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ESPECIALES SEMANA

S.O.S.: el penoso abandono que sufren los salvavidas de Cartagena

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Fotografía por Revista Semana

El pasado 20 de enero de 2021 y durante cuatro horas, más de 60 salvavidas se lanzaron al mar en el sitio conocido como el Muelle de la Bodeguita, frente a la torre del reloj, en Cartagena. Mientras flotaban y gritaban, impidieron el zarpe de múltiples embarcaciones hacia las islas aledañas. Era una protesta en todo el sentido de la palabra: la primera realizada en el agua desde que se tiene registro.

Los rescatistas se manifestaron indignados en las aguas porque sus condiciones laborales se han vuelto cada vez más precarias. Desde finales de noviembre de 2020, el contrato laboral que celebraron con la Alcaldía de William Dau se venció, por lo cual tuvieron que trabajar durante toda la temporada alta de vacaciones de fin de año sin sueldo.

“En todo este tiempo nos han incumplido: nos dijeron que para el 12 de este mes (enero) habría contratación y no ha habido hasta la fecha. Tenemos 21 años de ser salvavidas y no han creado ni siquiera la planta provisional, juegan con nosotros y estamos desesperados”, se escucha decir a uno de los salvavidas en un video filtrado a las redes sociales.

SEMANA habló con David Múnera, secretario del Interior de Cartagena, quien reconoció que la situación de los rescatistas es dramática, pero no es nueva. “Aquí tenemos un grave problema, que es un problema histórico. Es que (aquí) los salvavidas nunca han estado vinculados a la estructura de planta de personal del Distrito de Cartagena. Estos salvavidas fueron contratados a través de cooperativas”.

Si bien al final se conjuró el problema con la llegada de los contratos a mediados de febrero de 2021, la protesta abrió una vieja herida, relacionada con la difícil e ingrata tarea de los salvavidas cartageneros: “En muchas ocasiones hemos trabajado 15 días, 20 días, casi un mes gratis, sin ser remunerados”, cuenta Xavier García Cervantes, quien trabaja resguardando las playas de La Heroica desde hace 18 años.

“Aquí como podemos firmar una contratación por dos meses, por tres meses o por cuatro meses, no es algo permanente. Y es algo que muchas veces nos baja la moral porque nosotros venimos con todo el entusiasmo, con todas las ganas, pero también nos acordamos acá en las playas que cuando lleguemos a casa muchas veces no vamos a encontrar nada de comer”.

“No sé si ustedes vieron el programa de ‘Guardianes de la bahía’, es muy parecido a todo lo que nosotros hacemos. Y sí es real. Todas esas cosas nos toca hacerlas a nosotros: meternos al agua, luchar contra las olas, luchar contra las corrientes, que muchas veces no nos dejan acercarnos hasta donde está la víctima”, cuenta emocionado, mientras desde su torre de guardia vigila la playa de “El Boni”, una de las más grandes y emblemáticas del sector conocido como Bocagrande.

“Yo soy de la isla de Tierrabomba y nosotros desde niños estamos metidos en el mar. Desde que tenemos un añito ya andamos en el mar. El mar para mí es como si fuera mi hermano, porque siempre he convivido con él”, explica Xavier, refiriéndose a la razón por la cual un porcentaje importante de los 634 salvavidas de Cartagena son isleños.

“Esta fue una competencia que se hizo abierta, en la cual yo y muchos de mis compañeros participamos. Gracias a Dios salimos seleccionados por el buen rendimiento que tuvimos en todo lo que es la natación, todo lo que fue la competencia”.

Una virtud deportiva, sin duda, pero una desventaja logística: llegar a su trabajo todos los días es una travesía. “(Yo) me levanto a las 4 de la mañana, organizo lo que tenga que organizar en la casa, hago el desayuno, después me pongo a leer la palabra, riego mis maticas, me regreso hasta donde están las lanchas, que son las que nos trasladan hasta el hospital de Bocagrande; después me vengo caminando a las playas de ‘El Boni’. Aquí tenemos que estar prestando el servicio a las 7 de la mañana, y salimos a las 5 de la tarde”.

A veces los turistas ven a Xavier de pie, inmóvil en su torre de guardia y piensan que tiene suerte por ganarse la vida sin hacer nada. Lo que ignoran es que no está descansando, sino vigilando. “Yo digo que el salvavidas debe tener la visión como el águila. Sin importar la altura en la que esté, lo que mira es la presa donde está, es lo mismo el salvavidas. Nos toca estar 100 % con nuestra vista al mar, porque un descuido es un error fatal”.

La fuerza del mar –incluso tan cerca de la costa– es imprevisible e imparable. A pesar de sus esfuerzos, su papel como guardián de la vida se ha visto truncado por el infortunio, como sucedió una tarde de noviembre de 2012.

“Ush… ¿lo más duro? Ni lo quiero contar. En esa época yo trabajaba como salvavidas en la playa de Castillo Grande, que es una playa muy intensa, es muy grande. Recuerdo que había tres muchachos, aproximadamente de unos 24-25 años dentro del mar. Les estábamos pitando porque veíamos que uno de los muchacho lanzaba una pelota, nadaba, regresaba, iba y venía. Le indicamos que se acercara a la orilla pero no hacía caso”.

“Minutos después, me acerco a la orilla para seguir llamándole la atención al muchacho desde acá (...) Ay, ¡Dios mío! (hace una pausa en su relato y se agarra la cabeza con pesadumbre) ahí fue que vimos que el muchacho gritaba para que lo auxiliáramos. Enseguida, mi compañero y yo que estábamos trabajando en esa zona, fuimos por él, pero cuando ya íbamos llegando se nos atraviesa una moto acuática y empieza a dar vueltas donde estaba el muchacho. Ese Jet Sky nos obstaculizó y no nos dio el espacio para salvarlo.

“Cuando él hizo ese remolino, lo que hizo fue que el muchacho se hundiera. El muchacho, lamentablemente, falleció”, recuerda Xavier con tristeza. “Eso ha sido una de las partes más duras que he podido vivir y que todavía es la hora y no se me sale esa escena de la mente. La última imagen que recuerdo del muchacho fue cuando me levantó la mano para que yo lo agarrara”.

A pesar de ser una labor fundamental para salvaguardar la vida de los bañistas de Cartagena, el trabajo de los rescatistas parece escapar a la lógica: en cada playa hay múltiples torres de vigía (fabricadas en madera) y cada una alberga a un equipo de 2 salvavidas por turno de 10 horas.

La distancia entre cada torre es de 200 metros y ese espacio se encuentran las carpas que ocupan los turistas en la playa. Normalmente se ubican unas 5 hileras de sombrillas, o sea unas 25 sombrillas por cada hilera. En total tendríamos 125 sombrillas, las cuales albergan en su interior a 3 o 4 turistas en promedio.

En conclusión, cada salvavidas vigila en promedio a 250 personas, para un total de 500 en el turno conjunto. Lo más complejo es que deben lograr su tarea con el mínimo de implementos, incluso más precarios que los utilizados por alguno de sus colegas que trabaja vigilando una pequeña piscina familiar.

“Pongo el ejemplo del programa ‘Guardianes de la bahía’: a ellos se les facilita en el momento de hacer un rescate: tienen todas las herramientas necesarias para hacer dicha labor. Nosotros solamente tenemos un ‘torpedo’ (flotador) y es toda la herramienta que nos dan para arrancarle ese cuerpo al monstruo llamado mar, al que muchas veces se le olvida que somos hermanos”, relata Xavier con pesar.

Turistas: contra el salvavidas.

La mayoría de las veces Xavier y sus compañeros tienen más inconvenientes con los bañistas en la playa que dentro de olas embravecidas. A veces pueden ser irrespetuosos y agresivos; incluso los conflictos llegan a comprometer su integridad y su vida.

“Muchas veces nos insultan, nos han agredido, muchas veces nos ofrecen puñaladas, nos dicen que nos van a esperar para golpearnos. Claro que nos da miedo, pero nos toca sobreponernos y buscar a un policía si la cosa está muy grave. Nos sabemos defender, pero uno como servidor público está maniatado frente a ellos”, explica con pesadumbre.

Mal pagos –o sin paga en muchos casos– insultados, golpeados, ignorados. ¿Por qué seguir en un trabajo como ese? Para Xavier no existen dudas sobre su elección de vida.

“Yo lo hago, primero, por sentido de pertenencia. Segundo, porque amamos nuestra profesión. Ser un salvavidas es como estar una persona en un desierto, con mucha sed, y encontrarse un vasito de agua en el momento donde más lo necesita; eso representamos para una persona cuya vida pende de un hilo dentro de las aguas de Cartagena”.

“Aunque hay muchos momentos hartos, también es hermoso cuando nos abrazan o nos dan las gracias; donde todos los espectadores empiezan a aplaudirnos, eso es una gran satisfacción (...) Eso nos motiva a no abandonar esa hermosa profesión”, expresa Xavier mientras una sonrisa vuelve a su rostro.

No niega que tiene miedo a lo que depara el futuro en estas playas, sobre todo frente a un escenario como el confinamiento o el recrudecimiento de la pandemia del coronavirus. Aun así, elige sonreír.

¡Vale la pena ser salvavidas!”, puntualizó con orgullo.

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