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| 4/18/1988 12:00:00 AM

TURISMO

TURISMO, Edición 307, Sección Especiales, 10118 TURISMO

LA CLAVE DE II GIARDINO
Más que un interés gastronómico, la primera razón que me llevó a visitar II Giardino, ese restaurante del norte de Bogotá que apenas se acerca a su primer año de existencia fue una razón de simple curiosidad. En efecto, me deje llevar por la curiosidad, al preguntarme cuál sería la clave de II Giardino, para atraer de una manera tan efectiva la atención de varias publicaciones extranjeras, especializadas en turismo en gente de mundo o simplemente en formas de vida.
Para ser más exacto, debo confesar que me halagó que la revista norteamericana Travellers se expresara tan bien de la comida que puede degustarse en Colombia. Y ahí, en un reportaje que hablaba de "un día ídeal en Bogotá", II Giardino aparecía, a su vez, como el restaurante ideal para almorzar. Por otro lado, tuve referencia de que la revista mexicana "Casas y Gente", interesada en realizar un reportaje con Fernando Botero, visitó la ciudad y después decidió no sólo dedicar una edición especial al pintor colombiano, sino también unas páginas al restaurante en mención.
Mis dudas se fueron aclarando poco a poco.Al llegar descubrí el primer encanto de II Giardino. Su fachada y su decoración postmodernista, con paredes en un agradable color curuba. No hay un sólo cuadro, porque el estilo así lo exige. Solamente plantas y muchas flores, al estilo de los modernos restaurantes que están triunfando alrededor del mundo. Se trata de un lugar muy exigente, pero a la vez muy sobrio... dedicado a las personas con un gusto decididamente refinado; a aquellos que desean convertir cualquier momento en una ocasión inolvidable.
Era de noche, y lo que pretendía ser una simple comida se convirtió en una velada con todos los ingredientes para hacerla muy especial. Todo comenzó en el bar, disfrutando del diseño de una marquesina que proyecta los edificios de la zona, de una música con ese toque romántico del jazz, y de una iluminación que se ha propuesto ser la cómplice del momento.
Todo en el bar está a pedir de boca: cocteles tradicionales que aparecen presentados en un estilo innovador, o combinaciones exóticas que realzan el propósito de distinción. Y para acompañarlos, una extensa variedad de tapas, de diversos países, que respetan la forma de elaboración y la presentación de donde son originarios. Ahí aparecen, por ejemplo, desde un plato de queso provolone a la parrilla, hasta una ensalada de trigo con lentejas, nueces y endivias.
Y a la hora de ordenar el plato fuerte, el único problema es la indecisión, entre exquisitos platos de la cocina internacional. La verdad es que todo es diferente, si no en el propio origen del plato, entonces en la forma de prepararlo y en la presentación del mismo. Las propietarias han confesado que tienen el vicio de "servir excesivamente bien los platos". Y cumplen su propósito desde el hecho de con seguir los langostinos más grandes de Bogotá, de cocinar los alimentos como lo ordena la gastronomía de cada país (por ejemplo, para la comida oriental tuvieron que traer ollas especiales de la región), de ofrecer unos postres realmente extraordinarios (recomiendo la tarta de manzanas con helado de canela), hasta el detalle de elaborar en cada pedido una verdadera obra de arte.
No acostumbro a otorgar tenedores o estrellas, pero si lo hiciera, dedicaría una mención muy especial a II Giardino.

BOGOTA PLAZA
EL HOTEL QUE CAMBIO EL NORTE
Por lo general, las ideas con un futuro promisorio suelen despertar muchas dudas en el momento en que son concebidas. En 1975, cuando un grupo de empresarios encabezado por Heinz Linsker comenzó a trabajar en el proyecto para construir el primer hotel en el norte de Bogotá, fueron muchos los comentarios desalentadores y las voces de escepticismo.
A primera vista parecía un absurdo situar un importante complejo hotelero en plena calle 100 con avenida 19. Tan absurdo, aparentemente, como resulta hoy en día aceptar el hecho de que en esa época era necesario desplazarse airededor de medio kilómetro desde ese punto, si uno quería disfrutar una taza de café colombiano.
Pero el proyecto de Linsker estaba respaldado por la más absoluta confianza de que no sólo el hotel contaría con la acogida necesaria, sino que además esta obra se convertiría en el origen de un profundo cambio en el norte de la capital colombiana.
En la actualidad, cuando el Bogotá Plaza Hotel se encuentra próximo a celebrar su décimo aniversario (la fecha exacta es el 7 de abril), esta intuición optimista se ve comprobada en un 100 por ciento. Tanto así que el hotel de la 100 con 19, no sólo debió ampliar su capacidad en una proporción 5 veces mayor -pasó de 29 a 125 habitaciones- sino que ahora este sector de Bogotá cuenta con más de una docena de hoteles, y con una infraestructura comercial e industrial en permanente evolución. Algunas razones del éxito son la seguridad del sector, la proyección comercial del norte, y el mismo hecho de que hoy en día muchas empresas han traslado sus oficinas a esta zona.
Al fin y al cabo era de esperarse que una idea de este tipo tuviera éxito fpor el simple hecho de ser concebida por un hombre que nació y ha vivido siempre en contacto con la empresa hotelera. Porque, en efecto, Heinz Linsker vio su primera luz en el Hotel Pacífico de Pasto. Allí aprendió no sólo sus primeras letras, sino también todas las claves de la buena atención y del servicio esmerado. Porque si hay alguna razón principal por la que muchos turistas recuerdan al Hotel Pacífico de Pasto -más conocido como el Hotel Mantequilla- es precisamente por ese toque casi detallista y personalizado con cada uno de los huéspedes. Y esa misma atención fue, precisamente, la que originó el otorgamiento de la quinta estrella del Bogotá Plaza, hacé dos años.
Ahora, cuando celebra con gran pompa sus 10 años de existencia, el Bogotá Plaza se ha convertido en un hotel muy solicitado por turistas nacionales y extranjeros, por gran cantidad de empresas que lo han escogido como el sitio ideal para sus convenciones, por destacados grupos sociales que sueñan con celebrar en sus salones ocasiones tan variadas como un matrimonio o una fiesta de 15 años, o simplemente por aquellas personas que desean cerrar un negocio en su restaurante, Le Pavillion, tomar unas agradables onces en la cafetería La Marquesina, o compartir un rato inolvidable en su bar.

EDICIÓN 1879

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