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| 12/17/1990 12:00:00 AM

JAQUE AL JEQUE

La invasión de Irak a Kuwait, produjo los exiliados más ricos y poderosos de la historia.

JAQUE AL JEQUE JAQUE AL JEQUE
Dos horas antes de que los tanques de Irak irrumpieran en el desierto kuwaití en busca del mar, tenía lugar en los patios traseros del palacio del Emir, una sígilosa procesión de sombras que ya habían sido advertidas de la inminente invasión el jeque Jaber al-Ahmed al-Sabah y su corte, escapaban de las manos de su antiguo amigo y aliado, Saddam Hussein.
Los miembros de la familia que no estuvieron presentes esa noche cerca de quinientos se salvaron de la humillación, porque se encontraban de vacaciones repartidos en la Costa Azul su veraneadero favorito-, y en Suiza -donde engordan sus grandes capitales y en Londres, corazón de su imperio financiero.
Una vez fuera de fronteras, el jeque y sus allegados, sin tierra pero con una fortuna personal de más de cinco mil millones de dólares, se repartieron funciones en los altos círculos del poder mundial en busca de apoyo para su causa Jaber al-Ahmed al-Sabah tenía hasta el momento de la invasión una imagen más bien discreta. No era precisamente uno de los jefes árabes que más se notara, y su familla colaboraba en darle a la prensa una idea humilde y recatada de su jeque. Hoy expuesto al mundo, el perfil del emír muestra nuevos aspectos que, irónicamente, lo convierten en uno de los exiliados, si no el más afortunado de la historia.

En la fuga del 2 de agosto dejó atrás su tierra pero se llevó todos sus privilegios. Entre ellos, ser el líder de una comunidad que en el exilio mantiene el control de cien mil millones de dólares en inversiones oficiales no, congeladas por los gobiernos amigos, y varias voces la misma cifra colocada en manos privadas. Instalado en la suite real de varios hoteles del mundo, mueve los hilos de su, hasta ahora fallida, estrategia contra Saddam y cumple con innumerables citas que, en su agenda, cubren los extremos del mundo. En un mismo dia va al dentista en Nueva York y por la noche asiste a una fiesta en Londres. Todavia, ningún negocio que pretenda alguien hacer con la millonaria comunidad kuwaití en el exilio, puede llegar a feliz término si en él no participa el jeque o alguno de sus hermanos.
Pero lo que lo hizo famoso dentro del mundo árabe es su delirio por los automóviles.
No siempre fue así. Dicen que al comienzo de su reinado (1977), caminaba de incógnito por las calles para escuchar lo que la gente pensaba de él. Después, dejó las caminatas para adquirir un simple Chevrolet Caprice que se acomodaba a la imagen no derrochadora que queria producir para su pueblo. Pero cuando en 1986 sufrió un atentado que casi le cuesta la vida y su Caprice, entró al mundo de la limusina Mercedes Benz. Desde entonces, tiene como hobby comprar lujosos automóviles que un grupo de técnicos acondiciona para que el jeque no tenga que bajarse de ellos ni para ir al baño.

También sigue ejerciendo los derechos que le da el Islam para tener cuatro esposas. Quienes lo conocen aseguran que tiene tres fijas y una volante, lo cual quiere decir que siempre hay un cupo vacante, no importa en qué lugar del planeta él se encuentre. Quizá por eso tiene la fama de ser el jeque más prolífico del mundo árabe. Aunque sus hijos no saben cuántos hermanos tienen, hay quienes aseguran que la cifra asciende a treinta y seis.
Sin embargo, los analistas del "caso Kuwait", aseguran que la audacia de Saddam está sostenida sobre la arrogancia de los Al-Sabah quienes, obnubilados con el poder y el dinero, nunca se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo.
La familia Al-Sabah empezó a hacerse notar en el mundo árabe durante el siglo pasado, cuando se convirtió en una especie de "brigada móvil" que, en el desierto, daba protección a las mujeres y a los hijos de los príncipes mercaderes que se ausentaban durante largas temporadas. Así, lo que empezó como un servicio a domicilio de protección personal a las señoras, fue dando frutos para el clan Al-Sabah que supo cobrar sus esfuerzos en zonas de influencia que los agradecidos esposos les entregaban. Al cabo de un siglo, los iniciales mercenarios llegaron a controlar uno de los puntos geográficos más estratégicos del planeta: Kuwait que en árabe quiere decir "el pequeño frente".

No obstante, el clan Al Sabah pagó con sangre su ambición de poder. Lo ingleses, urgidos de mantener su vía comercial India-Arabia libre de todo mal a través de Kuwait, sostuvieron durante mucho tiempo tensos y no muy confiables pactos con los entonces líderes del clan y jefes de la zona: los hermanos Mohammed y Jarrah al Sabah. Pero fue sólo cuando éstos exiliaron en el desierto a su hermano menor -Mubaraken 1896, cuando los británicos encontraron la ficha que les permitiría acomodar su ajedrez en el golfo. Amargado y dolorido por el abandono de sus hermanos, Mubarak era presa fácil para liderar un "golpe de estado" a las cabezas del clan. Mubarak, empero, fue mucho más allá de lo planeado y una noche, con sus hijos, irrumpió en las habitaciones filiales y de un tiro en la cabeza acabó con el liderazgo de su hermano Mohammed. El tío Jarrah fue apuñalado por sus sobrinos. Con el tiempo, el crimen fue convirtiéndose en leyenda, hasta nuestros días, en los que el hermano desterrado aparece en los textos de historia como Mubarak El Grande, ancestro directo del jeque Jaber al-Sabah.

La dinastía que en sus comienzos no conoció del desierto más que el polvo, vio de pronto florecer el petróleo, la abundancia y la opulencia y la figura de un jeque en limusina por las principales calles del mundo empezó a tomar forma. No falta quien dice que la invasión los cogió haciendo compras.
Verdad o no, lo cierto es que el primero de agosto, un día antes de la invasión, el hoy destronado emir envió a todos los oficiales de su ejército de vacaciones.

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