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| 4/13/2003 12:00:00 AM

La batalla política

Por qué el combate por el poder va a ser mucho más difícil que la toma de Irak.

Muchos lo habian anticipado. Derrocar a Saddam Hussein iba a ser la parte más sencilla. Ahora viene lo más difícil: establecer una democracia prooccidental en un país árabe que ha estado bajo un férreo régimen dictatorial durante los últimos 25 años. A pesar del odio que despertaba Hussein la oposición iraquí no tiene referentes comunes sino que, por el contrario, se encuentra fragmentada y enfrentada. Tampoco hay líderes que se destaquen pues los que se quedaron en Irak fueron eliminados por el régimen y los demás se encuentran en el exilio hace casi tres décadas. Así que uno de los grandes retos de la posguerra será construir el consenso de un país cuyas fronteras fueron establecidas arbitrariamente por las potencias coloniales europeas tras la Primera Guerra Mundial, sin considerar su composición étnica, política o religiosa.

Para muchos, el escenario iraquí recuerda la situación de Yugoslavia a principios de los 90, antes del estallido de las guerras separatistas que acabaron con el sueño de un Estado pluriétnico. Irak es el país más heterogéneo y complejo del mundo árabe. La mayor parte de la población está compuesta por tres grupos diferentes: los chiítas en el sur, los sunitas en el centro y los kurdos -con sus aspiraciones independentistas- en el norte. Durante el último cuarto de siglo el régimen de Saddam, de origen sunita, mantuvo la cohesión iraquí reprimiendo con violencia cualquier tipo de levantamiento tanto en el sur como en el norte. Pero ahora que el imperio del miedo se ha esfumado el escenario de una guerra civil que fraccione el territorio es uno de los mayores temores sobre el futuro político de Irak.

Los más optimistas de la administración Bush esperan convertir a Irak en un ejemplo de democracia, estabilidad y desarrollo en el Oriente Medio que les permita proyectar su influencia en los demás países árabes. Washington ha manifestado en repetidas ocasiones que las tropas de la coalición no son un ejército de ocupación y que la idea es establecer un nuevo gobierno tan pronto como sea posible. "La clave es que, después de todo, Irak debe ser gobernado por el pueblo iraquí", afirmó la semana pasada Tony Blair, el primer ministro británico, después de la reunión de dos días que sostuvo con el presidente George W. Bush. Sin embargo, por lo menos en el futuro inmediato, los planes estadounidenses apuntan en la dirección contraria. Y, en el mediano plazo, si se cumplen las intenciones de la coalición, llevar a la práctica la transición a la democracia será mucho más complicado de lo que fue la intervención militar. La guerra política va a ser mucho más enredada que la militar.

El futuro inmediato

El plan de Estados Unidos para Irak, conocido desde hace meses, está basado en la experiencia norteamericana durante la ocupación de Alemania y Japón. "Se trata de un proceso del tipo del acuerdo de Bonn para establecer una administración interina iraquí -esto es una reunión de los principales grupos disidentes iraquíes y representantes de las distintas etnias- que nominarán una administración temporal hasta que una asamblea iraquí pueda ser convocada para determinar la forma y la constitución de un Irak democrático, dijo a SEMANA Radha Kumar, especialista en conflictos étnicos y autodeterminación religiosa del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos. A diferencia de Afganistán, Estados Unidos va a dar un tiempo antes de nominar una administración interina iraquí -Irak estará bajo el mando directo de un administrador militar norteamericano por los primeros seis meses"-.

Ese administrador será Jay Garner, un ex general cuyos vínculos con Israel hacen que en algunos países árabes lo consideren un peligroso sionista. En 1997 trabajó con oficiales israelíes en la creación de un sistema de defensa y en 2000 firmó una declaración que exaltaba cómo las tropas de ese país se contenían ante las agresiones palestinas. A su cargo tendrá la Oficina de Reconstrucción y Ayuda Humanitaria, lo cual lo convierte en el gobernante de facto de Irak. Pero para nadie es un secreto que la permanencia de las tropas norteamericanas es mal vista por el mundo árabe pues lo considera un ejército de ocupación. Y el tener a militares o ex militares norteamericanos al mando del país sólo refuerza esta imagen. Garner ha dicho que el éxito de su misión depende de qué tan rápido se pueda trasladar el poder de vuelta a los iraquíes, y dice que espera hacerlo en 90 días. Otros en la administración Bush piensan que puede tomar más tiempo. Establecer la administración autónoma para los kurdos después de la primera Guerra del Golfo en 1991 tomó seis meses y, de acuerdo con Paul Wolfowitz, el subsecretario de Defensa, "esta es una situación más complicada y tomara más que eso".

Una oposicion que divide

El tiempo que demore Estados Unidos en entregar el poder a manos iraquíes es un factor clave, y de eso depende en gran parte el grado de aceptación o rechazo de la política exterior estadounidense en el futuro próximo. Pero para que se traslade el poder de Washington a Bagdad se necesitan líderes con algún grado de aceptación dentro del pueblo iraquí y que, al mismo tiempo, no atenten contra los intereses de Washington. La escogencia de esos nombres ha enfrentado a Colin Powell y Donald Rumsfeld, las cabezas del Departamento de Estado y de Defensa respectivamente, en lo que algunos medios, como la revista Time, han calificado como el choque de los dos titanes de la administración Bush.

Mientras que el Departamento de Defensa quiere instaurar un gobierno por medio de los exiliados iraquíes el Departamento de Estado se opone y quiere darles un papel a los iraquíes que nunca abandonaron el país. Aunque se trata de un enfrentamiento de concepciones, que va más allá de un solo nombre, la manzana de la discordia fue Ahmed Chalabi, el líder del Congreso Nacional Iraquí (CNI), uno de los principales grupos opositores con sede en Londres.

Rumsfeld y el Pentágono siempre han patrocinado a Chalabi, quien a pesar de sus poderosos contactos en Estados Unidos lleva más de 40 años sin pisar las calles de Bagdad. Powell y sus asesores, por su parte, tienen fuertes reservas frente a Chalabi, un personaje con una controvertida reputación que enfrenta cargos por fraude bancario en Jordania. Su aceptación dentro del pueblo iraquí es incierta y un popular chiste en los corredores de Washington dice que el líder exiliado tiene más influencia alrededor del Potomac -el río que cruza la capital norteamericana- que alrededor del Eufrates.

A pesar de que la posición oficial de Washington es que ningún grupo tendrá preponderancia, el CNI parece ser el grupo más influyente en las decisiones del gobierno estadounidense. Chalabi llegó la semana pasada a Nasiriya, en el sur de Irak, dispuesto a desempeñar un papel importante en la administración de Garner.

Sin embargo el Departamento de Estado ha ganado en gran parte del pulso ya que, de acuerdo con las últimas declaraciones, Estados Unidos quiere darles participación en el gobierno interino a los que nunca abandonaron Irak, aunque esto implique mantener algunas de las estructuras de base del partido Baath y buscar líderes a nivel local.

Pero a pesar del optimismo norteamericano el rompecabezas político iraquí esta lejos de resolverse. El CNI es apenas uno de los tantos grupos de oposición en el exilio que representan un extenso archipiélago de etnias, tribus, clanes y subclanes difícil de entender para los extranjeros.

Establecer una federación donde kurdos, chiítas y sunitas tengan cierto grado de autonomía parece ser el único camino viable. "La oposición iraquí, incluyendo a los kurdos, se han manifestado a favor de un sistema federal", dijo a SEMANA David Phillips, un experto en prevención de conflictos del Consejo de Relaciones Exteriores que ha trabajado con el Departamento de Estado en los proyectos sobre el futuro de Irak. Pero, como se demostró en Yugoslavia, un sistema federal entre pueblos que guardan rencores ancestrales y aspiraciones independentistas no garantiza la estabilidad. Habrá que ver cuál es la próxima jugada de Bush en este complejo ajedrez político.

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