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| 3/31/1986 12:00:00 AM

FELIPE, EL CHISTOSO

El esposo de la reina Isabel levanta polvareda, al publicar un libro que contiene más de una broma pesada sobre los políticos, los países comunistas y la clase media.

FELIPE, EL CHISTOSO FELIPE, EL CHISTOSO
Dicen que 38 años después de casados, la reina Isabel II no conoce suficientemente el humor, las ganas de tomar del pelo y los desplantes de que es capaz su marido, ese hombre discreto que ha acumulado todos los honores posibles para alguien que poco sonríe, que sabe exactamente cuál es su papel en la corte y quien durante los últimos meses ha levantado una verdadera polvareda por todo cuanto dice, con ingenuidad y perversión, en un libro que recoge buena parte de sus pensamientos en materia política, filosófica y también doméstica.
Apenas son 194 páginas, pero el número es suficiente para que la gente de la calle, la misma que lo ha contemplado con toda clase de uniformes, la misma que lo ha visto meter la pata a propósito en algunas reuniones oficiales, se divierta con salidas que en el fondo ponen al descubierto un anticomunismo feroz y una desconfianza profunda hacia los políticos, todos los políticos.
Felipe de Edimburgo, griego de nacimiento y adoptado por los ingleses cuando se casó con la entonces princesa Isabel, en su libro "Hombres, máquinas y vacas sagradas", suelta parrafadas como ésta:
"Cuando el costo de la vida aunlentaba durante la Revolución francesa, Marat decía que había que fusilar a todos los comerciantes. Marx compartía esa idea sólo que la expresaba de otra forma: había que fusilar a todos los de la clase media que explotaban a los trabajadores...La verdad es que no siento simpatía alguna por esos que pretenden saber lo que está bien... para los demás".
Y también tiene esta broma: "¿ Qué es un cuarteto de cuerdas polaco? Es una orquesta sinfónica polaca que acaba de regresar de una gira por el extranjero".
Ese anticomunismo elemental ha sido criticado por algunos medios, pero para este hombre que siempre ha sido la sombra de la reina, que jamás ha intentado llamar la atención, que desempeña con elegancia y sofisticación y buen humor su papel de príncipe consorte, esa reacción es una más por parte de quienes no entienden o no quieren entender el humor negro de un individuo que jamás se ha quejado, al menos en público, de su situación y ha servido en ocasiones, cuando las tensiones dentro de la familia real amenazaban con provocar problemas peores (como el caso de la princesa Margarita y sus relaciones con numerosos playboys; como el caso de su hijo Andrés envuelto en relaciones escandalosas con actrices de películas pornográficas), como un elemento catalizador que aconseja a la reina, que media entre los contrincantes y luego parte feliz a reunirse con sus mejores amigos, los ecólogos.
Lo que los ingleses saben mejor que nadie es que este hombre no cree en nada, desconfía de todo, mira la vida a distancia, rehúye el trato de quienes pretenden utilizarlo para sus fines particulares y tiene enormes conocimientos sobre el deporte del polo, los helicópteros, los recursos humanitarios,.los problemas nucleares, la publicidad, el control de los precios, la tecnología, la energía, la población y sus problemas de alimentos, la preservación de las especies salvajes, el futuro de la ciencia y otra infinidad de temas que ha leído, digerido, analizado y luego expuesto ante los congresos y reuniones más importantes, ante los cuales ha aparecido con una sonrisa metálica,que es apenas una anticipación de alguna salida de humor negro que luego alguien lamentará en Buckingham.
A pesar de esos chistes contra los comunistas, a pesar de algunas críticas que en ciertas ocasiones ha soltado contra los sindicatos, a pesar de su desconfianza hacia cierta clase de populismo, Felipe de Edimburgo es mirado por quienes lo conocen de cerca como un liberal, individualista, humanitario y enorme conocedor de autores como Aristóteles, Shakespeare y Tocqueville, a quienes cita con frecuencia cuando tiene que hablar en público.

EL FILOSOFO DOMESTICO
También tiene gran reputación de ser una persona calculadora, fría, lógica y con una franqueza que aterra a los que defienden el protocolo en el Palacio real. Se sabe que en numerosas ocasiones la reina ha desaprobado algún chiste o comentario demasiado explícito, demasiado sincero por parte de su marido. Su fama de metepatas es conocida. El lo sabe y se asegura que voluntariamente se equivoca o dice lo que no debe en el lugar equivocado por simple placer, sólo por descubrir la reacción de los demás, especialmente los serios y empolvados funcionarios reales.
En algunas ocasiones, los periódicos, los grupos y los sindicatos ingleses han rechazado algunas afirmaciones de Felipe sobre ciertas actividades laborales, especialmente cuando afirmó en público que "el Estado que actúa como una providencia le proporciona protección a los ciudadanos contra las contingencias y los peligros del futuro, los sobreprotege pero en cambio le quita a los hombres emprendedores y a quienes trabajan duro por surgir ellos mismos, la oportunidad de desarrollar toda su capacidad creativa... La industria debería preocuparse más por estimular a los inventores, a los creadores de nuevas máquinas y soluciones fabriles que a los obreros que sólo trabajan mecánicamente ".
Cuentan que desde la reina hasta el más humilde de los porteros londinenses se sonrojaron cuando el príncipe afirmó: "Es curioso, pero muchos años atrás el mundo entero se jactaba de tener trabajo, trabajar duro y aventajar a los demás. En cambio hoy, por situaciones involuntarias en la mayoría de los casos, la gente es felíz diciendo que está desempleada...Uno ya no sabe qué es lo que quiere realmente". Por supuesto, esa declaración motivó una moción de protesta en la Cámara de los Comunes.
Cuando se enteró de esa reacción, sonrió y dijo que había sido mal interpretado, pero todos sabían que no era así, como cuando despertó la ira de los comunistas al afirmar que "el muro de Berlín es la única fortificación construida para que los ciudadanos se enfermen acompañados". A lo largo de los años, sus oyentes y lectores han comprobado con creces que Felipe jamás dice "países comunistas" ni menciona la palabra "comunista", ya que siempre dice "los camaradas" o "los países de los camaradas".
Los británicos lo adoran, gozan con sus salidas sorpresivas y lo tienen también por un filósofo doméstico, un moralista, una figura nacional que dice lo que piensa y además en numerosas ocasiones canaliza lo que la gente piensa pero no tiene cómo expresarlo. Este es un ejemplo de esa sabiduría popular: "El común denominador de todos los tabúes, de todas las vacas sagradas, es que la gente los acepta sin discutir y se acepta una institución, una doctrina que representa la última verdad y nadie tiene derecho a discutirlo, a ponerlo en duda. Así pasa con Picasso, por ejemplo, que es un tabú, una verdad, y si alguien comete la imprudencia de criticar esos nombres, estas instituciones, entonces corre el riesgo de ser tomado como un loco".
Símbolo vivo de la realeza británica, el joven teniente de la Marina que se casó con la futura reina ostenta actualmente entre otros numerosos títulos, los de duque, conde, barón, almirante, coronel, caballero, marshall, presidente de un centenar de asociaciones científicas, de defensa del medio ambiente y otras actividades, y también ejerce un oficio que lo divierte: ser abuelo.
En algunas ocasiones lo ha expresado con humor y sagacidad: no es fácil ser príncipe consorte. Para todos ha desempeñado con brillo ese segundo papel en la corte y en todas las fotografías y películas aparece, durante las ceremonias oficiales, con su pose favorita: las dos manos cruzadas por delante. Las esposas de los mandatarios que han visitado Gran Bretaña en todos estos años lo recuerdan como el perfecto anfitrión, sonriente, hablándoles de ecología y flores y peces y yates y sus niños, mientras tiene el toque personal para que la gente se vaya convencida de que todo cuanto le dijeron al principe, él lo escuchaba por primera vez.
En el fondo es tan inglés como cualquiera de sus súbditos, quizás por la rígida educación que recibió en colegios británicos, donde los baños con agua helada, los ejercicios físicos, los juegos de cricquet y polo, así como los sermones dominicales en la iglesia, le moldearon el carácter.
Para los británicos, este hombre es la prueba de que los miembros de la casa real también son humanos, que los problemas del país son mirados con ojos comprensivos y que al hablar en público y meter la pata, Felipe de Edimburgo lo que hace es interpretar a la que vende pescado en el mercado de Londres que no tiene quién la oiga. Para eso, ella y millones de ingleses del montón tienen al principe que dice lo que ellos quieren que se diga en público.

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