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| 5/16/1994 12:00:00 AM

LA BODA DEL BENJAMIN

Al contrario de lo que sucedió con sus hermanos, el anuncio del matrimonio del príncipe Eduardo no ha despertado mayor emoción entre los ingleses.

LA BODA DEL BENJAMIN LA BODA DEL BENJAMIN
ERAN OTRAS EPOcas cuando los ingleses creían en los cuentos de hadas. Ahora ya saben que las fastuosas bodas de los príncipes y las princesas no terminan en el clásico "y fueron muy felices". Por el contrario, después de las galas de la ceremonia matrimonial lo que sigue es una telenovela con todos sus ingredientes. Por eso, en contraste con lo que sucedió hace 13 años, cuando Carlos anunció su matrimonio con Diana y el mundo entero celebró con júbilo la noticia, esta vez el aviso de la próxima boda del príncipe Eduardo de Inglaterra no ha despertado mayor interés entre los súbditos.
En primer lugar, por lo que se conoce en aeronáutica como fatiga del metal. Los ingleses parecen estar, por primera vez en la historia, cansados de las noticias sobre los amoríos de los miembros de la familia real. En segundo lugar porque Eduardo, de 30 años, es el cuarto hijo de la reina en llegar al altar.
Quizá por eso la única repercusión que tuvo el anuncio hecho la semana pasada por el periódico inglés Sunday Express fue la de acallar los rumores acerca de su homosexualidad.
El matrimonio se realizará a finales de julio o principios de agosto. La elegida es Sophie Rhys-Jones, una inglesa de 29 años, con quien se ha visto a Eduardo desde finales del año pasado. Y a pesar de las reservas que hoy los ingleses guardan acerca de los matrimonios morganáticos -por los fracasos de Carlos y Andrés con plebeyas-, Sophie es más plebeya que sus antecesoras. Al contrario de Diana Spencer y Sarah Ferguson, cuyas familias pertenecían de alguna manera a la aristocracia, Sophie es una sencilla relacionista pública de clase media, alejada de los círculos sociales londinenses.
Pero Eduardo también está lejos de ser un príncipe azul. No sólo por los insistentes rumores sobre su homosexualidad, sino porque hace unos años el príncipe, rompiendo la tradición, decidió retirarse del Real Cuerpo de Marines, lo que produjo la ira de su padre Felipe de Edimburgo, capitán general de los Marines. Seis meses después Eduardo anunció que se dedicaría al mundo del espectáculo, aumentando el estupor en la familia real. Hace dos meses, luego de su fracaso como actor, se convirtió en el primer hijo de un monarca británico en entregarse a los negocios. Eduardo acaba de fundar una compañía productora de televisión.
Si los ingleses han aprendido su lección acerca de las andanzas de los herederos de la Corona, también lo ha hecho la reina Isabel. Al parecer, las nefastas experiencias matrimoniales de sus otros hijos han logrado modificar su otrora estricta manera de pensar. La semana pasada Andrew Morton -experto en la vida privada de la nobleza británica- afirmó que Eduardo duerme desde hace meses con su novia en el Palacio de Buckingham y que la pareja pasa los fines de semana en el castillo de Windsor, con la venia de la soberana.
La reina ha hecho bastantes excepciones de protocolo con este noviazgo. En fotografías recientes publicadas por los periódicos ingleses, aparece al lado de Sophie en el carro conducido por el príncipe. Es la primera vez que la soberana se muestra en compañía de una novia de sus hijos antes del comunicado oficial del compromiso. Igualmente, ella fue invitada a Balmoral (Escocia) mucho antes de lo que Diana y Sarah, quienes sólo pisaron esos terrenos después de anunciar su matrimonio. Al parecer, la reina quiere poner su granito de arena para que esta vez sí haya historia con final feliz. -

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