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| 1/8/1990 12:00:00 AM

UN GRAN GRANO DE ARENA

UN GRAN GRANO DE ARENA UN GRAN GRANO DE ARENA
MANUEL ELKIN PATARROYO
Un gran grano de arena una tarde fría bogotana conducía su vehículo por la carrera séptima rumbo al Hospital San Juan de Dios. De pronto detuvo la marcha, se llevó las manos a su despoblada cabeza y exclamó: "¡Brutos! Me enloquecí. Ahora sí me enloquecí, simple y llanamente".
Ese día, marzo 10 de 1988, la revista Nature, uno de los órganos científícos más prestigiosos del mundo, había publicado un descubrimiento universal: la primera vacuna sintética contra la malaria. Una enfermedad que cada año ataca a 200 millones de personas, y mata entre tres y cinco millones de enfermos. Un descubrimiento hecho por un colombiano nacido en Ataco, Tolima: Manuel Elkin Patarroyo, el mismo hombre que permanecía estacionado en la mitad de la carrera séptima asustado ahora que el mundo científico le reconocía, al más alto nivel, que él había triunfado allí donde muchos en el planeta habían fracasado. Por eso, mientras se perdía en sus pensamientos, una sinfonía de pitos e insultos lo hizo regresar a la realidad y proseguir la marcha hacia el Instituto de Inmunología. El que fundó cuando todavía era estudiante de medicina de la Universidad Nacional y donde, a lo largo de la década, desarrolló toda su investigación con un grupo de "sardinos" alumnos suyos.

Atrás quedaban siete años de investigación. Esa que empezó en 1981, cuando regresó del Instituto Karolinska, a donde viajó a finales de la década de los setenta a profundizar sobre la investigación de la lepra y la tuberculosis. Sus dos grandes retos en ese momento. Pero uno de sus maestros, el profesor David Perlman, le insinuó que siguiera el camino de la malaria. De regreso de Europa, en el avión, lo meditó mucho. Repasó las cifras de la Organización Mundial de la Salud sobre el número de muertos que dejaba cada año la malaria. Miró hacia el Pacífico colombiano y entendió que era una de las zonas más azotadas por la enfermedad. Entonces, el mismo día que llegó a Bogotá empezó a trabajar sobre la vacuna sintética,que es una reconstrucción química en laboratorio de pedazos de las proteinas que el parásito que trasmite la malaria usa para invadir los glóbulos rojos y desencadenar la enfermedad.

"Quisiera poder decir que empecé a investigar porque, en un momento dado, me preocupaba que existiera sufrimiento, muerte. Muy tácitamente, muy adentro, creo que sí tengo esa preocupación. Pero, sobre todo, me empuja locamente, violentamente el deseo de vencerlos. Sí, muchas veces sueño con la muerte diciendole: te jodo.
Pero el corolario, el punto difícil del sueño es donde la muerte me dice: sí, tú eres el muerto. Tú eres el precio. Y me decapita".

Manuel Elkin Patarroyo es la cara opuesta del investigador neurótico, ermitaño. El es, por el contrario, sencillo, mamagallista por excelencia y mal hablado. A los 19 años empacó sus maletas y emprendió viaje a Nueva York, a la Universidad Rockefeller, donde inició su especialización en investigación. Fue una larga cadena de estudios universitarios que le permitió recorrer los principales institutos de investigación mundial: la Universidad de Yale, el Hershey Medical Center, el Karolinska Institute de Estocolmo y la Rockefeller University.

A sus 40 años está casado con la pediatra María Cristina Gutiérrez y es padre de tres hijos. Director del Instituto de Inmunología del Hospital San Juan de Dios, instructor del departamento de patologia de la Universidad Nacional experto consultor de la Universidad Rockefeller, en fin, una larga lista de cargos y funciones. Este tolimense,que vivió su infancia en el caluroso Girardot, que compartió los afanes económicos de una familia conformada por once hermanos es, además, un gran embajador en el exterior; su vida transcurre metido entre aviones que lo llevan de Colombia a Europa dos veces por semana y con los bolsillos vacios. "Moriré con los bolsillos remendados y los zapatos agujereados, porque la plata no me importa", dice.

El gusano de la investigación lo picó desde muy pequeño y siempre le decía a sus padres que "no quería ser bombero ni policía, sino investigador". Por eso dejó el abrumador calor de Girardot para instalarse en Bogotá. No sin antes haber organizado la primera y única huelga escolar que registre la historia en este puerto sobre el Magdalena. En Bogotá estudió en el José Max León y alternaba sus estudios escolares con los de filosofía en la Universidad Nacional, que en ese entonces aceptaba alumnos con cuarto de bachillerato.
Hoy se la pasa metido en su laboratorio, trabajando sobre vacunas sintéticas. "Es el pastel del próximo siglo" asegura mientras termina la producción de 100 mil dosis de vacuna contra la malaria. De ellas aplicará 25 mil en la zona de Tumaco y luego recorrerá las fronteras con Venezuela y Brasil, donde cada año mueren cientos de personas por efectos de la malaria. "Esto es como producir aspirina. Una vacuna tiene un costo de 85 centavos de dólar, lo que equivale a cinco coca-colas", agrega a carcajadas.

Su trabajo no se detiene. La década de los noventa se la piensa dedicar a la producción de vacunas sintéticas contra la tuberculosis y la lepra. También trabaja en la vacuna contra la aftosa. "No puedo parar. Ahora que vamos a salvar la vida de tanta gente, tenemos que pensar cómo los vamos a alimentar para que no mueran de hambre". Manuel Elkin Patarroyo no disfrutará un centavo de su descubrimiento porque decidió regalarle al país la vacuna. Para que la produzca y la ponga al servicio de la humanidad. Atrás quedaron tentadoras ofertas hechas por los principales laboratorios del mundo. "No soy un mercachifles. Hay que mostrarle al mundo que en nuestro país hay grandeza y no mezquindad ".-

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