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| 6/25/2005 12:00:00 AM

Si se calla el cantor...

El desplazamiento forzado pone en peligro infinidad de saberes que, al dispersarse de manera violenta, pueden caer en el olvido y desaparecer para siempre.

Muy poco se ha ocupado el Estado de la dimensión cultural del desplazamiento. Casi siempre esta población es vista como víctima, como objeto de políticas o como un número que integra las estadísticas.



Es verdad que la persona en situación de desplazamiento, es una víctima. Pero también es verdad que a nadie se le puede reducir a esa única condición. Los desplazados y los sobrevivientes son, en primer lugar, personas, hombres y mujeres que están bajo una condición forzada por unos sujetos que los obligaron a salir de su lugar de origen y que, además de haber sido forzados a salir y las más de las veces expropiados, son compatriotas con una biografía personal y una historia colectiva en su comunidad de origen.



Además de víctimas también, y sobre todo, eran-son, agricultores, cantaoras, maestros, ebanistas, pintores. Son sabedores de infinidad de oficios y, además, testigos de excepción de los acontecimientos. Por eso son portadores de memoria y de cultura. Impedir que esta cultura sea borrada del mapa es una manera de luchar contra la impunidad y el olvido.



Dos de las pestes que acabaron con Macondo fueron la peste de la guerra y la del olvido. Este país, ahora más que nunca, necesita del relato de la violencia reciente. Un relato que vaya más allá del discurso instrumental de los políticos. Un relato polifónico y colectivo que nos narre y a la vez nos defina.



La Expedición por el Éxodo convocada por artistas y escritores, pero también por organizaciones y personas que trabajan con población en situación de desplazamiento, es un encuentro con los huyentes y errantes para escuchar y narrar, desde diversos lenguajes, la epopeya presente del éxodo.



Allí, de manera colectiva y polifónica, desde lenguajes no instrumentalizados, escuchamos fragmentos del relato en testimonios, reflexiones y canciones y surgieron preguntas fundamentales: ¿Qué pasa con la memoria? ¿Con las expresiones culturales que portan las personas en situación de desplazamiento? Así como la gente se pregunta qué va a pasar con las tierras de la población en situación de desplazamiento, también se preguntaron ¿qué va a pasar con las verdades que saben, con los relatos, con la memoria? ¿Todo se reducirá al perdón y al olvido?



Bogotá, ciudad de migrantres, primero de los desplazados de la violencia de los 50 que llegaron del interior y pusieron su mano de obra barata, sobre todo andinos y cundiboyacenses, y luego de los exiliados internos de todas partes, tiene que comenzar a dar respuestas. Esta capital ha cambiado culturalmente de manera tan veloz como compleja. Aquí convive, de manera privilegiada, la diversidad cultural de Colombia y habita, como en ninguna otra parte, el mestizaje. En la capital ex cachaca ahora se come ajiaco, chontaduro y pescado, se baila salsa, vallenato y bambuco y se reconocen los ritmos y los instrumentos de la Costa Pacífica. Numerosos grupos musicales están haciendo rescate de las músicas colombianas. Sin embargo, poco se reconoce el papel, el rostro y el aporte de las personas de carne y hueso que han llegado cantando y contando. El mayor peligro que se cierne sobre este drama es el olvido. De manera urgente necesitamos recuperar la memoria, una memoria que contribuya a retejer los hilos rotos por el desafecto y la violencia.



William Ospina decía en una de las Expediciones: "Se diría que hay nación cuando todos sus miembros sienten la llama de un mínimo afecto por sus conciudadanos, cuando todos se sienten parte de un proyecto, de una memoria, de una esperanza, de algo que los une y por lo cual estarían dispuestos a arder en una pasión solidaria, en un fervor patriótico. Y se diría que en una nación verdadera no sólo no sería posible que tan grandes sectores fueran desposeídos y avasallados?".



Alfredo Molano, en su intervención en la Tercera Expedición: "Como decíamos, al terror paramilitar sigue el control de la Fuerza Pública, sin que se suspenda la acción de las llamadas autodefensas. Dado este paso, entran en escena las instituciones civiles del Estado, incluyendo algunas ONG. El objetivo es retomar el manejo institucional, si alguna vez lo hubo, con miras a crear un nuevo poder y destruir las autoridades y formas de organización tradicionales. En dos palabras: el desplazamiento a punta de terror es prolongado con apoyo en brutales operativos militares institucionales y programas civiles: vías, guardabosques, y sobre todo inversiones de empresas privadas, muchas de las cuales están asociadas desde el comienzo con los paramilitares y los han financiado en proyectos de palma, madera, cacao. El caso de la palma africana es clarísimo: allí donde los paramilitares han sembrado el terror y desplazado muchas comunidades, hoy se siembra palma africana y especies forestales de rendimiento temprano. Los grandes proyectos viales como la carretera Panamericana, la Marginal de la Selva y la vía Túquerres-Esmeraldas en Ecuador, son ejemplos clarísimos de este proyecto que está pensado como reinserción, pero también como la apertura colombiana al TLC".



Así como se nos están perdiendo los campos y los alimentos, se están extinguiendo las especies y los ritmos. Se están dispersando los saberes. La diversidad ha devenido en dispersión, y el desplazamiento nos está reduciendo nuestros modos de ser y de hacer. Las personas en situación de desplazamiento tienen enormes conocimientos sobre el territorio y la cultura. Con esos saberes se podría hacer una verdadera permuta de saberes. La cultura, como dice Amilkar Cabral, un poeta africano, está hecha de las respuestas que los pueblos dan a las crisis. Es hora ya de acudir a otros discursos que nos permitan desde la memoria, con la voz de los dolientes, intervenir en la cultura. Por eso apelamos a la polifonía para que el país se reconstruya con la participación de muchos actores, pero también desde diversos lenguajes. Uno de ellos el arte, que está también siendo desplazado.

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