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| 12/21/2003 12:00:00 AM

Las Farc le apuestan a las ciudades

De El Nogal a la Zona Rosa: el año en que las Farc se decidieron por el terrorismo urbano.

Las Farc le apuestan a las ciudades Atentado de carro bomba contra el club social El Nogal en Bogotá, viernes 7 de febrero, 8:15 p.m.
El terrorismo es una forma de chantaje colectivo. Un grupo de extremistas trata de demostrar a través de actos violentos su capacidad para castigar a la sociedad hasta que esta se someta y acepte sus exigencias. Dentro de esta lógica, durante el pasado año, las Farc han tratado de afilar sus estrategias de coerción armada con el objetivo de doblegar la voluntad de resistencia ciudadana. Sin duda, no lo han conseguido. Pero la evolución de sus intenciones y capacidades en materia de operaciones terroristas dibujan un panorama preocupante en lo que se refiere al futuro del escenario de seguridad colombiano.

En los pasados meses las Farc han puesto de manifiesto su clara voluntad de apostar por la realización de macroatentados capaces de provocar un gran número de víctimas y una extensa dislocación de la vida urbana. A escala interna, las Farc han optado por diseñar acciones armadas de suficiente envergadura como para conmocionar a un país que ha vivido largo tiempo sometido a fuertes dosis de violencia cotidiana. En este sentido, la insurgencia ha asumido que solamente ataques de dimensiones masivas pueden generar el efecto desmoralizador que buscan provocar en la sociedad. A nivel internacional, el interés de la guerrilla por la comisión de atentados espectaculares es solamente el reflejo en Colombia de la sombra del megaterrorismo ensayado con éxito por Osama Ben Laden. De alguna manera, la insurgencia está buscando ejecutar su 11 de septiembre con vistas a agigantar la imagen de su poder militar.

Para alcanzar este impacto estratégico, los insurgentes han optado por varías vías destinadas a magnificar las dimensiones de sus ataques urbanos. Para empezar, las Farc ha intensificado sus atentados selectivos contra personalidades políticas y sociales cuya desaparición provocaría una conmoción nacional y una fuerte inestabilidad institucional. Sin duda, el caso más significativo ha sido la cascada de intentonas terroristas contra el presidente Uribe y su familia. Pero además, el atentado contra el presidente del Senado, Germán Vargas Lleras en diciembre de 2002 y el fallido ataque contra Jorge Visbal, presidente de Fedegan en noviembre del presente año, ha confirmado la intención de las Farc de mantener en su punto de mira las élites del país.

Paralelamente, la guerrilla ha seleccionado infraestructuras clave para la vida económica y social como blanco prioritario de sus operaciones. Esta tendencia ya se vislumbró en enero de 2002 tras el sabotaje del acueducto de Chingaza destinado a privar a Bogotá de la mayor parte de su suministro de agua potable. En cualquier caso, la predilección por este tipo de objetivos se confirmó con el intento de destruir las redes de canalización hidráulica de Puerto Mallarino que satisface el 80 por ciento de las necesidades de la ciudad de Cali. En cualquier caso, los ataques no se centraron únicamente en este tipo de instalaciones. Justo en el momento de su detención en febrero de 2003, Edgar Morea Morales 'Javier Tanga', uno de los principales operadores urbanos de las Farc, se encontraba próximo a ejecutar un ataque múltiple contra los puentes de Honda, Suárez y Girardot que pretendía fracturar geográficamente el país cortando las líneas de comunicación sobre el río Magdalena.

Finalmente, los insurgentes han avanzado hacia la ejecución de ataques contra blancos civiles urbanos con vistas a amplificar el impacto social de su campaña armada. Dentro de esta categoría se pueden incluir las dos acciones terroristas de mayor impacto cometidas a lo largo del año 2003 en la capital de la República: el atentado contra el club El Nogal en febrero y el ataque con granadas contra la Zona Rosa en noviembre. Algunos analistas todavía se resisten a aceptar que la estrategia de las Farc esté evolucionando hacia este tipo de ataques indiscriminados. Sin embargo, las vinculaciones con la guerrilla del ejecutor del atentado contra El Nogal, Freddy Arellán, confirma la implicación de los insurgentes en el atentado más allá de que estos contasen o no con la complicidad de redes de criminales comunes. Por otra parte, el ataque contra la Zona Rosa podía haber sido contra algún local o grupo de clientes ; pero el tipo de artefactos utilizados y el día escogido para su ejecución demuestra que los terroristas querían provocar un gran número de bajas civiles.

Además resulta significativo que ambas operaciones estaban planeadas para provocar una destrucción muy superior a la que finalmente generaron. La posición escogida para situar el carro bomba que destruyó El Nogal permite afirmar que el objetivo de los terroristas era demoler el edificio provocando un número de víctimas muy superior a los 33 muertos que costó el ataque. De igual forma, el atentado contra dos locales de la Zona Rosa de Bogotá formaba parte de una serie de ataques simultáneos contra otros establecimientos del área que no se realizaron por la falta de decisión de los insurgentes encargados de su ejecución. Si finalmente el plan hubiese salido como fue concebido, quedan pocas dudas de que el coste humano del atentado hubiese superado los dos muertos y 73 heridos que finalmente provocó.

La escalada terrorista de las Farc resulta aún más significativa si se tiene en cuenta que las limitadas acciones de este tipo desarrolladas por otros grupos armados a lo largo del año. Hasta recientemente, el ELN combinaba una mayor presencia urbana y una notable sofisticación en el manejo de explosivos que le proporcionaban sustanciales posibilidades para ejecutar acciones terroristas. Sin embargo, al final del año 2003, sus capacidades en este ámbito parecen haber sufrido una erosión significativa. Por un lado, la intervención de la Fuerza Pública en distritos como la Comuna 13 de Medellín le ha privado de sus bastiones más importantes en las grandes ciudades. Por otra parte, la presión de los grupos paramilitares ha desmantelado sus redes de apoyo social. Dicho esto, los 'elenos' han conservado un potencial terrorista residual que en ciertos casos se ha mostrado demoledor. Ahí está el carro bomba detonado en un centro comercial de Cúcuta el pasado marzo que arrojó un saldo de 13 muertos.

Por lo que respecta a los grupos paramilitares, su presencia en la periferia de las ciudades se ha hecho más visible en los últimos tiempos. En este contexto, las autodefensas ilegales han desarrollado campañas violentas con varios objetivos distintos. Por un lado, continúan ejecutando acciones terroristas contra individuos sospechosos de estar vinculados a grupos armados de orientación izquierdista. Por otra parte, han protagonizado enfrentamientos intestinos en los que facciones paramilitares rivales han chocado por el control de ciertas zonas. Asimismo han realizado actos de amedrantamiento para obligar a la población civil a aceptar el pago de extorsiones. Finalmente, también se han involucrado en actividades de limpieza social destinadas eliminar a delincuentes y marginados de ciertos suburbios urbanos. En cualquier caso, durante el pasado año, las acciones armadas de los paramilitares en las ciudades se han centrado mayoritariamente en las zonas urbanas periféricas y han tenido un carácter relativamente selectivo. Un comportamiento que podría explicarse por el interés de estos grupos por mantener abiertas las negociaciones con el gobierno para acordar su desmovilización

De todas maneras, la escalada armada de las Farc en las ciudades ha puesto de manifiesto la voluntad de los insurgentes por urbanizar el conflicto; pero también ha revelado sus deficiencias a la hora de llevar a la práctica estos planes. De hecho, la guerrilla ha demostrado una capacidad muy desigual para operar en las áreas urbanas. Si bien las Farc han ganado notoriedad pública por los atentados cometidos en Bogotá, lo cierto es que la capital de la República se ha mostrado como un terreno hostil para sus operaciones. Desde luego, la guerrilla ha conservado capacidad para alcanzar blancos de alto valor en Bogotá como se pudo ver con el carro bomba contra El Nogal; pero ya se había puesto de manifiesto en atentados anteriores como el ataque con cohetes contra la Fiscalía y la embajada de Estados Unidos en noviembre de 2002. Sin embargo, cada ataque ha tenido un coste elevado para los insurgentes en la medida en que las fuerzas de seguridad han respondido a los incidentes terroristas con operaciones que han desarticulado fragmentos sustanciales de la infraestructura insurgente en la capital.

Esto no quiere decir que la guerrilla no esté en condiciones de mantener una tensión permanente sobre la ciudad a través de ataques más o menos frecuentes. De hecho, el atentado contra el presidente de Fedegan y el carro bomba colocado en Sanandresito (seis muertos) realizados a lo largo del pasado octubre después de varios meses de tregua demuestran que será muy difícil evitar incidentes terroristas periódicos en Bogotá mientras las Farc cuenten con un enorme volumen de recursos e infraestructura de apoyo a todo lo largo del país. Pero dicho esto, también es innegable que la debilidad de las redes insurgentes en la capital de la República pone un techo al nivel de amenaza que por el momento confrontarán los bogotanos.

Las cosas son bastante distintas en otras ciudades del país. De hecho, a lo largo de 2003, las Farc han demostrado que pueden desarrollar operaciones terroristas con más libertad en otras localidades donde parecen contar con estructuras de apoyo más extensas. En este sentido se debe mencionar el caso de Medellín que sufrió atentados importantes como el carro bomba detonado contra la sede de la Fiscalía en enero (cuatro muertos). Pero ha sido sobre todo en ciudades medianas del sur del país donde las Farc han desplegado una campaña más letal. Así, Neiva ha visto acciones de particular dureza como el estallido de una casa trampa en las cercanías del aeropuerto en febrero (18 muertos). Y lo mismo se puede afirmar de Florencia que sufrió un ataque contra su Zona Rosa en septiembre (12 muertos) y el estallido de una casa trampa en noviembre (cuatro muertos).

Toda esta cadena de acciones resulta reveladora de los esfuerzos de la guerrilla para desarrollar una creciente capacidad para la práctica del terrorismo urbano. En este sentido, la cooperación con el IRA ha tenido un valor trascendental para las Farc. De hecho, la creciente sofisticación demostrada por la insurgencia en la elaboración de artefactos explosivos es en buena medida una consecuencia de esta línea de colaboración. Pero además, las Farc parecen haber apostado por adecuar al escenario colombiano estructuras organizativas y procedimientos operativos similares a los empleados por los independentistas irlandeses. De hecho, el intento de la guerrilla de construir una red de comandos en la capital de la República bajo la denominación de Central Bogotá estuvo inspirado en el sistema de células desarrollado por el IRA con el nombre de Unidades de Servicio Activo (ASU). Semejante estructura fue desmantelada en su mayor parte por la fuerzas de seguridad en los primeros meses del año 2003; pero reveló un intento de la guerrilla de introducir mejoras cualitativas en el funcionamiento de sus redes urbanas.

Paralelamente, las Farc dieron síntomas de modificar sus patrones de reclutamiento. Si tradicionalmente los insurgentes habían centrado su interés en captar jóvenes de extracción rural, la detención de dos estudiantes de medicina acusadas de cometer un atentado contra un autobús de Transmilenio el pasado marzo reveló un énfasis de la guerrilla en adherir a sus filas a universitarios con experiencia urbana. Un tipo de militante más apto para convertirse en cuadro de una organización decidida a intensificar sus operaciones en las ciudades. De este modo, la sofisticación en el manejo de explosivos, el desarrollo de nuevas formas organizativas y el reclutamiento de militantes urbanos son señales que apuntan a que las Farc están lejos de desistir de su estrategia terrorista y más bien apuestan por fortalecer su capacidad para desarrollar campañas de atentados urbanos.

En cualquier caso, de cara al futuro, esta tendencia a intensificar las operaciones de terrorismo urbano podría generar una percepción equivocada sobre la apuesta estratégica de las Farc. De hecho, algunos analistas han interpretado la campaña de atentados del pasado año como una señal de la debilidad de la insurgencia y la cercanía de su derrota definitiva. Desde luego, resulta innegable que las Farc han acusado fuertemente el incremento de la presión militar ejercida contra ellas por el gobierno. Pero tal vez sería más correcto interpretar el énfasis en el terrorismo urbano, acompañado por la práctica de la guerra de guerrillas en las zonas rurales, como la entrada de la insurgencia en una fase de acumulación de fuerzas a la espera de una oportunidad estratégica. Así, las Farc estarían utilizando su campaña de hostigamiento en el campo y las ciudades como una cortina de humo mientras acumulan recursos con vistas a intentar una escalada bélica en una coyuntura que perciban como favorable. En este sentido, el año 2003 tal vez debería ser visto como un tiempo de espera previo a una prueba de fuerzas definitiva entre Estado e insurgencia. Por mucho que resulte difícil creerlo cuando se recuerda El Nogal.

*Profesor e investigador de Paz Pública, Cede Facultad de economía, Universidad de los Andes.

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