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| 7/24/2000 12:00:00 AM

El heredero

El príncipe William llega a la mayoría de edad en una época en la que la popularidad de la monarquía anda por el suelo.

El heredero, Sección Gente, edición 947, Jul 24 2000 El heredero
Lugar: palacio de Windsor. Fecha: 21 de junio de 2000. Hora: 8:00 de la noche. Motivo: cum-pleaños número 18 del príncipe William. Invitados: 700 personas. Ausente: William de Inglaterra.

¿Por qué razón el heredero al trono del imperio británico no asistió a la fastuosa ceremonia que su abuela, la reina Isabel II, le preparó para conmemorar su llegada a la mayoría de edad?

La respuesta es muy sencilla: el príncipe tenía que estudiar para un examen al día siguiente. Esa fue la única explicación que recibieron los periodistas ingleses por parte del joven, quien aseguró que después organizaría una fiesta más informal con sus mejores amigos. Pero ahí no terminan las sorpresas. El primogénito del príncipe Carlos y Lady Di rechazó el regalo más significativo de todos: se rehusó a llevar el título de alteza real ya que por el momento prefiere que lo llamen simplemente William, como si se tratara de cualquier hijo de vecino. Una vez finalice el año escolar en el internado de Eton, el delfín de los Windsor tomará un año sabático para recorrer el mundo y luego ingresará a la Universidad de Edimburgo para estudiar historia del arte. William es muy distinto al príncipe Carlos —quien siempre ha estado bajo el yugo materno— y le ha dejado claro a sus familiares que todas las decisiones sobre su futuro deberán contar primero con su aprobación.

La actitud de William es un claro ejemplo del cambio generacional que se vive actualmente en las cortes europeas, en donde los jóvenes príncipes y aristócratas no se dejan intimidar por el comportamiento acartonado de las casas reales y prefieren mantener una vida lo más normal posible.

Con sus gestos el príncipe intenta cumplir la última voluntad de su madre, quien siempre quiso que él y su hermano Harry se mantuvieran alejados de las intrigas de la monarquía. Una monarquía que se ha pasado las últimas décadas enfrascada en escándalos en los que ninguno de sus miembros ha podido salir bien librado. La relación del príncipe Carlos con Camilla Parker; las fotografías de Sara Ferguson en topless besando el pie de su amante; las aventuras de Diana con varios hombres y su anorexia; la supuesta homosexualidad del príncipe Eduardo y las constantes entrevistas que conceden los nobles para sacarse los trapitos al sol entre sí han generado una extraña sensación en el pueblo pues, al mismo tiempo que reprochan el comportamiento amoral de sus monarcas, asisten en masa a los desfiles y los veneran como ídolos.

William ha crecido en medio de esas artimañas y al ver las malas experiencias de los mayores es apenas razonable que tenga sus reservas a la hora de entrar al mundo adulto de los Windsor. Más aún si sabe que se sentará en el trono cuando sea un venerable anciano. La longevidad de su familia aleja sus probabilidades de reinar en la madurez puesto que antes que él se encuentra el príncipe Carlos, quien a sus 50 años está firme en la línea de sucesión esperando que la septuagenaria reina Isabel II decida abdicar un buen día de estos.

Por más que trate de mantener un bajo perfil el príncipe es consciente de su responsabilidad histórica y ha tratado de entablar una relación cordial con los medios de comunicación, ya que a la larga éstos son los encargados de descifrarle a la sociedad británica la personalidad del reservado adolescente que algún día los gobernará, así sea de manera simbólica.

Ese respeto no ha podido conseguirlo su hermano Harry, quien a los 16 años ha tenido que soportar los rumores mal intencionados que lo acusan de no ser hijo legítimo del príncipe Carlos sino ser fruto de un amorío entre Lady Di y el oficial James Hewitt.

En William la tradición, el deber y la libertad viven en una constante pugna en la que, por ahora, el deseo por reconocerse a sí mismo es más fuerte que Buckingham.

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