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| 3/14/2004 12:00:00 AM

La flor del Magdalena

El conflicto y la violencia del Magdalena Medio han sido enfrentados con éxito por los habitantes de 29 municipios en cuatro departamentos , no con armas ni negociaciones, sino a través de programas y proyectos productivos.

La flor del Magdalena El padre Francisco de Roux, director del Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio.
Cincuenta años después de que Parmenio Mantilla salió de Rionegro, Santander, huyendo de la violencia, logró encontrar la paz en una vereda cerca de Puerto Wilches, una zona que históricamente ha sido escenario de luchas y confrontaciones políticas y sociales.

Desde hace tres años dejó sus cultivos de arroz, maíz y plátano en la pequeña finca que heredó de su padre y con la que salieron adelante ocho hermanos más, para sembrar palma africana. Con este minicultivo, "saco una tonelada de fruto cada 15 días que me permite alimentar a toda mi familia y construir un mejor futuro para todos", dice Parmenio.

Esta es una de las numerosas familias que se han beneficiado desde 1995 con los proyectos impulsados por el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (Pdpmm), dirigido por el padre Francisco de Roux. Con su trabajo en educación, agricultura, pesca, vivienda y medio ambiente ha logrado construir tejido social y aumentar la convivencia en la zona, no a través de diálogos ni negociaciones sino de iniciativas productivas.

"Son 300 proyectos en los que 7.000 familias trabajan directamente, pero que benefician a unas 10.000 familias", dice Javier Moncayo, coordinador de la Red de Programas de Desarrollo y Paz (Redepaz). Entre esos proyectos se encuentra el de Escuela Básica Integral, que abarca los municipios de Landázuri, El Carmen y Gamarra con 9.000 niños en total.

El Pdpmm llegó al Magdalena Medio hace nueve años, tras conocerse las conclusiones de una investigación que buscó entender por qué una región de grandes riquezas naturales y humanas mantenía en la pobreza a la mayor parte de su población. Igualmente indagó cómo era posible que esas comunidades que apreciaban tanto la vida y la convivencia se enfrentaran a niveles de violencia superiores a los del país.

El Cinep, dirigido entonces por el padre De Roux, diagnosticó que el deterioro social se debía principalmente al modelo de desarrollo. Para enfrentar estos problemas se creó oficialmente el programa, "un proceso de personas y organizaciones institucionales que unidas por unos propósitos comunes de construcción de paz tratan de generar capacidad en las comunidades con el fin de crear alianzas que acompañen iniciativas productivas y de infraestructura social para la creación colectiva de una región", dice Miriam Villegas, coordinadora de gestión del Pdpmm y gerente del proyecto de palma.

Todo el programa empezó a operar con cinco millones de dólares provenientes de un crédito del Banco Mundial a través de Planeación Nacional. Debido a su éxito, el programa captó más recursos. Ahora recibe ayudas internacionales, especialmente de la Unión Europea. Además de la ayuda económica, el Pdpmm ha contado con importantes reconocimientos como el Premio a los Derechos Humanos de Francia y el Premio Nacional de Paz en Colombia, entre otros.

El laboratorio de paz busca "construir alternativas colectivas y pactos sociales por fuera de una via armada donde los pobladores van desarrollando su capacidad de encontrar alternativas productivas y sociales diferentes al conflicto y la pobreza", dice Moncayo. En los próximos tres años, el laboratorio contará con el aporte de 13 millones de euros y para 2005, su presupuesto será de 21 millones de euros.

El Magdalena Medio es una región en permanente conflicto armado, guerra y violencia que a través de estos procesos ha logrado recuperar el trabajo colectivo y la confianza del campesino en su tierra. Con productos como cacao, ganado y palma africana, los pobladores han vuelto a sembrar sus sueños y la esperanza de un futuro mejor para sus hijos.

Un futuro que germina de la mano de las cosechas sembradas por las familias, y que hoy son explotadas por ellas y después lo serán también por sus hijos y nietos. Son los frutos que recogen de una tierra en la que ha corrido la sangre de quienes en un pasado entregaron sus vidas para hacer posible este proyecto, por el que hoy vale la pena la lucha social del campesino.

Los diferentes proyectos han permitido que las familias campesinas pobres de la región aumenten sus ingresos. En Cantagallo y Puerto Wilches, las familias han pasado de tener ingresos inferiores al salario mínimo a ganarse un millón de pesos mensuales con sus cultivos de palma. En Landázuri (Santander), 120 familias productoras de banano bocadillo han cuadruplicado sus ingresos porque están exportando cerca de 2.700 kilos semanales a Francia, y 500 familias de las comunas de Barrancabermeja tienen acceso a un crédito que les brinda Merquemos Juntos con una tasa de morosidad del 1,4 por ciento.

Muchos de los proyectos renacen cada año cuando se inician nuevas fases que involucran a unas 50 familias de los 29 municipios en los departamentos de sur de Bolívar, sur del Cesar, Santander y Antioquia donde está el programa. En estos años, muchos proyectos se han visto afectados por los actores armados y la poca presencia del Estado.

A pesar de esto, las comunidades han logrado construir importantes iniciativas. En Barrancabermeja, por ejemplo, apareció Merquemos Juntos, en el que un grupo de mujeres líderes comunitarias de la comuna cinco se unieron en 1992 para vender productos a un precio más bajo que el del mercado tradicional. Ahora, 12 años después, tiene un edificio propio de tres plantas en el que manejan la tienda, el almacén escolar, la olla comunitaria y el proyecto de microcrédito. "Nosotros todos los días construimos un poco de paz, gracias a las entidades que alguna vez creyeron en nuestro trabajo", dice Guillermina Hernández, directora de Merquemos Juntos. "Estamos ayudando a la comunidad a fortalecer las empresas familiares donde se gana el pan de cada día. Y es con ese pan como se logra la paz".

Con la olla comunitaria, este grupo de mujeres ayuda a los niños, padres desplazados y personas de la tercera edad que ya no están en capacidad de trabajar por su alimentación. Preparan un almuerzo diario por 500 pesos y que puede ser respaldado por personas particulares que quieran contribuir con 15.000 pesos mensuales a la alimentación gratuita de estas personas.

El surgimiento de cada proyecto productivo hace que crezca una esperanza para los habitantes de estas tierras. Una esperanza que ahora ven con claridad en una lucha en la que no combaten solos, porque ante todo esta es una lucha colectiva.

El programa ha fomentando la vida de los líderes, especialmente jóvenes de la región. "En una guerra donde los líderes se callan o se mueren, lo que hemos tratado de hacer es preservarlos. Cuando se sientan en una misma mesa dos actores en conflicto, la estigmatización pierde terreno, se conocen y pierden la desconfianza entre ellos", afirma Moncayo.

Los proyectos y las miles de familias beneficiadas se han desarrollado con base en el tema de los derechos humanos, la confianza y el capital social que ha promovido el Pdpmm en la región, así como la apertura en el tema de la población campesina a la economía de mercado justo, que parece revestir un especial interés de la cooperación internacional.

Con el apoyo nacional e internacional se ha logrado consolidar el trabajo comunitario y cooperativo con el que los pobladores han soportado las presiones de la guerra. "La vida de nosotros ha cambiado porque ahora podemos ver la realidad desde lo que somos, tenemos y alcanzamos a hacer. Es ver hasta dónde somos capaces de llegar y construir en medio de una sociedad en permanente conflicto armado", dice Guillermina.

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