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| 1/8/2001 12:00:00 AM

Líderes en construcción

La búsqueda de un líder fuerte en Colombia va siempre acompañada de la desconfianza al encontrarlo. Los líderes que tienen éxito son aquellos que muestran obras o que son tan excéntricos que no se pueden etiquetar.

Líderes en construcción Líderes en construcción
Es rara la conversacion en Colombia que no concluya con que lo que necesita el país para salir del atolladero es un líder con los pantalones bien puestos. Lo curioso es que apenas asoma la cabeza alguno con capacidad para convencer, la gente desconfía, envidia su éxito o teme su poder para cambiar las cosas. De ahí que traten de frenarlo como sea.

En la larga lista de magnicidios están Rafael Uribe Uribe, Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán, todos asesinados cuando encarnaban una esperanza de cambio para su generación. También son eliminados con frecuencia los líderes que surgen a nivel local y amenazan con alterar el statu quo. Luis Fernando Rincón, quien consiguió que más de 16.000 aguachiquenses hicieran un compromiso público con su voto de no vincularse con ningún actor armado fue baleado días antes de postular su candidatura para ser alcalde por segunda vez del municipio del Cesar. Lo mismo que Freddy Gallego, líder de las comunidades de paz del Urabá antioqueño y los promotores de la Asociación Campesina del Carare, que en pleno Magdalena Medio unieron a los campesinos alrededor de un proyecto de desarrollo propio inmune a la manipulación de los que hacen la guerra.

Los opositores más sutiles recurren a empapelarlos con demandas. De ahí que muchos funcionarios públicos se abstengan de tomar decisiones verdaderamente transformadoras por el simple temor a verse enredados en los sinuosos tribunales judiciales. En otros casos, acuden a amenazas para callarlos. Como le sucedió a Francisco Santos, que tras liderar con éxito el movimiento antisecuestro del ¡No Mas! tuvo que exiliarse. Y después de eso, la movilización ciudadana contra la violencia perdió fuerza.

En conclusión, “en Colombia, la vocación política para una persona normal es singularmente ingrata por el peligro físico, el peligro moral y el peligro jurídico”, como afirma el colombianólogo inglés Malcolm Deas en su artículo ‘¿Dónde está la clase dirigente?’, que forma parte de este especial (p. 94). Pero más allá de los peligros que corren los líderes, lo cierto es que la estructura administrativa y las tradiciones políticas del país tampoco favorecen el surgimiento de un Chávez o de un Fujimori. Y si “esta no ha sido tierra fértil para los caudillos ni para el populismo”, como lo afirma el analista Eduardo Posada Carbó, en su artículo ‘El riesgo de los Mesías’ (p. 102), lo es menos aún desde que la Constitución de 1991 profundizó la descentralización administrativa con la idea de transferirle un mayor poder a los ciudadanos. Esta transformación política, que sucedió tan sólo hace 10 años, comienza a revelarse ahora. En las recientes elecciones aumentó la votación a gobernaciones y alcaldías, lo cual denota el mayor interés de los colombianos por incidir en la política que les es más cercana. “Es un proceso de cambio cultural. La gente se toma su tiempo en entender en qué está”, afirma John Sudarsky, autor de uno de los estudios más completos sobre capital social en Colombia.

Este aprendizaje político ha ido de la mano de una mayor educación de los colombianos. Mientras que ahora el 30 por ciento de la población mayor de 20 años tiene bachillerato, hace 15 años sólo el 14 por ciento contaba con un diploma. “La gente está cambiando y por lo tanto, el liderazgo tiene que cambiar. Antes estaba basado en la ignorancia de la gente”, añade Sudarsky.

En todo caso, como lo deja claro Posada Carbó, hay que cuidarse de desear aquellos líderes que se presentan con una respuesta para todos los males porque su aparición es casi siempre nefasta. Basta analizar retrospectivamente la labor de Fujimori en Perú o de Pinochet en Chile, que pese a su eficacia en la ejecución de obras, al final se percibió que el costo que pagó la sociedad por su mano dura fue excesivo. “La política, en contradicción con la violencia, se define como el constante compromiso entre intereses diversos y contrapuestos”, escribe Posada.



Lideres sin seguidores

Independientemente de que existan o no los líderes, permanece la pregunta de ¿por qué los colombianos tienden a no seguir a nadie? Hay casos exitosos de movilización de gente alrededor de un propósito común como han sido las campañas masivas de vacunación o la campaña que lideró durante su mandato Antanas Mockus contra el uso de pólvora en Navidad. En esos dos años, los medios de comunicación, las dependencias de la Alcaldía, la Policía y los hospitales se unieron para reducir a cero el número de niños quemados. Y lo lograron a tal punto que la mayoría de hospitales capitalinos cerró su pabellón de quemados. “El liderazgo se ejerce más fácil cuando no hay valores en conflicto”, explica el analista Hernando Gómez Buendía. “Pero los liderazgos grandes son más difíciles porque hay una sociedad fragmentada. Tenemos hasta tres ejércitos”, agrega.

En efecto, frente a casi cualquier iniciativa se ponen de presente las profundas distancias que existen entre los colombianos, divididos entre ricos y pobres, entre regiones, entre derecha e izquierda, entre los que creen en Pastrana y los que creían en Samper. La consecuencia de esto es que incluso frente a una simple marcha contra la violencia como la del ¡No Mas!, inspirada en las multitudinarias manifestaciones españolas contra la ETA, no falta quien cuestione que por qué se protesta contra los secuestros y no contra las desapariciones. Que por qué contra la violencia de los armados y no contra las políticas neoliberales. Y entonces no sale a marchar ni el 10 por ciento de los residentes de una ciudad.

Esta dificultad para ejercer un liderazgo también se ve a un nivel más general y se traduce en una incapacidad grande para encarar los problemas más agudos de la sociedad, desde el problema carcelario hasta el del desplazamiento. “Aquí no afrontamos los problemas en forma sistemática sino episódica, afirma el politólogo Fernando Cepeda. Tenemos liderazgos epilépticos que no crean consensos”.

Un caso concreto sería el del déficit fiscal. Mientras que en Estados Unidos reducir el déficit se volvió un propósito nacional y en 10 años lograron un superávit, en Colombia con un déficit cercano al 4 por ciento del PIB no se ha conseguido ni siquiera que las diferentes instancias del Estado se pongan de acuerdo en bajarlo. Por un lado, la Corte Constitucional falla tutelas claves como la que ordenó el aumento retroactivo en los salarios del sector público sin atender este criterio. Por otro, en el Congreso cursa un proyecto de ley para que Ecopetrol, cuyo superávit compensa en parte la quiebra del Estado, subsidie la gasolina de las aerolíneas. Y para completar, frente a cada eventual privatización se movilizan los sindicatos.“Hay cosas aisladas, pero se requieren los enchufes que conecten los cables sueltos”, dice Cepeda.

Esta ausencia de ‘enchufes’ que se percibe en el sector público, existe también en el sector privado, donde pese al liderazgo que ejercen los gerentes dentro de su empresa y a través de su inversión (ver artículo de Oscar Iván Zuluaga, p. 100), la proyección del liderazgo empresarial a nivel nacional es más débil. “El mundo empresarial es absorbente y por eso, los empresarios entregan la agenda pública al gremio. Pero los gremios no son fuertes porque no tienen una base económica sólida, su capacidad para anticipar problemas es limitada y muchas veces las empresas prefieren hacer las cosas directamente”, afirma Jorge Hernán Cárdenas, decano de administración de la Universidad de los Andes. Y aunque algunos sectores comienzan a unirse, como es el caso de los floricultores o del gremio de los plásticos que creó un gran centro de desarrollo tecnológico en Medellín para especializar gente en la industria, la mayoría sigue operando bajo la lógica del ‘sálvese quien pueda’. Esto va en contravía de la tendencia mundial a unirse por las ventajas económicas que produce estar juntos como lo han demostrado los clusters industriales de Silicon Valley, el de la industria química en el lago Lausanne y el de entretenimiento en la Florida.



¿Quien lidera?

A pesar de lo dividida que está la sociedad colombiana, y tal vez por ello mismo, comienza a quedar claro que las personas que más logran aglutinar a los colombianos hoy no son los líderes carismáticos ni los populistas sino aquellos que pueden interpretar estas divisiones y plantean una tercera alternativa que no obliga a la gente a alinearse con uno de los polos o los verdaderos ejecutivos que convencen a la gente con sus logros. El primero sería el caso de Antanas Mockus que les vendió a los bogotanos una visión de ciudad en la cual la convivencia de todos fuera posible. Su planteamiento no es fácil de ser etiquetado y por ende, boicoteado por los que ven conspiraciones en todo. También sería el caso de Enrique Peñalosa, quien ejerció un liderazgo no a través de un discurso sino de la ejecución de obras concretas. Estas obras vencieron la desconfianza tradicional de los ciudadanos, que al final siguieron al Alcalde a tal punto que en las pasadas elecciones votaron a favor de la extensión del Pico y Placa y del Día sin Carro, dos ideas que encarnan su noción de ciudad.

“Es el liderazgo del logro, en el que el líder compromete a la gente con una visión”, afirma Gustavo Mutis, director de Liderazgo Empresarial Consultores, una firma dedicada a hacer consultorías a empresas.

Este mismo liderazgo es el que ejercen miles de colombianos a nivel local, que trabajan diaria y silenciosamente por construir un país. “Gracias a ese fuerte tejido social es que ante tantas vicisitudes el país no se descuaderna”, dice María Lucía Roa en su artículo ‘Líderes anónimos’ (pág. 106). Y precisamente porque un país sólo es viable cuando cada ciudadano, en vez de esperar a que venga alguien a salvarlo, asume la responsabilidad de su futuro y el de su colectividad, es que SEMANA quiso aportar a la discusión sobre liderazgo con este especial.

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