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| 6/9/2003 12:00:00 AM

Contra su destino

William de Inglaterra cumple 21 años y lo único que desea por ahora es no vivir como lo que es: un príncipe.

Si hay algo que parezca anacrónico es ser heredero de una corona en pleno siglo XXI, y más si se es joven. Pero esta es precisamente la condición del príncipe William Arthur Philip Louis Windsor, el hijo mayor de Carlos de Inglaterra, quien el 21 de este mes llega a la edad en que los futuros monarcas empiezan a tomar grandes decisiones: 21 años.

Tal vez la mayor paradoja es que William (Guillermo) goza de una gran popularidad en una monarquía desprestigiada y para algunos herida de muerte por cuenta de los escándalos de infidelidades, divorcios, revelaciones de mayordomos y hasta líos homosexuales protagonizados por la generación de su padre. Con su buena imagen el príncipe se ha convertido en la esperanza de una monarquía que parece no tener sentido en el mundo contemporáneo. Por si fuera poco, él ni siquiera es el hijo de un rey sino de un heredero frustrado de 54 años cuya madre, Isabel II, de 77 años, está sana, vivita y reinando, lo que significa, para desilusión de muchos, que William sólo es el segundo en el orden de sucesión. Lo cierto es que los expertos en realeza consideran que si la reina vive otros 10 ó 15 años la única posibilidad para tener continuidad dinástica sería saltándose a su hijo y que la corona pasara al nieto.

Hasta ahora lo que más llamaba la atención de William es que tiene la pinta del típico príncipe de un cuento de hadas: es rubio, de ojos azules, mide 1,90; la belleza de un actor de Hollywood que no tiene nada que envidiarle ni a Brad Pitt ni a Tom Cruise y con el valor agregado de que va a ser rey de la monarquía más tradicional y que heredará 1.000 millones de dólares. Por su cumpleaños los medios se han volcado hacia él y han publicado docenas de entrevistas hechas a personas cercanas para tratar de descifrar quién es el príncipe que sería el monarca número 42 desde que Guillermo el Conquistador asumió en 1066.

Pero lo que ha salido a flote sorprende más por lo mundano que por lo excepcional: William es el primer príncipe inglés que vive como un joven de 21 años común y corriente, o por lo menos trata de serlo. Su indumentaria habitual son los jeans y desgastados suéteres, un look descomplicado que dista mucho de la elegancia de los Windsor pero que tiene éxito. Como estudiante vive de una mesada y comparte un apartamento con tres amigos (dos mujeres y un hombre). Le gustan la cerveza, las fiestas, la música moderna, hace compras en supermercados, a veces cocina y se divierte en su moto Yamaha. Además va al gimnasio y practica varios deportes, como la natación, el polo, el rugby, el fútbol y la cacería.

A él la idea de ser el príncipe perfecto no le suena mucho. Prefiere mantenerse al margen de la vida pública y ha manifestado su deseo de aplazar por cinco años su compromiso de ejercer las funciones reales. Quienes lo conocen aseguran que William no soporta que se hable de que él sea rey y no su padre y no va a ningún evento protocolario sin que éste asista también. La diferencia es que a su edad Carlos había sido investido oficialmente como príncipe de Gales, era consejero de Estado, reemplazaba a la reina en los diferentes actos, había participado en la apertura del Parlamento, había dado su primer discurso en público, era coronel en jefe del regimiento real de Gales y se dirigió a 5.000 indios en Londres para celebrar los 100 años de Mahatma Gandhi. Además sus títulos iban desde Su Alteza Real, pasando por el de Conde de Chester, Duke de Cornwall, de Rothesay hasta Lord de las Islas y Barón de Renfrew, entre otros.

A los 18 años William manifestó su deseo de no ser llamado Su Alteza Real como correspondía al llegar a la mayoría de edad. Empezó sus estudios de historia del arte en la Universidad de St. Andrews, cerca de Edimburgo (Escocia). Por su sangre azul pudo haber asistido a una institución más prestigiosa, como Cambridge, al igual que su padre, pero él decidió que sus notas y no su estatus determinarían su ingreso. Ese año las matrículas a St. Andrews, especialmente las femeninas, aumentaron debido al 'efecto príncipe'. Por otra parte mantiene un bajo perfil. No le gusta que los periodistas lo persigan. Por eso el Palacio de St. James llegó a un acuerdo con los medios de comunicación para que respetaran su intimidad a cambio de que tuvieran un acercamiento controlado. Por esta razón no han podido identificarle alguna novia, aunque se le ha relacionado con una de sus compañeras de apartamento, la modelo Kate Middleton. La prensa del corazón asegura que William escoge jóvenes de la alta sociedad pues es menos probable que se dejen comprar por los tabloides.

Lady Di siempre quiso que sus dos hijos tuvieran una vida normal: William no tuvo tutores privados, como los anteriores herederos al trono, sino que a los 3 años fue a una guardería hasta llegar a Eton. Su padre ha estado de acuerdo con este estilo de vida más sencillo y se ha encargado de imprimir en él su lema personal: "Sólo soy una persona ordinaria en una posición extraordinaria", tal vez porque él mismo tuvo una infancia y adolescencia traumáticas encasilladas en el protocolo y las restricciones. William, en cambio, ha sido más libre y feliz aunque en 1997 recibió el golpe de la muerte de su madre. Diana solía llamarlo "el hombre de mi vida" y de ella William no sólo le heredó la belleza sino su don de gentes y 16 millones de dólares que recibirá a los 25 años. Desde entonces ha estado más unido a su hermano Harry y a su padre. Es tanta la cercanía que William acepta a Camilla Parker aun conociendo sus 30 años de romance.

A pesar de todo es imposible vivir en la absoluta normalidad cuando se nace para ser rey y a William no le ha sido del todo fácil liberarse de las presiones de la monarquía. Al finalizar su primer año en la universidad sintió deseos de salirse pues no había logrado adaptarse. Pero aunque Carlos se conmovió, sus asesores determinaron que no sería bueno para la imagen de la institución que el joven se retirara, y William obedeció. Aun así está contemplando la posibilidad de cambiar la historia del arte por geografía y posteriormente ingresaría al Ejército, siguiendo la tradición familiar.

Por ahora espera que a pesar de que con motivo de su cumpleaños se celebrará una fiesta con más de 225 invitados en el Castillo Windsor, sus 21 pasen sin pena ni gloria para poder seguirle haciendo el quite a las obligaciones reales.

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