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| 12/13/1993 12:00:00 AM

La fortaleza prohibida

Ingresar al sexto piso del Hotel Hilton fue una hazaña que muy pocos lograron.

La fortaleza prohibida La fortaleza prohibida
La fortaleza prohibida
El PASILLO ES ANGOSTO. NO hay aire acondicionado ni donde sentarse. Al fondo, una gruesa cadena franquea la entrada y detrás de ella tres guardias de seguridad permanecían inconmovibles. Tenían la misión de no dejar pasar a nadie. En realidad, a casi a nadie, porque de las mil personas que cada día trataban de traspasar esa cadena, por lo menos unas doscientas lo lograban. Era el retén del sexto piso del Hotel Cartagena Hilton. Allí fueron hospedadas las candidatas. Desde muy temprano en la mañana hasta avanzadas horas dc la noche salían del ascensor todo tipo de personajes: reporteros, admiradores, camarógrafos, cazadores de autógrafos, familiares, donjuanes, autoridades, políticos, futbolistas, estrellas de televisión, miembros de comitivas, novios y amigos, con una sola ilusión: ingresar a las habitaciones de las candidatas.
Por momentos, el despelote era incontrolable. Todo el mundo quería pasar por encima de la cadena y los centinelas no daban abasto para cerrar el paso. Todos y cada uno esgrimían una disculpa para estar allí, a la espera de que les dieran vía libre porque tenían "una cita" o un "compromiso impostergable" con alguna de las concursantes. Pero la verdad era otra. Todos querían darse el gusto de recorrer los corredores que daban acceso a las habitaciones y entrar a una de ellas con la esperanzza de tenerlas por unos segundos al frente, echarles un piropo robarles un beso y, antes de partir, lograr que les regalaran un autógrafo.
Muy pocos fueron los privilegiados. Y los que apenas llegaban hasta la cadena de seguridad, cada día inventaban una historia diferente y lo suficientemte real para que el guardia les diera paso. A algunos les sonó la flauta. Como la jovencita que descendió del ascensor y le dijo al centinela: "Estoy mamada con esta cartera llena de joyas que me dejaron las niñas de Tolima y Valle. Por favor entréguela, pero si se pierde algo, la responsabilidad es suya". El guardia de turno no quiso ni requisarla y de inmediato la dejó pasar. Una vez adentro abrió su bolso y, en lugar de sacar anillos, cadenas y pulseras, extrajo una libreta y un lápiz e inició un rccorrido de cuarto en cuarto pidiendo autógrafos.
Esa es apenas una de las tantas historias que se vivieron a diario en este pasillo que por momentos parecía un mercado persa. Los más perjudicados con eI tumulto fueron los camarógrafos y los auxiliares de radio. Ellos llegaban equipados como para la guerra, pero nadie les abría paso. Entonces permanecían allí muchas horas en procura de cazar a cualquier candidata que se presetara para hacer un desfile improvisado en dos metros cuadrados y contestar unas cuantas preguntas.
Pero, en cambio, una serie de personajes anónimos llegaban a la cadena de seguridad, mostraban un botón gris, que era su identificación, y de inmediato seguían. Eran los peinadores y estilistas, los diseñadores y preparadores, y las chaperonas de las concursantes. La mayoría de los felices poseedores del botón gris se hospedó en el mismo piso de las candidatas.
No obstante, aparecían otros personajes que sin botón ni identifación especial pasaban como Pedro por su casa, ante la mirada envidiosa de los cargaladrillos. Eran las figuras contratadas por los diferentes noticieros de televisión para que cubrieran el certamen. Tenían permiso para estar en todas partes. Para entrevistar a las participantes hasta en la ducha. Algunos de esos personajes incluso lograron obtener una habitación junto a las las reinas.
Los cazadores de autógrafos eran los más sufridos. Por lo general se trataba de niños, pero no les importaban ni los empujones ni los regaños y reprimendas por atravesarse en plena filmación. No había poder humano que los convenciera de la prohibición de permanecer en el sexto piso. Como tampoco lo podían hacer los periodistas o los personajes nacionales. Y como los adultos también hacían caso omiso de este mandato real, terminaba la paciencia de los centinelas y en una sola redada todo el mundo tenía que abandonar el pasillo.
Claro que más se demoraban en evacuarlo por un ascensor que en llenarse de nuevo de curiosos que ingresaban por el otro. En varias oportunides las chaperonas debieron amarrarse los pantalones y tomar medidas dictatoriales, decretando toque de queda en eI sexto piso.

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