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| 6/24/2006 12:00:00 AM

La camiseta de la selección Colombia

Nada representa mejor la pasión y la identidad de un colombiano.

La camiseta de la selección Colombia La camiseta de la selección Colombia
Hay eventos que por su impacto quedan enmarcados no sólo en la historia colectiva sino en la individual. Acontecimientos imposibles de olvidar, que cada quien en su fuero interno recuerda como si no pasara día u hora. Sucesos extraordinarios, mas no propios, que quedan implantados en la memoria como si fueran personales, vividos en carne propia. A veces son hechos de una trascendencia política y social que por sí solos dejan una huella imborrable. No hay colombiano mayor de 65 años que no se acuerde dónde estaba ni qué estaba haciendo el día que asesinaron a Jorge Eliécer Gaitán. Lo mismo acontece con todas las personas que tenían uso de la razón el 22 de noviembre de 1963 y escucharon la noticia de la muerte del presidente estadounidense John F. Kennedy. Y a veces son temas menos importantes en la apariencia -hasta frívolos para algunos- que terminan convertidos en hitos y generan reacciones semejantes. Algo así ocurrió el 5 de septiembre de 1993. Ese día me encontraba en Estados Unidos, posiblemente el sitio menos indicado para vivir semejante experiencia.

Después de pagar 25 dólares para observar un encuentro que en Colombia es gratis y acompañado de tres compatriotas, nos sentamos en una pequeña mesa arrinconados contra una pared en uno de esos restaurantes latinos que pululan en Washington D. C. La razón: casi todo el lugar estaba colmado de fervientes aficionados argentinos, confiados en una victoria apabullante de su equipo albiceleste. No fue así. Como lo señalarían los libros de historia, los periódicos de la época y las transmisiones radiales y televisivas, esa noche Colombia le ganó 5 a 0 a Argentina. Menos notado en ese momento, pero igual de significativo, la camiseta de la selección se convirtió en el símbolo colombiano. Un motivo de orgullo, de unidad. ¿Quién no se sintió colombiano ese día? ¿Quién no entendió, por fin, las palabras "oh, gloria inmarcesible"? El amarillo, azul y rojo dejó de ser algo más que una bandera abstracta. Se volvió una camiseta que todos los colombianos querían comprar y usar. Atrás quedó ese uniforme blanco de los 70, con banda tricolor, que se confundía (¿a propósito) con la vestimenta peruana. Y más importante, esa extraña vestimenta curuba (color salmón, así la denominaron sus creadores) que obligaron a nuestros futbolistas a portar. Por suerte quedaron relegadas al cuarto de San Alejo de malas iniciativas.

Que la camiseta de la selección sea símbolo debe sorprender a pocos. Es lo común en la inmensa mayoría de los países. Una manera de volver a millones de personas una sola. Una sola voz, una razón de ser. El azul celeste argentino, el rojo y blanco paraguayo, el rojo y azul chileno, el blanco y negro alemán, el auriverde brasileño. Todos representan lo mismo: un país, una identidad. Es una señal inconfundible de nacionalidad, de pertenencia.

Gracias a esa hazaña en el estadio Monumental de Núñez de Buenos Aires, nos sentimos campeones del mundo. Ser colombiano ya no era un acto de fe sino una medalla de honor, una distinción que había que gritar a los cuatro vientos. Y así lo hicimos esa fría noche de otoño en Washington, como lo hicieron ruidosamente en todos las ciudades y pueblos de Colombia, y como lo hicieron los colombianos en todos los rincones del planeta. Ese día Colombia desafió la definición adelantada por historiadores como David Bushnell, de que era una "nación a pesar de sí misma". Ese 5 de septiembre, la camiseta de la Selección Colombia llegó a representar a la patria. Y allí se quedó para siempre.

Que el país se hubiera demorado décadas para llegar a un consenso sobre su uniforme oficial, no importa. Que hoy la camiseta esté devaluada porque no hemos vuelto a ganar, no importa. Que haya días que más de un colombiano quiera agarrar a patadas los futbolistas de la selección, no importa. Ocurre aquí y en Cafarnaún. Pero eso no le quita su innata colombianeidad. Y si mañana volviéramos a triunfar -como ya lo hicimos en la Copa América de 2001, en el mundial juvenil de 2003-, todos nos pondríamos nuevamente la camiseta. Póngale la firma.

* Editor general de SEMANA

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