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| 2/5/1990 12:00:00 AM

LA ULTIMA ENTREVISTA

Alberto Lleras casi nunca concedió entrevistas. En 1981, con motivo del otorgamiento del Premio Simón Bolívar, Lucy Nieto logró sacarle intimidades hasta entonces desconocidas.

LA ULTIMA ENTREVISTA, Sección Especiales, edición 401, Feb  5 1990 LA ULTIMA ENTREVISTA
A los 76 años, en vísperas de recibir un galardón más por su extraordinaria tarea Periodística, y en vísperas de celebrar sus bodas de oro matrimoniales, el doctor Alberto Lleras está en plena actividad política, pero sólo escribe esporádicamente.

--Ahora no escribo sino cuando hay dificultades o cuando hay que producir un hecho político.
Y eso me lo dijo precisamente el día en que todo el mundo comentaba por la calle un editorial de El Tiempo escrito por él -"Las declaraciones del ex presidente López"-, del cual dijo el doctor López: "Me gané un regaño".
¿Qué opina de las reacciones que ha suscitado ese editorial?
-Los editoriales no son para que reaccione la gente. Son opiniones de uno.
Pero la gente sí reacciona.
-Sí, pero yo no.
Y ahí mismo me mandó apagar la grabadora y me dijo, rotundamente que no me iba a hablar de política: "Cuando entregue esta entrevista, venga, y si quiere hablar de politica hablemos cuanto quiera".
Pero, ¿por qué no me dice algo, como para despertar un poco de entusiasmo liberal?
-Esas revistas no sirven para eso.
Claro que sí sirven, porque las leen personas que no leen editoriales.
-No. De política ya le dije que no le voy a hablar.
Es difícil conocer al doctor Alberto Lleras, porque vive ausente de la agitada vida social bogotana, no asiste a cocteles ni a grandes ceremonias y cuando lo abordan en tropel los periodistas a la salida de alguna reunión política -las únicas que frecuenta- el doctor Lleras contesta con monosílabos o no contesta. Tampoco concede entrevistas.
¿Por qué es tan esquivo con los periodistas?
-Hay un viejo aforismo, ¿no lo recuerda? Perro no come perro".
Yo, en virtud de una vieja amistad que une a su familia con la mía, he conversado muchas veces con el doctor Lleras, puedo decir que lo conozco. Pero nunca me había acercado a él en calidad de periodista. Cuando intenté hacerlo recibí un "no" rotundo.
Hoy, sin embargo, aceptó conversar conmigo, para el público, cuando le dije que se trataba de recordarle a los lectores de Al Día su tarea de periodista, con ocasión del premio que le otorgó Seguros Bolívar.
Aceptando su "no" a hablar de política, me senté frente a él, en un cómodo sillón de su apartamento, de espaldas a una biblioteca que ocupa una pared de dos pisos -a la cual se asciende por una escalerita de caracol, a la vista, diseñada por el doctor Lleras- y frente a un inmenso ventanal, desde donde se divisa la sabana, la hermosa sabana que el doctor Lleras como concejal de Chía propuso defender de Bogotá que se extiende con sus casas de cemento, sus calles, su contaminación y su envilecimiento, "mientras la sabana se encoge como una piel de zapa". Tímidamente, porque yo sé que al doctor Lleras eso le aburre, le pedí autorización para grabar lo que iba a decirme. Aceptó encogiéndose de hombros. Coloqué la grabadora en la mesa, junto a una enorme caja de plata, con firmas grabadas por todas partes, y le hice una pregunta de cajón:
¿Cuándo empezó a escribir?
-Recuerdo que en Chipaque -tendría 6 o 7 años- tenía un periódico manuscrito que le vendía a mi padre todas las semanas. Esas inclinaciones florecieron cuando me vine para Bogotá. Les hacía versos a mis familiares en ocasiones especiales. Eran versos inicuos. En la escuela Ricaurte, Oliverio y Rómulo Lara editaban un periódico que yo escribía, la mitad.
¿Cómo se vinculó a los periódicos? -En el diario La República, de Alfonso Villegas, donde mi hermano Felipe escribía comentarios políticos y editoriales. Germán Arciniegas dirigía una página literaria y me propuso que le escribiera una columna. Le puso un nombre rarísimo:"Angulario". Yo, bachiller, recién salido del colegio, la firmaba como se usaba entonces, con seudónimo. El mío era "Alius". Me ponía dichoso cuando veía mis artículos publicados y no se me había ocurrido pensar en remuneración de ninguna clase.
¿Asi eran de desinteresados los periódistas? -Eramos una tribu salvaje que no pertenecía a ninguna clase social. Estábamos como fuera del país, observando. Eramos pobres porque los periódicos pagaban poco. Vivíamos una vida bohemia y nos reuníamos en los cafés, donde consumíamos lo más barato, aquello al alcance de nuestra pobreza. Y no nos interesaba nada.Ni la plata.
Y vivían la vida al revés.
-Sí. Trabajábamos de noche. Esa fue una costumbre que no pude cambiar sino cuando estuve en la OEA, siete años. Hasta entonces no podía escribir de día. Cuando fundé El Liberal yo salía a las 5 de la mañana con mi periódico debajo del brazo. Al terminar el trabajo hacíamos unas tertulias que eran una delicia. Ahí hice mis amigos. En el café Riviere -antecesor del Automático- se encontraba uno con Rendón, León de Greiff, Luis Tejada, Luis Vidales.
¿Cómo ganó su primer sueldo?
-Un día estaba en la esquina de la calle 14, nuestra Fleet street -donde quedaban La República El Tiempo y El Espectador vi venir a un señor pequeñito, nerviosito, que caminaba aprisa con pasos cortos. - "¿usted es Lleras"?, me dijo al verme - Sí señor". "Yo soy Luis Cano y quisiera conversar con usted, dijo. Vaya esta tarde a El Espectador. Su oficina quedaba en el segundo piso y yo, nervioso, tarde como 10 minutos en subir la escalera. Quiero que me escriba unas crónicas porque se murió Luis Tejada y me hace una falta tremenda.Para la parte financiera háblese con Gabriel. Usted no aspirará a remplazar a Luis Tejada?, me preguntó Gabriel. Usted lo que va a hacer es a llenar un hueco. ¿A cuánto aspira?". "No, yo no estoy aspirando a nada, contesté. Lo que paguen está bien". "Pues hombre, serán unos 25 centavos por cada "día a día", y un peso cuando escriba crónicas más largas". "Está bien, le dije.Pero si quiere puedo escribir más barato". Así dure 6 meses, al cabo de los cuales me encontré un día en la Calle Real con el. doctor Eduardo Santos. "Yo sé que usted está trabajando en El Espectador. Pero si algun dia quiere cambiar venga a hablar conmigo".
-La propuesta me llamó la atención, porque yo quería seguir estudiando en el Externado de Derecho, pero como tenía que escribir de día porque El Espectador era vespertino, me quedaba muy pesado. En cambio, en El Tiempo se escribía de noche.Esa tarde le hablé a Luis Cano y me pasé para El Tiempo. El doctor Santos me ofreció $60 al mes. Era ya el comienzo de un negocio.
Luego me nombró director de La Tarde, un vespertino filial de El Tiempo, pero al cabo de los días me empezó a entrar una escarbadera. Yo quería irme del país. Quería seguir la huella de Sanín Cano e ir a la Argentina, que era mi obsesión. Y me fui. Mi viaje fue como el del "pequeño escribiente florentino", de Amicis. Fui a dar a Concordia, un pueblecito cerca de la frontera con el Paraguay, donde vivía un pariente, Posse Camargo, que era dentista. El me recomendó al director de El Litoral, un viejito parecidísimo a Luis Cano.
-Yo escribía comentarios y editoriales contra la reelección de Yrigoyen, de la cual no era partidario el dueño del periódico. Otro diario local apoyaba la reelección. Y todo iba muy bien hasta que se formót tremendo lío, porque a una compañía de teatro argentina, que vino a Bogotá, le fue muy mal. Creo que su gente acabó en la cárcel. El periódico partidario de la reelección de Yrigoyen hizó un escándalo con esa noticia diciendo que en Colombia se trataba muy mal a los extranjeros mientras en Argentina les permitían escribir y opinar de política. Yo vi que al director se le complicaba la situación con mi presencia y me fui para Buenos Aires.Llevaba una carta para Alberto Gerchunoff, genial escritor que había sido director de La Nación y que organizaba un nuevo tabloide. Me recibió inmediatamente. Estaba formando su equipo con los mejores poetas y escritores, con todo el modernismo argentino. Francisco Luis Bernárdez, Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal. A todos les daba trabajo pero como ninguno estaba familiarizado con el periodísmo tardaban 5 y 6 días en entregar la crónica. Gerchunoff encontró que tenía que escribir toda la página editorial o buscar otra gente. Un día llego la noticia de la insurrección de Sandino, en Nicaragua contra la ocupación norteamericana.
"Aqui hay un centroamericano, gritó Gerchunoff. Que me lo llamen". El centroamericano era yo:"¿Usted sabe quién es Sadino?". Sí, le dije. "¿Es capaz de escribir una nota?" Sí, soy capaz.

-Escribí la nota y se la llevé. Se quedó pasmado. Yo era el único tipo entre tanto literato, que producía al instante. Me dió otros trabajos pero no pudo manejar el periódico. A los dos años se retiró, y con el nos retiramos todos. Era un hombre encantador, un gran conversador y con quien hacíamos unas tertulias deliciosas a las que acudía Borges, entre otros.Allí hice grandes amigos, con algunos me escribo todavía. De la Argentina volé a Sevilla, con el encargo de cubrir la Feria, y luego fui a París, donde estaba el doctor Santos. "Quiero que vuelva a El Tiempo, en mejores condiciones", me dijo. Y me nombró jefe de redacción.
¿Fue alguna vez " cargaladrillos"?. -En parte. Yo me la pasaba en el Congreso. Allá conocí a Bertha, mi mujer, porque su padre era diplomático y ellos tenían palco en el Congreso. Entonces el Congreso era un espectáculo de la inteligencia, ¿no es verdad?
-Era el espectáculo.
¿ Hacía entrevistas?
-En las páginas literarias tenía un espacio con nombre copiado de una revista francesa Une heure avec..."Una hora con..." donde le hice entrevistas al maestro Valencia, y a los personajes de la época.
¿Como jefe de redacción colgaba los artículos que no le gustaban o que no se ajustaban a la política del periódico?
-En esa época no se podía ni siquiera pensar en que alguien escribiera con ideas distintas a las del periódico. No había columnistas y cuando los había ellos se sometían voluntariamente a la línea del periódico.Esto era lo que quería el director.
El doctor Carlos Lleras, en una conferencia para periodistas que dictó hace poco en Incolda, decía que no estaba de acuerdo con que se abrieran las páginas de los periódicos a todas las opiniones, como en una especie de bufete para que cada uno pueda escoger lo que le gusta.Y agregaba que en un país ignorante como el nuestro, eso se presta para desorientar a la gente. Para nosotros, ¿usted cree que esa variedad es buena, mala, inocua?
-Se podría defender diciendo que es para que se enteren de todo. Pero sí ciertamente desorienta. Porque la gente está acostumbrada a que el periódico piense de determinada manera, y piensa con él. Y esto lo desbarata, porque la columna editorial es la menos importante en la mayoría de los casos. La gente lo que más lee son las páginas editoriales. Así se desmostró en una encuesta que me mostraron.
¿Qué autores han influido en su manera de escribir?
-Muchos, como les pasa a todos los que escriben. Pero la persona que más me influyó no fue un gran escritor. Fue el presidente Lopez Pumarejo. Es una cosa extraña y la gente no puede entenderlo. Pero así fue . El me corregía, le quitaba dogmatismo y violencia verbal a mis escritos. Y el, que no era propiamente literato, acabó siendo mi maestro de idioma. Hizo por mi lo que mis profesores de castellano y de retórica no lograron.Los documentos de la época de su presidencia los escribiamos juntos.
¿Cómo conoció al doctor López?
-En El Tiempo. El iba por las noches a conversar con los redactores. De allá me salí con él. Me nombró secretario de la dirección liberal, luego secretario general de la Presidencia y luego ministro de Gobierno. Eso le sorprendió a la gente, por que los ministros eran todos doctores y yo era un tipo que salía de un periódico y que tenía apenas 25 años.
-Cuando López salió del Gobierno yo me fui a fundar un periódico.Era una idea que tenía desde antes.López la apoyó. Y fundé El Liberal para decir que el doctor López era un prodigio. Su reelección la montamos ahí. Fue obra de El Liberal.
Cuando uno lee sus escritos se tropieza muchas veces con su afirmación de que todo lo bueno que le ha sucedido y los honores que le han hecho se deben a su buena suerte. ¿No se reconoce entonces ninguna cualidad?
-Sí, la persistencia.
¿Y un defecto?
-Cuando abandono esa persistencia.
Usted no ha usado condecoraciones y pocas se vieron durante su gobierno. Además, abolió el sacoleva de las ceremonias oficiales, prohibió los homenajes y los regalos y se quitó el "excelentisimo", exigiendo que le dijeran, simplemente, "señor presidente", ¿ No exageró su dosís de sobriedad al no utilizar nunca en su segunda presidencia la televisión.
-No. Yo no utilicé la televisión, principalmente porque había sido sobreutilizada por Rojas. Y quería establecer que no se debería manejar en esa forma. Pero sobre eso tengo una teoría que no le voy a exponer ahora porque la voy a echar próximarnente.
De esa jornada del 10 de mayo, cuando tumbaron, sin armas, sino con ideas, una dictadura militar, ¿tiene algun recuerdo especial? -Si. Los artículos que escribí en El Espectador antes de la caída de Rojas que me creaban un diario problema con la censura y que culminaron con la clausura del periódico. Eso lo veo como una de las mejores cosas que he hecho yo.
Sus artículos estan recogidos en varias ediciones como "sus mejores páginas", "Escritos selectos", "Visión de dos decadas". Pero existe también "Mi gente", primer volumen de sus Memorias. ¿Por qué no las sigue escribiendo?
-Es difícil escribir cuando hay tantos protagonistas vivos. Es más fácil juzgar a las personas que están muertas.
¿A que aspira?
-A nada. A morirme en paz.
¿Hay algo que le pesa no haber hecho?
-Probablemente muchas cosas pero no estoy sintiendo el dolor de no haber hecho nada.

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