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| 10/22/1990 12:00:00 AM

¿Y COMO ES EL?

Como el primero de la clase en la escuela de Ingeniería llegó a ser el primer financista del país.

¿Y COMO ES EL? ¿Y COMO ES EL?
Para muchos colombianos, es un enigma. A pesar de que su nombre y el de su organización son bien conocidos, lo cierto es que pocos pueden hablar sobre cómo es Luis Carlos Sarmiento Angulo, un bogotano de 55 años que lidera el sector de la construcción en Colombia y que con el control del Banco de Bogotá ha dado pasos definitivos para convertirse también en el más importante financista.

Exigente, reflexivo como su padre, y con un gran don de mando que quienes lo conocen dicen que heredó de su madre Georgina, muerta hace 13 años. Ella ejerció una disciplina casi castrense para educar una tropa de nueve hijos , seis varones y tres damas. Su padre, don Eduardo vive, a los noventa y cinco años, entero de mente y cuerpo y rodeado del cariño de los noventa y un miembros de su familia. Con algo de patriarca y de profeta, Luis Carlos Sarmiento lo recuerda en su hacienda sabanera, en medio de cosechas y ganados, trabajando siempre para educar a sus hijos. La mayoría se formaron de ingenieros, en distintos ramos. Pero también hay un médico y el menor, Enrique, es el Obispo Auxiliar del Cardenal Primado. Todos son sobresalientes en su oficio.

Descendiente del prócer Crisanto Valenzuela, fusilado por los españoles, Luis Carlos Sarmiento tenía ya sus genes de banquero. Cinco generaciones atras de la suya, en 1870, don Joaquín Sarmiento fue el primero en suscribir el acta de fundación del Banco de Bogotá y fue miembro principal de su primera Junta Directiva.

Casado con Fanny Gutiérrez, el mismo amor de los diecisiete años, a quien conoció cuando cursaba segundo de Ingeniería en la Universidad Nacional, poseen una familia conservadora en costumbres y en política. Tienen un hijo y cuatro hijas, formados en identica mística por la educación. Todos son profesionales. Una de ellas estuvo, secuestrada varios meses, con lo que Sarmiento pagó su gran cuota de dolor. En su despacho, colmado de pinturas, las únicas fotografías que hay son las de sus nietos.

No tuvo educación bilingue ni masteres en el exterior. A los quince años termino su bachillerato en el Colegio Mayor de San Bartolomé. Estando en tercer año hizo su curso ordinario de contabilidad y comenzó de inmediato a llevar los libros de un depósito maderero. Ahora discute con los contadores graduados y no sabe si le debe más a la ingeniería o a la contaduría. De estudiante universitario, según sus compañeros, no había quién le ganara en cálculo ni matemáticas. Alternaba sus clases con la elaboración de declaraciones de renta y la realización de trabajos de agrimensura. Antes de graduarse, fue ayudante de ingeniería en "Cuéllar, Serrano, Gómez" y se desempeñó, como calculista de geodesia en el Instituto Agustín Codazzi. Con ello pudo adquirir teodolito propio, atender su noviazgo y casarse cuando aún no se había secado la tinta de su diploma.

Al dejar la universidad se incorporó como ingeniero de campo en la firma de Santiago Berrío. Seis meses después ya era subgerente. Dirigió la construcción de carreteras por Choachí y el Catatumbo, y de líneas ferroviarias en el Magdalena medio. Asfalto y acueductos, trazados y construcciones, todo a codal y escuadra, hasta que la violencia segó tempranamente la vida de Berrío. Sarmiento liquidó la empresa, rindió buenas cuentas a la viuda y emprendió, sin patrono, la lucha por los contratos.

Su visión lo llevó a licitar obras en zona de violencia, a donde nadie quería ir, y en ello radica buena parte de su éxito. Luis Carlos Sarmiento es un hombre al que le gustan las dificultades. Es además una persona de muchas hipótesis, de muchos trazos, de muchos borradores. Por eso contradice sistemáticamente a quienes encuentran solamente una solución.

Su carrera en el campo de la construcción fue meteórica. Comenzada la Urbanización "Las Villas", a principios de los años sesenta, las vallas de sus obras se extendieron por toda la ciudad. En total ha construido cerca de 26.000 viviendas en la capital. De cada cincuenta habitantes de la ciudad, uno vive en construcción de la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo. La Alcaldía Mayor de Bogotá le otorgó la Orden Civil al Mérito por su aporte a la solución integral de la vivienda, ofreciendo como complemento de sus obras espacios públicos, parques, escuelas, templos y salones comunales. Pero sus obras van mucho más allá de las fronteras patrias. Como es amigo de retarse a sí mismo, le dio por confrontar su experiencia de constructor en San Juan de Puerto Rico, en Isla Verde, edificando más de quinientos apartamentos.

Exactamente desde junio de 1969, cuando la Organización Luis Carlos Sarmiento Angulo se aprestaba a cumplir sus primeros diez años de labores, las oficinas fueron trasladadas al Centro Internacional de Bogotá, en donde hoy funciona todo el conglomerado. Un grupo económico que comenzó a edificarse a partir de la constructora, que fundó a Seguros Alfa en 1970, luego creo la Corporación de Ahorro y Vivienda Las Villas en 1973 y la Corporación Financiera de los Andes en 1974. Un poco antes, en 1972, Sarmiento Angulo hizo la que con los años -por lo menos antes del Banco de Bogotá y probaría ser su mejor inversión. Por 67 millones de pesos compró el Banco de Occidente, una entidad con sede en Cali, que estaba a punto de ser intervenida por el gobierno nacional debido a que se hallaba al borde de la quiebra. Años de ortodoxia y paciencia llevaron al Banco a constituirse, para finales de esa década, en líder del sector y en uno de los pocos que atravesó incólume la crisis financiera de 1982.

A lo largo de su vida, Sarmiento Angulo ha conservado los mismos hábitos. Madrugador exagerado, despacha hasta bien entrada la noche. Poco rumbero, sólo acepta dos compromisos sociales a la semana. La fama que tiene entre sus empleados es que nunca se cansa. Jamás se queja de falta de tiempo ni de exceso de trabajo. Sin hobby conocido, meditar es su principal distracción. Sus íntimos saben que el regalo que le agrada, como buen cachaco, es una fina corbata de seda: tiene más de doscientas en uso.

Ha ejercido al honor en cargos tediosos que le han demandado todas las horas. Pero presta con gusto el servicio, como cuando fue Presidente de la Sociedad Colombiana de Ingenieros y miembro del Consejo Nacional de Obras Publicas.

Para la llegada de Juan Pablo II el presidente Belisario Betancur lo hizo Consejero Presidencial. Se levantaba a las cuatro, revisaba en avión las obras de las trece ciudades que el Papa visitaría y administraba hasta el último centavo de ese despliegue colosal. Durante seis meses abandonó todas sus empresas para dedicarse a este encargo por decreto. No sólamente entregó concluidos y a tiempo todos los proyectos, sino que como circunstancia excepcional sobraron recursos. Dejó ademas cómo fundar una obra perpetua: el Instituto Juan Pablo II. A los que lo acompañaron en esa época les impresionó su rigor con el cumplimiento. Los mortificaba la diferencia de fondo que hacía entre llegar a las 8:00 a.m. y llegar a las 8:05 a.m.

Su verdadera motivación es la satisfacción de triunfar. Muchos de sus millares de colaboradores duran largos años a su servicio y coinciden en afirmar que trabajar con él es duro, pero que se aprende a pensar y a trabajar. Se dice que es una verdadera escuela. Es exigente e inconforme. El país creyó verlo abatido cuando no logró su primer intento de controlar el Banco de Bogotá. Todo fue esperar unos años para lograr con la tenacidad, la perseverancia y el método, lograr sentarse como asesor en la Junta Directiva de la principal entidad financiera privada del país.



EDICIÓN 1894

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