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| 5/26/1986 12:00:00 AM

FIN DEL CUENTO DE HADAS

Con la muerte de la duquesa de Windsor, se cierra la historia de uno de los más turbulentos amores de la historia, que provocó crisis constitucional por la abdicación de un rey

FIN DEL CUENTO DE HADAS, Sección Gente, edición 208, May 26 1986 FIN DEL CUENTO DE HADAS
La primera vez que se encontraron él soltó una pregunta tonta y ella respondió bruscamente.
Era 1930, él era todavía el príncipe de Gales (pasarían aún seis años más para su efímero ascenso al trono de Gran Bretaña al morir su hermano Jorge V), y se toparon en casa de unos amigos comunes en Londres.
Ella estaba casada por segunda vez, con un armador y agente marítimo y el príncipe, con su elegancia, su sofisticación, su aire mundano era perseguido por las mujeres pero él, ostentosamente, prefería las señoras, las burguesas como esa norteamericana a quien se acercó y con su acento perfecto le preguntó:--¿Se siente incómoda por la menor eficiencia de la calefacción británica, comparada con la calefacción norteamericana?
Ella lo miro, repasó las líneas de su traje impecable y le respondió con un susurro que algunos alcanzaron a detectar horrorizados:--Su alteza, esperaba una pregunta menos banal de todo un príncipe de Gales.
Dicen que con esa respuesta en un tono que nunca antes había conocido, ni siquiera en la intimidad de su familia, la mujer se ganó el corazón de ese hombre que siete años después se encontraría ante el dilema más dramático y violento para un soberano en este siglo.
Pocas semanas mas tarde y aprovechando que una pareja se había excusado a último momento para pasar un fin de semana en la casa de campo real, el príncipe invitó a esa señora altanera y su marido para que lo acompañaran. A los pocos días tanto en Londres como en Washington y Nueva York y París todos comentaban las frases de admiración que ella soltaba sobre ese nuevo y noble amigo: "Me siento absolutamente fascinada por la extraña e indefinible melancolía que emana de la figura y la mirada y las maneras del príncipe".
El tenía 36 años, ella dos años menos y había nacido de una familia distinguida pero paupérrima del sur de Estados Unidos. La primera vez se casó con un oficial de la marina norteamericana, el conde Wifield Spencer, borrachín, celoso, dominante, vulgar y con quien vivió apenas cuatro años que ella calificaría como un verdadero infierno. Al divorciarse del oficial se casó con el armador Simpson y se fueron a vivir a Londres donde todos admiraban cierta fascinación que ella (su nombre original era Bessie Wallis Warfield), ejercía sobre quienes la rodeaban. Algunos que la frecuentaron en esa época la describen como "demasiado delgada, con una mandíbula prominente y una cultura mediocre".
Curiosamente palabras más, palabras menos, así se vio a sí misma muchos años después cuando hizo el recuento de su accidentada vida.
El príncipe se sintió atraído por esa norteamericana que fumaba y hablaba de todos los temas sin recato alguno y que miraba a los nobles ingleses como iguales. Comenzaron a coincidir en fiestas, paseos, reuniones sociales y la nobleza británica comenzó a mirar con más atención los intercambios de miradas y sonrisas entre ese príncipe que tarde o temprano subiría al trono y esa mujer de ojos grandes que tenía un sentido estrictamente pragmático de la vida y sus cosas.
Simpson, el marido, se hizo el sordo ante los rumores que aumentaban sobre su mujer y su amigo real. Típico inglés que no pierde el control de las situaciones, habló con ella, aparentemente todo quedó aclarado, se vio la relación como una simple y ruidosa amistad, especialmente por la fama de conquistador que él sostenía y un fin de semana que Simpson tuvo que irse a Nueva York para atender algunos negocios, ella se embarcó con su amigo en un crucero por el Mediterráneo. No iban solos, por supuesto, pero la ocasión fue la materialización de un romance que ya no podían ocultar.
Muchos años después ambos coincidirían en que esas jornadas de mar y langostas devoradas en playas solitarias mientras los guardaespaldas trataban de hacerse invisibles y no sorprender los roces de manos y los besos furtivos, fueron decisivas para sus relaciones.
Entre finales de 1935 y comienzos del año siguiente muchas cosas se precipitaron.
Simpson, como buen inglés, pensó que la situación tenia que decidirse hacia algún lado. Planteó el divorcio y se inició el trámite. En Londres para nadie era un secreto que el principe tenía una amante con quien se veía aprovechando invitaciones de amigos comunes o en su casa de campo. Todos seguían con curiosidad el desarrollo de esas relaciones las que, comentaban, seguramente acabarían cuando Eduardo se convirtiera en rey.
Jorge V murió en enero de 1936 y los acontecimientos se precipitaron.
El príncipe de Gales subió al trono con el nombre de Eduardo VIII y a las pocas semanas se planteó el conflicto; era evidente que al obtener su segundo divorcio, la norteamericana quedaba como la favorita del nuevo rey para convertirse en su esposa, o sea, en la reina.
Estalló el escándalo mientras los vientos de la Segunda Guerra Mundial y otros conflictos soplaban por todos lados.
El primer ministro inglés, Stanley Baldwin se presentó una mañana temprano a la cámara real y le comentó a un sonriente monarca que tenía tres opciones que su majestad debía estudiar y decidirse por una: renunciar al matrimonio con la norteamericana; casarse con ella aunque buena parte de la opinión y la familia real estuvieran contra ella; abdicar.
Existe la versión de un diálogo entre un Wiston Churchill, que siempre apoyó al rey en su romance un destacado autor de teatro y actor Noel Coward, el cual resume muy bien los sentimientos de la época:-¿Por qué no puede el rey de Inglaterra casarse con su amante?
--Porque los ingleses no quieren a una amante como su nueva reina.
Eduardo VIII duró diez meses y 21 días en el trono: tomó la decisión de casarse con Wallis y, por supuesto, renunciar. Como jefe de la Iglesia Anglicana y cabeza de una sociedad tan estricta, en esa época, con un tema como el divorcio, era imposible que ella, la mujer que acaba de morir en París y quien fue sepultada en Londres en el castillo de Windsor, junto a los restos del marido, se convirtiera en reina.
Entonces en diciembre de 1936, en pleno invierno, un entristecido monarca le habló al pueblo por la BBC de Londres y dijo entre otras cosas en un lacónico mensaje: "Encuentro imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad real sin la ayuda y sin el respaldo de la mujer que amo".
Isabel II, la reina actual y quien por estos días cumplió sesenta años, era una niña cuando su tío abdicó, y fue remplazado por el hermano, Jorge VI. Al morir éste en 1952, Isabel se hizo reina y durante los últimos meses han aumentado los rumores sobre una posible abdicación a favor de su hijo Carlos y su esposa Diana.

Lo irónico de esa situación es que la causa de la abdicación y el rechazo posterior en que mantuvieron; Wally, el divorcio, se ha presentado en numerosas ocasiones posteriormente: la hermana de la reina, Margarita, se divorció de su esposo, es ahora famoso fotógrafo Armstrong Jones, en 1978. Carlos se casó con la hija de unos padres divorciados y lo padres de la novia de su hermano Andrés, Sarah Fergusson, también están divorciados.
El duque de Windsor, como se le siguió llamando, al abdicar se fue a Viena, esperó a que quedaran completos los trámites del divorcio de su amada y se casaron en 1937. Pasaron en el exilio el resto de sus vidas y sólo fueron a Londres en fugaces visitas mientras pocos miembros de la familia real los aceptaban y el pueblo conservaba de ambos una imagen romántica.
Ingenuos, con una visión muy personal de las cosas, fueron muy criticados porque en Paris frecuentaban círculos que eran favorables a los alemanes y en una ocasión cenaron con Adolfo Hitler, lo que acabó por molestar a muchos.
Preferían viajar, quedarse en su mansión de París donde un ejército de sirvientes los atendian, él dictaba en ocasiones conferencias, recibían a pocos amigos y en 1967 estuvieron en Londres durante el descubrimiento de una placa en homenaje a la madre del duque, la reina María. En esa ocasión cenaron con la reina Isabel y otros miembros de la familia pero prefirieron dormir en un sitio distinto al Palacio de Buckingham.
El duque murió de cáncer en 1972 y en esa ocasión, durante los funerales del ex rey, la actual soberana le insistió a la viuda para que se quedara con ellos algunas semanas en el palacio real pero las dos veces divorciada, la repudiada y ahora solitaria rechazó la invitación.
Desde entonces y durante todos estos catorce años (murió de 89), fue degradándose su salud. Nunca fue reconocida como miembro de la familia real y a pesar de las peticiones formales del duque para que ella recibiera el tratamiento de "alteza real", la reina Isabel se hizo la sorda. Nunca tuvieron hijos. La muerte del marido la trastornó física y síquicamente. Todas las noches iba a los aposentos del duque, abría una a una las puertas y decía "buenas noches, David", llamándolo con el nombre que usaba la familia real.
Cuando cenaba en la mesa con algún huésped muy de vez en cuando siempre había una silla y unos cubiertos y una servilleta bordada a la cabecera de la mesa, esperando al amado.
Los últimos ocho años los pasó en su cama o en una poltrona, acompañada por cinco enfermeras que no la dejaban sola, y quienes tuvieron que ordenar, por la artritis, que cortaran con una sierra eléctrica el anillo que el principe encantador le había colocado en la mano en 1937. El anillo que provocó su caída del trono. El anillo que motivó el que puede calificarse como uno de los grandes escándalos románticos en toda la historia de la humanidad.

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