbucear explicaciones por radio y televisión. Pero es uno de esos símbolos negros de la violencia familiar.
"La ropa sucia se lava en casa", parece ser el lema que explica por qué a pesar de la frecuencia con la cual se da, la violencia familiar prácticamente no figura en las estadísticas como uno de los fenómenos más escandalosos de la vida cotidiana de los colombianos. Sin embargo, a pesar de lo común, no se considera problema social de alta prioridad, ni de salud pública, y sólo produce golpes de pecho y exclamaciones de horror cuando sale a la publicidad, casi que por casualidad, uno de los miles de casos que suceden diariamente.
La violencia pública, mal que bien, puede identificarse en cifras de asesinatos, homicidios, riñas, masacres, muertes por accidente... Pero la violencia privada, aquella que está configurada por la agresión de todo tipo que se ejerce en el hogar contra las personas más cercanas, las menos inclinadas a defenderse, apenas si se menciona. Se considera que la casa de un hombre es prácticamente su personal y libre zona de combate y que allí nadie está autorizado para meter las narices.
Pero es en la intimidad de la familia donde las mujeres y especialmente los niños, no importa la clase social, son más maltratados. Las doctoras Luz Helena Sánchez, María Inés Cuadros y Eleonora de Chiappe, afirman en un estudio sobre el tema, que la violencia privada se deriva del sistema de valores sobre el cual está montada la familia: la mujer debe obediencia y sumisión al hombre, bien sea el padre, el hermano mayor, el compañero o el esposo.
N.N. 28 años, dos hijos. "Mi esposo y yo somos profesionales. Llevamos 10 años de casados. Nuestra relación ha sido muy inestable. En apariencia lo compartimos todo, pero en realidad no hay nada que nos una de verdad. Un día que él estaba borracho, me dio un puño en el ojo. Fue terrible, mi primera reacción fue abandonarlo. Sin embargo, después, tal vez por la educación que recibí, expliqué esa agresión como consecuencia obvia del estado de embriaguez en que se encontraba y como reflejo de una serie de conflictos reprimidos por mucho tiempo. En mi vida unos días son de calma y otros de pelea. El me dice cosas ofensivas que son otra forma de golpearme: sicológicamente".

PORQUE TE QUIERO...
Investigaciones y seguimientos realizados en la Casa de la Mujer en Bogotá, señalan lo que constituye una constante mundial: las mujeres y los niños son los más violentados, porque "son el eslabón más débil de la cadena social. Las relaciones de poder se trasladan al hogar y es allí donde el hombre puede manifestar todas sus emociones. Es en ese único espacio donde es rey y amo. La mujer, en cambio, está presionada a callar y a resignarse, debe resignarse, jugar un papel estabilizador; es la que tiene que buscar la armonía". Sin embargo, en muchas ocasiones, la mujer se halla en una situación de doble filo: la presión que ejerce el hombre sobre ella, la violencia y la agresión que recibe son, a su vez, descargadas por ella en sus hijos. "Allí se materializa también la relación de poder. Encuentra que es a sus hijos a los únicos que puede demostrarles que "manda".
N.N. 48 años, empleada. "Tengo seis hijos. Gano el salario mínimo. El hombre con el que vivo, cuando trabaja me da algo, pero como casi nunca trabaja, me tengo que valer de mi propio sueldo. Pagamos por la piecita donde vivimos cinco mil pesos y el resto tiene que alcanzar para medio comer y medio vestirnos. Un día llegué a la casa y la niña de seis años se había comido todo el arroz que tenía para la comida. Estaba tan cansada y sabía que esa noche iba él, que me enloqueci y le puse las manos sobre la estufa caliente. Cuando comenzó a gritar, como que reaccioné, pero ya era tarde. Tenía las manos muy mal. La llevé al hospital y allí medio me la curaron. Estoy arrepentida. Pero... ¿ qué podía hacer? Tenía mucha rabia y... miedo, y se me subió a la cabeza. No sabía lo que hacía".
La violencia que se ejerce en el hogar una vez que se hace rutina, se vuelve prácticamente irrefrenable, patológica. El ciclo de una familia violenta puede describirse en los siguientes términos: el marido le pega a su mujer. La mujer, entonces, aprende a golpear a sus hijos. Los hermanos mayores aprenden que está bien golpear a los menores. La mascota de la familia será el último receptor de la violencia familiar.
Lo peor de todo este cuadro, coinciden en afirmar los especialistas, es que la violencia privada se reproduce a sí misma como una planta venenosa que suelta sus esporas. En general, la mayoría de los violentos ha crecido en hogares violentos. Los hijos de las mujeres maltratadas, que se acostumbraron a ver manejar los asuntos familiares a puños, tienen la tendencia a convertirse en víctimas (mujeres golpeadas) o victimarios (hombres que golpean).
N.N. 22 años. "Hice hasta quinto de primaria y mi esposo hasta tercero de bachillerato. Hace 15 meses vivimos juntos. Yo tenía un niño de cinco años cuando lo conoci y él decia que no le importaba. El tiene una cafetería. Le trabajé dos años y no me pagó nunca. Me daba la comida. Comenzó a pegarme, pero un día le alcé la mano y me medi con él. Claro que me ganó. Ahora me pega con las cosas que encuentra a mano. Hoy, por ejemplo, cogió un palo y me dio por todo el cuerpo. Trabajo en un almacén como vendedora. No pude ir hoy a trabajar por lo mal que estoy. Sólo le pido que me dé 50 mil pesos y me largo de su lado. Lo odio y no quiero volver a verlo, pero no me voy hasta que no me dé el dinero, porque no es justo que le haya trabajado dos años y no me reconozca nada. Fui a Medicina Legal y de allí me mandaron a la Casa de la Mujer para que me atendieran. No me afectan los golpesen mi familia los golpes eran muy comunes. Mi papá le pegaba a mi mamá y a nosotros y mi mamá también nos pegaba. Así que de golpes estoy curada".

POR TODAS PARTES SE CUECEN HABAS
Sin distinción de clase, raza o educación, la violencia parece invadir con mayor o menor intensidad las relaciones familiares cotidianas. Según la doctora Ana María Berenguer, de Medicina Legal de Bogotá, "el ciclo es de problemas que culminan con golpes. Después viene una etapa de reconciliación, de luna de miel, de perdón y olvido, pero luego se desencadena otra vez la violencia y vuelven los golpes. El ciclo se repite inevitablemente".
El problema es más notorio en los estratos sociales más bajos. Aunque no existen estadísticas al respecto, la doctora Berenguer realizó un estudio que le permitió establecer un número de casos de niños y mujeres lesionados en riñas familiares. De 806 casos analizados en su consultorio durante cuatro meses en el turno de la mañana, el 63% correspondió a clase baja, 34% a clase media y sólo 5% a clase alta. Según ella, "el resultado no nos sorprendió, porque la clase social más baja es la más desamparada y la que con más frecuencia--no toda la deseada--solicita ayuda de las autoridades. Las mujeres de clase alta están más protegidas por su circulo social y su familia. Sólo cuando un abogado lo juzga indispensable recurren a Medicina Legal. Por otra parte, encontré que el 95% de los maltratados eran mujeres y sólo el 5% hombres, y que de 143 parejas con hijos, es el 49% de los casos, la violencia entre los cónyuges iba acompañada con maltratos a los hijos".
N.N. Campesino, 48 años. "Después de una jornada de trabajo muy dura llegué una noche al rancho y el niño de 10 meses que teniamos comenzó a llorar. Mi mujer no lo podía calmar. Yo estaba tan cansado que me encegueci y con el machete le di dos planazos. El niño murió. Yo sé que está mal pegarle a los hijos, pero estaba tan cansado que perdi el control. A los otros cinco hijos que tengo nunca les pego con el machete, sino con el cinturón".
En la Casa de la Mujer en Bogotá se han atendido desde su fundación en 1981, 5.500 casos, 65% de los cuales corresponde a víctimas de agresión física, sicológica y violación conyugal; 5% son violaciones callejeras y 30% por consulta médica. La mayoría de las mujeres que consultan pertenece a sectores medios y bajos, en edades que oscilan entre 18 y 35 años.
En Antioquia, la Universidad de Medellín, a través del grupo de derecho penal y procesal penal del Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales, llevó a cabo hace pocos años un estudio en los despachos judiciales de la capital antioqueña y pudo establecer que el 1.76% de los casos denunciados corresponde a delitos contra la familia, sin incluir el 1.88% que se refiere a casos violatorios de la libertad y el pudor sexuales.
En el Instituto de Medicina Legal de Antioquia, durante 1979, los doctores César Augusto Girardot y María Eugenia Villegas, realizaron un estudio de los casos que llegaron ese año al Instituto y encontraron que de 2.313 necropsias practicadas, 6 correspondieron a niños que habían muerto como resultado del maltrato de sus padres, y que de 9.082 casos de lesiones personales, 26 eran de menores, víctimas del maltrato familiar. Uno de los casos que más llamó la atención de los investigadores, fue el de un menor que presentaba piquetazos como de inyecciones. Los médicos descubrieron que la madre, cuando el padre llegaba borracho, pinchaba con una aguja el brazo del pequeño para que el llanto no dejara dormir al padre. Este, a su vez, desesperado, también agredía al niño.

En Cali, hay muy pocas investigaciones sobre el tema de la violencia intrafamiliar. Las principales estadísticas las tiene Bienestar Familiar y se refieren únicamente a casos de violencia contra los hijos. La más reciente investigación fue adelantada por el Hospital Universitario del Valle. Se analizaron 43 casos que no presentaban duda sobre el origen familiar del maltrato: fracturas, heridas y golpes. El estudio, realizado por los doctores Gloria Levy, Ney Guzmán y Carlos Starek, llegó a impresionantes conclusiones: la mitad de los niños maltratados tiene menos de 5 años; el 88% de los menores examinados presentó lesiones de los tejidos blandos y el 16% trauma severo del cráneo, abdomen o sistema urinario. Doce de esos niños tuvieron hospitalización previa y hubo un bebé que fue llevado a urgencias dos veces, sin contar con un menor de cuatro años que contabilizó la cifra récord de 4 hospitalizaciones en las que se pudo comprobar el maltrato físico.
La investigación demuestra que en el 23% de los casos, la madre es la causante del maltrato y en el 21% el padre; el 7% la madrastra y el 14% el padrastro; los parientes y gente cercana el 4.6%, y los desconocidos el 23.2%. Todo esto con el agravante de que en más del 50% de los padres se detectó alcoholismo, uso de drogas, neurosis y sicosis. Por otra parte, de los menores hospitalizados por maltrato físico murió el 9.3%.
El 85% de los consultantes en la capital del Valle son mujeres y el 43% de los casos se refiere a conflictos familiares donde el sello de la violencia es incuestionable.
N.N. Campesina, 31 años. Abortó ilegalmente al que iba a ser su décimo hijo. "Mi marido se enoja porque quedo encinta y me pega cuando no quiero tener relaciones con él. Sin embargo, se opone a que tome pepas o haga algo para no tener más hijos. Le dije que estaba embarazada y me contestó que era problema mío. Como el trabajo aquí en el Valle está escaso, se fue para los Llanos que dizque a coger algodón. Me quedé sola con mis nueve hijos y decidí abortar, aunque Dios me castigue. Estando embarazada no consigo trabajo y entonces, ¿quién sostiene a mis hijos? Sé que quedo en grave pecado, pero como está ahora todo, es más grave pecado tener más hijos".
La violación es una de las formas más dramáticas de violencia. En Cali, dentro de los casos denunciados, se calcula que el 35% corresponde a personas que fueron víctimas de parientes o del propio padre. La violación no sólo se comete contra niñas; también los niños son víctimas del abuso sexual de sus padres. Los casos de incesto son, pues, frecuentes y no sólo en los sectores rurales. Pero las autoridades sostienen que no se denuncian con la frecuencia deseada, porque los exámenes a que deben someterse las víctimas son vergonzosos para las mujeres y porque los alegatos son crueles y ponen a la mujer en condiciones muy difíciles. Sin embargo, los mayores obstáculos son la misma familia, que amenaza a la víctima si llega a denunciar, y el temor de la víctima de proceder contra el padre o el pariente.

TIPOS DE VIOLENCIA
Especialistas consultados por SEMANA coinciden en afirmar que la violencia privada es uno de los flagelos más graves que vive la sociedad colombiana, pero que aún no hay suficiente conciencia de ello. Sostienen, además que ésta no sólo se refleja en el maltrato físico de que son víctimas especialmente los menores de edad y las mujeres, sino en la agresión sicológica que tienen que soportar diariamente los unos y los otros en el interior de la familia. "Tan violencia es un golpe, como un insulto de esos que se lanzan a la mujer cuando se le dice que no opine sobre algo, porque es bruta, o las indirectas a los hijos de que con lo que hacen van a matar a sus padres", comentó uno de los sicólogos consultados. El costo en sufrimiento emocional y físico, vidas arruinadas y crímenes futuros es demasiado alto como para que la violencia intrafamiliar no ocupe el centro de la preocupación de una sociedad como la colombiana, tan acosada por todos sus flancos por todo tipo de violencia.
La violencia familiar es de distintas clases y hay diferencias entre los que se pueden considerar los tres principales géneros de violencia privada. Golpear a una esposa no es lo mismo que golpear a un niño y estos dos casos no son lo mismo que violar. De los tres, indudablemente la violación es un delito contemplado por la ley, y la sociedad pediria que cada violador fuera enviado a la cárcel. Se considera que un violador es un verdadero criminal. Pero, ¿no es también criminal un padre que quema las manos de su hijo? ¿No es criminal un esposo que coge a golpes a su mujer embarazada? Irónicamente, estos casos, por obvios, terribles e inexcusables, invitan al castigo. Pero muchos casos son diferentes. ¿Qué hacer con un hombre que subestima a su esposa y le lanza acusaciones como "usted es una inútil, no sabe hacer nada", o "arréglese mejor que cada día está más vieja y más fea"? ¿Cómo analizar las peleas entre esposos que no son propiamente entre villano y víctima? ¿Qué decir de un padre separado que prohíbe al otro padre ver a su hijo? ¿Qué hacer con una madre que castiga la desobediencia de su hijo dejándolo sin comida? El rango de cubrimiento de la violencia intrafamiliar es ambiguo. Al parecer dependeria del grado de verguenza para encubrirla: los golpes del esposo no son solamente dolorosos, sino vergonzosos para revelarlos públicamente, lo mismo que el abuso sexual de un padre con una hija. Por otra parte, como la crianza de los hijos, no importa con cuánta rigidez se haga, es considerada materia enteramente privada, que no le compete a nadie por fuera de los límites del círculo familiar, enfrentar el asunto como un problema de prioridad social o de salud pública no es nada fácil.
La médica María de la Paz Serpa dice que para las mujeres "el hecho de ser consideradas como receptáculos seminales, es motivo de angustia. Para los hombres chantajeados por sus mujeres, de una castración simbólica pueden pasar a una física".

LOS DE ARRIBA Y...
Hay claramente un sesgo clasista en este problema. Contra los pobres. Es en las clases bajas donde se denuncian más casos. Sin embargo, como se dijo antes, esto no quiere decir que los abusos se den con más frecuencia en las familias pobres, aunque existe una alta correlación entre la escasez de recursos económicos y la violencia familiar. Esto indicaria que la tensión que se crea por problemas económicos hace que los padres pierdan más fácilmente el control.
Los pocos estudios que existen sobre el problema demuestran que las mujeres tienden a maltratar más a sus hijos que los hombres. La razón parece obvia: pasan más tiempo con ellos. Con madres solteras, el estrés de criar un hijo se agrava frecuentemente por difíciles condiciones económicas, para no mencionar el rechazo social, y la falta de ayuda de un adulto para compartir las funciones paternas. Pero también los indeseados, los excepcionalmente brillantes, los retardados y los minusválidos son maltratados con frecuencia. Por otra parte, el abuso de los maridos con sus esposas que ha sido calificado como el "crimen silencioso", es una constante en las relaciones familiares. En Cali, dos instituciones cuyos objetivos son darle orientación y ayuda a la mujer --la fundación Si Mujer y el Centro de Ayuda a la Mujer y al Infante- coinciden en afirmar que la violencia que más resienten las mujeres que acuden a los centros de atención, es la obligatoriedad de las relaciones sexuales. Mari Ladi Londoño, una de las fundadoras de Si Mujer, afirma que "a través de la sexualidad se tiene oprimida a la mujer, se la maneja y se la limita. El 80% de las mujeres no experimenta placer en las relaciones sexuales, pero no se atreve a decirlo ni a negarse por temor a ser abandonadas, temor a que se las viole por celos. Los hombres tienden a creer que si la mujer no está dispuesta a tener relaciones sexuales, es porque tiene otro hombre".
Coinciden con esta apreciación las doctoras Olga Amparo Sánchez, trabajadora social, y Jimena Castilla, abogada, ambas vinculadas a la Casa de la Mujer en Bogotá: "A pesar de estar casadas, son muchas las mujeres que son violadas por sus maridos todos los días. Los esposos sienten que son dueños de los cuerpos de sus mujeres y aunque ellas estén cansadas o simplemente no quieran tener relaciones sexuales son obligadas bajo formas de chantaje: el abandono o la infidelidad".
Una mujer profesional de 36 años consultó su caso a un médico. Contó que "cada vez que mi marido llega tomado quiere tener relaciones conmigo, pero va directamente al grano, no me seduce, no me acaricia, no es cariñoso; sólo quiere desahogarse en mí. No le importa cómo me siento, ni qué siento. Todo es rápido y luego se voltea a dormir como si tal. Cuando está sobrio, yo trato de plantearle el problema y él me dice: 'Si no te gusta así, me lo hubieras dicho; yo puedo conseguir no una, sino hasta tres mujeres, que sin remilgos ni reparos compartirían conmigo muy placenteramente".
Como resulta obvio, el maltrato físico de otro tipo también está a la orden del día. Porque los hombres son frecuentemente más fuertes que sus esposas, son menores los casos de maridos maltratados. La doctora Ana María Berenguer afirma que en el estudio que adelantó, de 156 adultos maltratados, 95% eran mujeres y sólo 5% hombres. De esos casos, el 98% dio un diagnóstico de incapacidad menor de 15 días y un 1% mayor de 30 días. Se ha establecido que en un 85% de los casos las lesiones a la mujer son más graves, porque el hombre generalmente actúa con sevicia. "El hombre, por lo general, sale como de una jaula de una pantera: totalmente rasguñado, pero nada más". Comúnmente, los casos de agresión de los hombres a las mujeres están asociados con la ingestión de alcohol. De los casos estudiados, la doctora Berenguer afirma que, "46% se debía a problemas de alcoholismo y el 3% a drogas. Generalmente la persona embriagada está desinhibida y pierde el control con más facilidad. Lo grave es que eso le sirve después para justificar la agresión, argumentando que no pudo refrenar los impulsos. Y lo común es que la mujer acepte la disculpa y perdone".

La violencia contra las esposas es lugar común, dicen los especialistas, porque con frecuencia se acepta que la mujer está condenada a sufrir maltratos, que así lo determina su sta-tus en el hogar. Pero hay quienes creen que las esposas maltratadas tienen una tendencia masoquista que las mantiene junto a los hombres que las agreden. Sin embargo, esto no ha podido confirmarse y la mayor parte de las personas consultadas sobre el tema afirman que "la razón para quedarse con el hombre que maltrata no tiene nada que ver con el gusto por el dolor o la búsqueda de la violencia. La clave sigue siendo el ciclo patológico de violencia: primero se crea la situación de tensión, luego viene la explosión violenta y finalmente un período de remordimiento y reconciliación que restablece la esperanza de que ahora sí las cosas cambiarán".
Según la siquiatra María Clara Cleves, quien ha estudiado el problema a través de múltiples casos atendidos en el Hospital Simón Bolívar del sur de Bogotá, "cuando a las mujeres se les pregunta la razón por la cual se dejan maltratar, se descubre que consideran indispensable la figura masculina. Con frecuencia dicen que el hombre es el único que puede hacer respetar a sus hijas. En general, la sumisión de la mujer se deriva de la educación que ha recibido, de los valores que le han inculcado: debe obedecer a padres y hermanos, incluso dejarse pegar. Pero lo más dramático es que la mayoría de esas mujeres, después de las golpizas, se sienten culpables y tratan de justificar los golpes".
Todo esto podría explicarse según especialistas en el tema, porque se ha inculcado la idea de que una buena mujer puede cambiar a un hombre. "Son esas ideas las que mantienen en la trampa a la mujer, sin hablar de la dependencia económica que las mantiene atadas a sus victimarios".
Sin embargo, esta moneda tiene otra cara. Si las mujeres son educadas en los valores de la sumisión, los hombres lo son en los de la dominación. Por eso, algunos de los especialistas consultados por SEMANA sostienen que muchos de esos hombres agresores, aparte de que por lo general fueron golpeados de niños, son hombres incapaces de asumir el papel tradicional de la masculinidad que les exige ser "machos" a ultranza, fuertes, controlados, proveedores, sin asomo de debilidad. Se ven afectados por la inseguridad y comúnmente beben para desahogarse y maltratar. No maltratan porque beben. La mujer se convierte para ellos en una especie de factor estabilizador, en una especie de "pegante" que mantiene las cosas en orden y, por consiguiente, el hombre, en el fondo, teme desesperadamente perderla. Paradójicamente, los hombres que golpean a sus mujeres creen que haciéndolo la mantienen más cerca. Se apoyan en los contravalores que le han inculcado a la mujer. Así, si la mujer no reacciona frente al primer episodio de violencia, lo toman como un si y no de aceptación que, inexorablemente, conduce a más violencia. Es el comienzo del fin, la semilla de la tragedia que arruinará la posibilidad de una convivencia armónica y que sembrará, en los hijos, más semillas de violencia.
La mujer y los niños maltratados crecen, por lo general, aceptando la violencia con la filosofía del "porque te quiero, te aporreo", como algo inevitable en las relaciones familiares.
La doctora Cleves, refiriéndose a los niños maltratados, afirma que muchos de ellos "sienten que han sido castigados, porque son malos por dentro. Como los padres son sus figuras de referencia y, por lo general, sus ídolos, tratan de explicar el castigo por su maldad".
"Estos niños comienzan a perder estima de sí mismos y seguramente se convertirán en adultos frustrados que repetirán el papel de ofensores. Esto ha podido establecerse en las familias investigadas: los hombres que golpean han sido golpeados en su infancia".
El doctor Roberto Carrascal, uno de los médicos más antiguos del Hospital Materno Infantil, afirma, refiriéndose a la violencia contra los niños, que aquella va "desde quemaduras con cigarrillos, ladrillos calientes y estufas, jalones de pelo, pellizcos, cachetadas y puños, hasta fracturas en las extremidades y en el cráneo, y abuso sexual".

OBSTACULOS
Uno de los factores que agrava seriamente el problema es que los casos de violencia familiar son raramente denunciados. Los que se conocen son apenas una mínima parte de los que suceden. Como se afirma en un informe de la Policía Nacional (1982), los delitos contra la familia (incesto, bigamia, matrimonio ilegal, adulteración o suposición del estado civil, inasistencia alimentaria, lesiones personales...), son conductas cuyo "control criminológico se dificulta por la tradicional aureola con la cual se distingue a la familia, de suyo reservada y sujeta a designios muy particulares".
La ley orgánica del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y su decreto reglamentario no establecen ninguna norma específica que proteja a un niño víctima del maltrato. El Código Penal, por su parte, contempla en su artículo 323, que si las lesiones tuvieran la severidad para producir la muerte, se deberá castigar como un homicidio. También castiga la violación. Pero los procedimientos legales no parecen ayudar mucho en Colombia para que haya más denuncias y los culpables reciban algún tipo de castigo, lo mismo que para hacer más fácil la persecución contra ese tipo de delincuentes.
Sin embargo, el problema no se hace precisamente más grave por las razones, o la falta de razones jurídicas, sino por la condición privada de la violencia. Es difícil para las víctimas denunciar a sus victimarios, pues generalmente se trata de los padres o del esposo. Denunciarlos significa romper un supuesto círculo de lealtades y confianza. Pero cuando se vence esta resistencia, son las mujeres las que deciden denunciar al esposo o padre agresor. Van a la comisaría más cercana en donde se les exige, para oficializar la denuncia, un diagnóstico de Medicina Legal. Esta entidad establece qué tipo de lesión presenta el paciente y de acuerdo con ello se determinan los días de incapacidad: de 1 a 15 días implica la competencia de autoridades de Policía, inspección o comisaría. Tiene una caución, es decir, se entrega una boleta para que el agresor se presente. Cuando es más de 15 días y menos de 30, la competencia es de un juzgado, y la pena es arresto y multa de cien a mil pesos. En estos casos se puede desistir de la demanda. Pero cuando las lesiones causan incapacidad por más de 30 días, la competencia es de un juzgado, hay arresto y multa, y no se puede desistir de la demanda. Es en este paso cuando las buenas intenciones y el comienzo de lo que podría ser la ruptura del círculo vicioso se frustran. Según la doctora Berenguer, "cuando las mujeres saben lo que les espera, enfrentarse al agresor, se mueren del miedo y con frecuencia se las oye desistir diciendo 'mejor retiro la demanda, porque si no, me mata'. Las denuncias por parte de menores son prácticamente inexistentes. Su incuestionable estado de indefensión no permite pensar que les sea fácil enfrentarse a sus padres.
Tampoco contribuyen a la solución del problema los médicos y centros de asistencia. Autoridades y trabajadoras sociales sostienen que muchos médicos en los hospitales curan huesos rotos y quemaduras, sin averiguar detalles y sin dar aviso a las autoridades competentes. Si lo verificaran, la mayoría de las historias que cuentan los padres es inconsistente. "Es un crimen no seguir las historias de niños que vuelven con lesiones, es un crimen no denunciar, es un crimen quedarse con la conciencia tranquila cuando hay la sospecha de que el niño lesionado lo fue por uno de sus padres o que la mujer maltratada lo fue por su marido", le dijo a SEMANA una de las trabajadoras sociales consultadas.
Tampoco ayudan a mejorar la situación algunos médicos que tienen casos de violencia familiar entre sus manos, cuando tratan a las mujeres como si fueran locas. Los médicos fallan cuando no detectan signos de abuso en mujeres violentadas, sicóticas o hipocondriacas. Se les prescriben tranquilizantes y las devuelven a la casa, inclusive haciéndolas dudar de su salud mental.
El cuadro de la violencia familiar es dramático y los casos aumentan en forma escandalosa, aunque los pocos que se conocen apenas si merecen unos renglones en las crónicas rojas de los periódicos o escandalosos titulares en los pasquines sensacionalistas. El meollo del problema parece radicar en que la violencia se ejerce en el seno de la familia. Por eso resulta complejo decidir cuándo y cómo personas que están por fuera del círculo familiar pueden establecer que la violencia privada trasciende los límites del hogar para convertirse en materia de intervención pública. Aquí radica la mayor dificultad para actuar sobre los diferentes tipos de violencia privada familiar. Porque es en la defensa del fuero familiar en donde más se apoyan los violentos: "Métase en sus propios asuntos y deje que yo maneje los míos como me da la gana", es una frase que comúnmente oyen quienes se atreven a transgredir las fronteras de la privacidad.
Encontrar una respuesta a los interrogantes planteados es difícil. Pero hay que empezar a buscarla, porque el hogar se ha convertido para muchos colombianos en el lugar más violento.

EDICIÓN 1879

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