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| 2/24/1986 12:00:00 AM

NI TANTO QUE QUEME AL SANTO...

Al declarar venerable al médico venezolano José Gregorio Hernández, la Iglesia se cura en salud

NI TANTO QUE QUEME AL SANTO..., Sección Especiales, edición 195, Feb 24 1986 NI TANTO QUE QUEME AL SANTO...
Van llegando uno a uno, tienen cara de muerte: pálidos, ojerosos, con denso olor a enfermo.
Han hecho cola a veces desde las cinco de la mañana para conseguir la cita del día siguiente. Se sientan en una salita en donde hay un altar, una talla en madera de José Gregorio Hernández, un Cristo y un par de imágenes más, todo rodeado de ve!adoras. Nadie habla. Los que se atreven lo hacen en cuchicheos, como en la Iglesia. Es un templo de José Gregorio Hernández, el Siervo de Dios venezolano, y de sus "Médicos Invisibles" uno de los cientos de templos del "hermano Gregorio" que hay en Bogotá, y en toda Colombia, y en varios países de América, y sobre todo en Venezuela, la tierra natal del venerable. El doctor José Gregorio Hernández, médico de los pobres en vida (ver recuadro) los sigue curando sesenta y siete años después de muerto.
Y su culto, lejos de diluirse, no cesa de crecer.
No es una secta. Los templos de José Gregorio que surgen aquí y allá no tienen ninguna relación orgánica entre sí, ni los "hermanos" que ofician de ayudantes del taumaturgo se conocen los unos a los otros. Brotan espontáneamente en el vasto abandono sanitario de estos países. En Bogotá, hace unos diez años, llegó a haber más de quinientos de estos consultorios para pobres que, en opinión de un médico consultado por SEMANA "brindan una medicina inocua, barata, asequible al pueblo". En ocasiones comparten el local con otros taumaturgos que prometen curaciones milagrosas para casos desahuciados por la ciencia, como es el caso del templo del Indio Amazónico, en la Avenida Caracas de Bogotá. Por lo general no cobran tarifa fija por la consulta, sino que piden una "donación voluntaria". "Quinientos pesitos--dice a SEMANA Blanca, la medium que oficia en el templo del Indio--para pagar el arriendo o los honorarios de la gente que trabaja acá".
Comparten el vasto abandono sanitario de estas ciudades sin hospitales con una miríada de curanderos y yerbateros, con gentes como el famoso "Lego" que hace unos años hacía curaciones asombrosas en un pueblo de Cundinamarca mediante una iriología rudimentaria, con la estatua de bronce de don Leo S. Kopp que da consejos en el Cementerio Central.
La diferencia está en que a José Gregorio Hernández la Iglesia Católica, que tantos santos taumaturgos ha tenido en dos mil años de historia, acaba de calificarlos en su emisora oficial de "venerable", que es el primer paso hacia los altares.
En los altares ya está, sin embargo, aunque no sean los altares de la ortodoxia católica. Y la fe en su poder de hacer curas milagrosas está tan extendida, por lo menos, no como la fe en San Judas Tadeo para conseguir dinero o en San Antonio para levantar novio. Pero, aunque resulte paradójico, es esa devoción popular que rodea a José Gregorio la que incita a la Iglesia a actuar con la mayor cautela en la tramitación de su proceso de beatificación y canonización, que se inició hace treinta y seis años en Caracas y anda estancado en alguno de los vericuetos de la Curia romana. Porque el culto a José Gregorio está contaminado de superstición y da origen a todas las posibilidades de charlatanería y estafa. "Cuando sea canonizado, si llega algún d¿a a serlo, cerraremos todos esos templos que hay por ahí" dice un funcionario del Episcopado de Bogotá. Y el padre Guillermo Melguizo, secretario general de la Conferencia Episcopal de Colombia, dice a SEMANA: :"Hay que distinguir con cuidado. El doctor José Cregorio Hernández fue un eminente médico venezolano que murió muy querido por la Iglesia y por la comunidad. Nosotros debemos separar la persona de este hombre de Dios, sus virtudes eminentes, que en los últimos meses han sido aprobadas como "heroicas" por el Vaticano, del abuso del culto que se le ha tributado en ciertos países, sobre todo Venezuela y Colombia. Por un lado va la virtud de este señor y su fama de santidad; y por otro van la superstición y la magia que han rodeado su memoria, hasta el punto de que muchas personas sin escrúpulos han levantado "templos" en su honor que se han convertido en centros de negocios de mal gusto. La Iglesia no solamente no aprueba, sino que censura estos abusos. Y eso ha retardado la causa de su canonización".
El padre Melguizo señala a SEMANA el principal escollo, que son las curaciones "milagrosas" que José Gregorio realiza a través de mediums espiritistas. "El primer mandamiento de la ley de Dios prohibe y castiga esos usos supersticiosos y espiritistas --dice Melguizo. --Un documento del Episcopado afirma refiriéndose a eso: "Otra forma de fallar en el amor de Dios es el espiritismo o invocación de personas para consultarles cosas, generalmente por un interme diario llamado medium, quien puesto en trance da supuestamente la respuesta. (...)". También se da entre nosotros el espiritismo con la invocación de algunos llamados "médicos invisibles", y algunos efectos raros se amplifican con la propaganda de gentes crédulas y el ánimo de lucro de embaucadores". "Hay que dejar muy claro--dice también a SEMANA el padre Vicente Andrade Valderrama--que bajo ningún punto de vista la Iglesia acepta a los mediums como transmisores para hacer milagros. Es más: ellos son castigados bajo la ley divina".
Y en efecto, las curaciones de José Gregorio se producen generalmente a través de mediums que lo invocan mediante métodos espiritistas a él o a algunos de los "médicos invisibles" de su equipo. Se trata de un comité o junta de médicos integrado por científicos difuntos, muchos de ellos alemanes--cirujanos famosos de la Alemania espiritista, por ejemplo, Doña Idalí Zárate de Real, medium de José Gregorio en un templo del barrio Ciudad Verna llamado Entidad Espirita, que atrae mucha clientela, dice a SEMANA que ella también invoca "los espiritus de otros doctores como Montoya Pava, peruano, y Jon Yon Kong, que sirve para asuntos mentales", porque, explica, "hay algunos males que no puede curar el doctor José Gregorio".
A veces, José Gregorio opera solo (aunque en vida fue un clinico, después de muerto su fama es más bien de cirujano), sin medium. Llega de noche a casa del paciente, que debe haber colocado al lado de su cama un vaso de agua fresca y una rosa roja. A veces, en cambio, utiliza a un medium que entra en trance en presencia del enfermo y de sus familiares, sufre convulsiones, cambia de voz y transmite el diagnóstico y la prescripción proferidos por un comité de médicos que se encuentran en el "más allá", o, como dicen, "en una escala alta de espiritualidad". Si durante la sesión se halla un médico presente (uno de carne y hueso), es frecuente que José Gregorio o sus asesores discutan con él sobre la enfermedad o la receta, a través del medium que usa entonces términos técnicos altamente especializados. Otras veces la cosa es más sencilla. Doña Idalí del Real cuenta a SEMANA que "eso todo es espiritual.
Yo tomo un vaso de agua, y al concentrarme veo por ejemplo la base digestiva o el cerebro, y ahí puedo ya hacer el diagnóstico. Pero siempre hay que recibir primero al espíritu del doctor que vaya a atender. Puede ser José Gregorio".
También se hacen a veces operaciones casi quirurgicas, que implican contacto físico entre el medium y el paciente: el primero toma los algodones y el alcohol que, con el agua y la rosa, forman parte del ritual, palpa la zona afectada y le da masaje, forcejea unos instantes a la manera de los célebres "médicos filipinos", y extrae un tumor o un órgano enfermos: invisible como los médicos, pero que en ocasiones deja manchas de sangre.
Cuenta doña Emma de Angel, que tuvo en el barrio Muzu un consultorio de José Gregorio que una vez preparó las cosas para una operación que "aunque no era carnal", requería de tijeras, bisturí, algodón, alcohol, gasa, "y al otro día apareció todo como si hubiera sido utilizado por un cirujano". José Gregorio dicta entonces una prescripción mediante el método de la escritura automática: por.lo general una fórmula mixta que incluye hierbas y drogas comerciales, y el paciente entra en convalescencia.
Los mediums surgen espontáneamente, en sesiones espiritistas en las cuales se invoca a Jose Gregorio. Son por lo general personas que han sufrido alguna tragedia, o bien un viudo viejo, o una solterona, o una muchacha adolescente, y casi siempre de muy bajo nivel cultural.
Doña Idalí, por ejemplo, dice a SEMANA que ella se hizo medium después de haber sido curada de asma bronquial por José Gregorio, y explica: "Yo soy del fenómeno de la curación, pero no es que tenga mucha intelectualidá en el estudio, como otros que se vuelven medius por estudiar". "Yo aprendí desde niña a convocar a José Gregorio--dice Blanca, que hoy tiene unos 24 años y lleva diez de medium. Lo único que tuve que hacer fue tener fé en él, mucha fé, y así se lo digo yo a la gente". Tres miembros de una misma familia, curados todos por José Gregorio (uno de enfisema pulmonar, otro de hemiplejía y otra de dismenorrea), cuentan a SEMANA que el intermediario fue en su caso una niña de 16 años que se limita a preguntar el nombre y la edad del paciente. Convoca entonces a José Gregorio y éste le dicta el diagnóstico por escrito: la niña no tiene ninguna clase de estudios, pero utiliza entonces toda suerte de términos médicos.
Porque, aunque hay consultorios profesionalizados como los ya mencionados, también existen muchos mediums de José Gregorio que operan solamente para sus conocidos o sus familias. El propio José Gregorio, ocasionalmente, acude a un hospital o una clínica y se presenta ante los pacientes vestido de negro, con sombrero y maletín de médico, para recetarlos personalmente. Y existen rinalmente, además de los mediums silvestres, profesionales de la medicina que trabajan con el santón venezolano. Un médico dice a SEMANA: "Ustedes se sorprenderían de saber los nombres de muchos médicos célebres que consultan regularmente a José Gregorio".

Otros son más escépticos. El doctor Francisco. Yepes, ex secretario del Ministerio de Salud, dice a SEMANA: hay una base estadística que comprueba la curación espontánea de un cierto porcentaje de enfermos, con fe o sin ella, con o sin tratamiento.
Puede haber evidencias científicas de patología que demuestran que hubo una enfermedad casos de cancer, por ejemplo--y el enfermo se recupera de manera espontánea. Yo, personalmente, no creo que se trate de milagros". El doctar Alfredo Herrera Vivas dice por su parte: "Hablar de operaciones hechas por José Gregorio Hernández o por alguna otra ánima es un poco absurda y peligroso, ya que la gente cree que en realidad ha sido curada y no sigue haciéndose el tratamiento, con riesgo de una recaída. Generalmente son enfermedades sicosomáticas, de modo que es Comprensible que en esos casos la fe cure a la gente. Otras veces no. Yo tuve el caso de un señor que tenía un tumor en la cabeza. El, con mucha fe, creyó que una "operación" de José Cregorio iba a ser su tabla de salvación. Y efectivamente, después de ser "operado" se mejoró notablemente.
Al ser examinado de nuevo resultó que lo suyo era un "tumor móvil" que, por cualquier coincidencia, se había movido; y a la semana se murió".
Pero ni el escepticismo de la ciencia oficial, ni el temor a los rayos de la Iglesia Católica, han podido disminuir en nada el creciente fenómeno del culto por José Gregorio y la fe en sus curaciones milagrosas. Y esto empezó casi desde el momento mismo de su muerte. Cuando el arzobispado de Caracas inició en 1949 la causa de su beatificación, de inmediato la oficina de la Vicepostulación encargada de llevarla adelante se vio inundada por millares y millares de cartas relatando milagros con pelos y señales. En un libro sobre José Gregorio editado por Ediciones Paulinas de Caracas, con imprimatur eclesiástico, se enumeran docenas de casos que van desde la hidrocefalia hasta la alergia infantil, pasando las úlceras del duodeno, el carcinoma, los pólipos nasales, la gangrena, la parálisis y los tumores malignos. Aparentemente, un sector integrista de la Iglesia (las Ediciones Paulinas publican también obras del controvertido monseñor Leclercq) ha hecho suya la causa del santo venezolano, y no solamente por venezolano, sino por santo.
El padre Melguizo dice a SEMANA que dado ya el primer paso de declarar "venerable" a José Gregorio, sólo faltan otros dos para su canonización. Pero hace falta "que se compruebe cientifcamente la realidad de milagros que haya hecho", y de estos están excluidos, de entrada, los realizados por los mediums: "La iglesia hace caso omiso de esos milagros y no los va a reconocer como tales en el proceso de canonización", dice Melguizo. De acuerdo con las reglamentaciones eclesiásticas, por lo demás, las curaciones constituyen por lo general milagros "de dudoso recaudo", como dicen los banqueros. Sólo se aceptan como milagrosas las curaciones de enfermedades orgánicas e imposibles de remediar por medios naturales, y la curación debe ser real, instantánea y duradera. Todo lo cual debe ser examinado y aprobado por un consejo de médicos designado por la Sagrada Congregación en Roma, presidida por un Cardenal prefecto. Todos esos detalles, más la embarazosa publicidad, en ocasiones charlatanesca, que rodea el culto a José Gregorio, tiene por el momento embolatado su caso en Roma.
A muchos no les importa. La medium Blanca dice a SEMANA: "Pues yo si tengo idea de que la Iglesia prohibe lo que yo hago, pero qué se le va a hacer. Yo lo que trato es de ayudar a la gente con fe... Además yo no le hago daño a nadie". Y en los consultorios y en los templos que preside la imagen de José Gregorio, en madera o en yeso o en oleografía, muy serio con su bigote bien recortado y su sombrero alón completamente negro, humilde y discreto como anduvo en vida por las calles de Caracas, con los ojos clavados en el piso para evitar los malos pensamientos, se congregan muchedumbres de gentes que no esperan tampoco el permiso de los obispos para tener fe en el moderno taumaturgo, a quien acuden por lo general como última esperanza, desahuciados por la ciencia oficial.
No es que sus milagros sean particularmente espectaculares y despierten la curiosidad de las masas: en la historia de la Iglesia se han visto a menudo cosas más duras de creer, y también mucho más inútiles que la curación de una úlcera gástrica, como el famoso milagro de Santo Domingo de la Calzada, que consistió en poner a cantar una gallina que llevaba varias horas cocinándose en una olla, ya desplumada, salada y rodeada de cebollas y especias. Es, por el contrario, que son milagros modestos pero útiles. La curación de un persistente dolor de cabeza, de un flujo menstrual excesivo, de una infección en una mano cortada, de un eczema de las manos, de una fiebre rebelde, de una reducción del píloro. Por eso en los templos de José Gregorio se siguen amontonando los billetes y monedas en una bandeja, ante la imagen un poco melancólica del santo, y se escucha el reverberar de las veladoras encendidas en medio de un olor a enfermedad y a cera derretida. Se ven aparatos ortopédicos dejados por pacientes agradecidos, muletas de cojos que han vuelto a andar, protesis de paralíticos, vasos de agua, rosas rojas. "A mi me curó de una apendicitis aguda", dice una niña de quince años. "Yo vengo a que me bendiga estas medicinas", cuenta un muchacho que llega con un talego de Colsubsidio. "Vengo a beber el agua de mi tratamiento", explica una anciana. "A mi hermano, que se cortó la mano con un machete y no le sanaba, rezándole a José Gregorio la herida dejó de echarle pus", dice una joven de veinte años. "Por eso vengo aqui a ponerle unas velitas y agradecerle"...
La Iglesia es cauta y terca. Pero la fe popular aunque incauta, es más terca todavía. --

EL MEDICO DE LOS POBRES
¿Un santo venezolano? ¿Un santo de chaleco y corbata? Suena inverosímil, o al menos improbable. ¿Un santo atropellado por un automóvil? Suena poco serio. Tendemos a pensar que los santos de la Iglesia son personajes de tiempos muy remotos, que vivían en desiertos serios y no en las calles de Caracas, que vestían túnica y no chaleco con reloj, que murieron muchos siglos antes de que se inventara el motor de explosión. Por eso a muchos lo de que el médico caraqueño José Gregorio Hernández vaya a subir a los altares no los convence. Y menos aún dicen, con ese nombre, demasiado prosaico para un santo de veras.
Esto se debe, en parte, a la lenta cautela de la Iglesia en asuntos tan delicados como éste: se demora décadas, a veces siglos, en nombrar nuevos santos, y a raíz del Concilio Vaticano II ha preferido más bien retirar del escalafón algunos ya existentes y con prestigio de milenios. Por eso fue un choque esta semana el anuncio de que Radio Vaticana le había dedicado un largo programa a José Gregorio Hernández, llamándolo "venerable", lo cual es serio indicio de que su proceso de beatificación --paso previo a la canonización--va viento en popa, a los treinta y siete años de que fuera iniciado por el Arzobispo de Caracas. Por otra parte, la figura de José Gregorio lleva ya más de medio siglo siendo venerada en media América, con más devoción y fervor que la de muchos santos "con carne". Sin embargo, aún hoy José Gregorio sigue siendo más un personaje folclórico que otra cosa. Y pasto de charlatanes. Y esperanza de desahuciados. Y adoración de pobres.
En fin: lo que suelen ser los santos.
Detrás del folclor y la veneración que hoy lo vuelven borroso existió un hombre de carne y hueso. José Gregorio Hernández Cisneros, que nació el 26 de octubre de 1864 en Isnotú, en el estado venezolano de Trujillo. Su padre era un político local, y su madre una dama piadosa que murió siendo José Gregorio muy niño después de haberle inculcado la devoción por la Virgen y la costumbre de reza diariamente el rosario y recitar el Angelus tres veces al día. Siendo el más inteligente de los doce hermanos, fue enviado a estudiar a Caracas, donde terminó el bachillerato e inició la carrera de medicina, de la que se graduó en 1888. Empezaron entonces sus triunfos mundanos.
Porque el doctor Hernández, además de haber sido "el médico de los pobres" por antonomasia, fue además una eminencia científica. Tras estudiar en Francia bajo la dirección de Mathias Duval, fundador de la embriología francesa, regresó a su país para fundar en Caracas el Laboratorio de Fisiología de la Universidad Central, trayendo consigo el primer microscopio que se conoció en Venezuela. En.la Universidad dictó hasta su muerte cátedra de histología, patología, fisiología experimental y bacteriología, y publicó textos científicos --"Elementos de Bacteriología"-y ensayos filosóficos "Elementos de Filosofía". Fue el fundador de la Comisión de Higiene Pública, embrión del actual Ministerio de Sanidad venezolano, y llegó a convertirse en el médico con mayor clientela de todo el país. Hablaba francés, inglés, alemán, italiano, latín y griego. Tocaba el piano. En la Caracas todavía aldeanade la vuelta del siglo, el doctor José Gregorio Hernández era un médico muy parecido, en muchas aspectos, al doctor Juvenal Urbino que retrata García Márquez en "El amor en los tiempos del cólera". Salvo que en vez de vestir elegantes ternos de lino blanco corta dos en París, vestía siempre de negro del sombrero a los zapatos, cortando y cosiendo él mismo su ropa durante buena parte de su vida.
Las diferencias más profundas erar menos visibles, y estribaban en la vida espiritual y religiosa de José Gregorio. Hombre de confesión semanal comunión diaria, autor de una novena a la Virgen de las Mercedes, lecto infatigable de libros piadosos y devoto de muchos santos, el doctor Hernández quiso en dos ocasiones abandonar el mundo para hacerse cura.
Lo intentó primero en la Cartuja de Lucca, en Italia, en 1908, pero al cabo de ocho meses su fragilidad física le impidió seguir sometido a la dura regla de la orden. A su regreso a Caracas se le vieron por primera vez rasgos de frivolidad: pantalones estrechos a la última moda, paletó ceñido de joven dandy y corbatas de colores. Pero si los vestía no era por vanidad, sino, al contrario, por mortificación del orgullo: su maestro de novicios en la Cartuja se lo había aconsejado así para que el mundo se burlara de él y los niños le tiraran piedras.
No lo consiguió, sin embargo, sino que por el contrario su fama de virtud y santidad siguió creciendo. Convertía a la religión a sus pacientes moribundos, recetaba gratis a los pobres y muchas veces él mismo les compraba las medicinas con su propio dinero.
Repartía entre los pobres su sueldo de la Universidad, y tampoco de los ricos aceptaba donaciones superiores al estricto valor de su trabajo. Era un apóstol de la justicial social, y en cuanto a su propio oficio, solía decir: "Es buen médico el que sabe curar a sus enfermos". El los curaba humildemente, sin aspavientos, y muchas veces--de donde empezó su fama de hacer milagros en vida--desde lejos sin necesidad de visitarlos. Cuando no estaba visitando enfermos, a pie por las calles de Caracas, o dictando clases en la Universidad, se entregaba a la oración y a los ayunos, maceraciones y mortificaciones con cilicios.
Una vez más quiso ordenarse, ingresando al Seminario de Caracas en 1913, pero su confesor lo disuadió de su empeño convenciéndolo de que su tarea estaba en la ciencia y en el mundo.
Siguió, pues, su vida de médico de pobres y de catedrático universitario, investigando la histología patológica de la pulmonía o la anatomía patológica de la fiebre amarilla, viajando a conferencias científicas internacionales para exponer sus descubrimientos sobre enfermedades tropicales, recetando gratis con certero diagnóstico, regalando su sueldo, haciendo involuntariamente crecer en torno suyo su propia fama de santo. Se decía de él que curaba a los enfermos con su sola bondad. En 1918, con ocasión de la muerte de uno de sus hermanos, vaticinó: "El año que viene me toca a mí". Y efectivamente, murió el 29 de junio de 1919, a los cincuenta y cinco años, de una muerte prosaica. Llevaba medicinas a la casa de uno de sus enfermos pobres, y cuando en sus prisas intentaba tomar un tranvia lo atropelló un automóvil, fracturándole el cráneo. Sólo pudo gritar: "¡ Virgen Santísima!".
Su entierro fue apoteósico. Decenas de millares de personas asistieron a la misa de cuerpo presente oficiada por el Arzobispo de Caracas. Esa noche los cines y los teatros de la ciudad cerraron en señal de duelo. Y tras la capilla ardiente en el Paraninfo de la Universidad Central, donde fueron a despedirlo millares de caraqueños, la muchedumbre se apoderó de el féretro para llevarlo en hombros al Cementerio General del Sur, al grito de "¡A nuestros hombros, doctor! ¡ Usted ni después de muerto en coche!" Muy pronto empezaría a crecer la fama de sus milagros.

EDICIÓN 1879

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