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| 10/6/1997 12:00:00 AM

LA CASA DE LOS ESPIRITUS

Esta es la historia de cómo una misma residencia une a los dos grandes escándalos reales del siglo XX.

LA CASA DE LOS ESPIRITUS, Sección Gente, edición 801, Oct  6 1997 LA CASA DE LOS ESPIRITUS

De todas las historias que han surgido alrededor de la muerte de la princesa Diana y su novio Dodi Al Fayed sin duda alguna la que más ha llamado la atención es la que se ha denominado la 'casa de los espíritus'. Con esta expresión se bautizó la legendaria mansión donde vivió Eduardo VIII y que por una extraordinaria coincidencia iba a ser muy posiblemente la residencia de la princesa Diana y Dodi Al Fayed.
En esa elegante casa de tres pisos, localizada en el bosque de Bolonia, uno de los sectores más tranquilos y exclusivos de París que se distingue por sus frondosos árboles y sus altos ramajes, vivieron los duques de Windsor, Eduardo VIII y su esposa Wallis Simpson. Fue precisamente allí, entre esas paredes, que se arrulló uno de los romances más comentados de este siglo. Antes de estos ilustres moradores la residencia fue habitada durante unos cuantos meses por el general Charles de Gaulle recién terminada la guerra mundial. Pero el gobierno francés decidió ofrecerla en 1953 a los duques de Windsor para resolver el problema diplomático que se presentó ante la dificultad de Eduardo y Wallis de vivir en Inglaterra. De todos es conocido que al poner en público su relación, abdicar al trono y casarse con una mujer norteamericana, divorciada y plebeya, Eduardo protagonizó uno de los mayores escándalos de la historia que le mereció el rechazo de la corona británica. Es precisamente por este escándalo que el príncipe Carlos hoy es el futuro rey de Inglaterra. Después de la abdicación de Eduardo VIII su hermano Jorge VI heredó el trono. En ese momento cambió la línea de sucesión. En 1952 fue coronada como monarca su hija Isabel II, madre del príncipe Carlos.
En 1936, las presiones del escándalo obligaron a Eduardo y Wallis a salir de su país. El gobierno de Francia le echó el ojo a esta magnífica residencia y la ofreció a los duques, donde vivieron hasta el fin de sus días.

De palacete a museo
Desde 1953 el palacete de estilo clásico francés se convirtió en el escenario de la vida social parisiense y su interior fue sinónimo de elegancia y exquisitez. Sin embargo la hermosa residencia quedó deshabitada cuando Wallis, su última inquilina, falleció en 1986, 14 años después de que lo hiciera su esposo. Durante un año la casa permaneció sin dueño hasta que apareció un millonario egipcio con fama de nuevo rico que le ofreció al gobierno francés un atractivo negocio. Se trataba de Mohamed Al Fayed, quien pagó una cuantiosa suma por la casa con el compromiso de que la restauraría y convertiría en un museo privado para historiadores y personajes ilustres. Para ese entonces Al Fayed ya se había dedicado a adquirir monumentos nacionales, tanto en Inglaterra como en Francia, para congraciarse con los gobiernos de esos dos países como parte de su gran estrategia para buscar estatus. En 1984 compró la famosa tienda Harrod's, uno de los almacenes de departamentos más conocidos de Europa, y en París adquirió el Hotel Ritz, uno de los más exclusivos de ese continente. Además, con frecuencia realizaba obras de caridad y donaciones a hospitales y otras causas nobles. A pesar de estos intentos el gobierno británico le negó en dos ocasiones la nacionalidad y en más de una oportunidad fue acusado de negocios de dudosa procedencia.

Una casa para la princesa
A pesar de lo anterior Al Fayed consideró que la adquisición de la villa representaba otro escalón en su ascenso social. Invirtió más de 40 millones de dólares en reconstruir el lugar y lo preservó de la misma manera en que lo mantenían sus últimos moradores. Publicó libros y realizó videos mostrando hasta el último rincón de la mansión. Durante 12 años la famosa casa estuvo abierta al público y, según la promesa, así iba a continuar hasta la posteridad. Pero la posteridad resultó muy corta.
Hace un par de meses Mohamed rompió la promesa y decidió subastar en la casa Sotheby's de Nueva York cerca de 40.000 objetos de la famosa villa argumentando que quería recuperar la residencia para su familia. En ese momento se pensó que Mohamed tenía planeado convertir la mansión en la residencia permanente de la princesa Diana. El estatus de ella, como ex esposa del príncipe Carlos, era equivalente al estatus de Eduardo VIII como ex rey de Inglaterra. Un miembro de la nobleza de su categoría no podía vivir en un apartamento cualquiera de París. Era preciso encontrar un lugar que estuviera a la altura de su rango. Desde luego, la mansión del bosque de Bolonia cumplía con todos los requisitos. Para muchos la subasta fue una señal inequívoca de que el padre del novio preparaba el nido para los enamorados. Incluso se especuló que la pareja ya había pasado unas cuantas veladas bajo ese techo y que la noche del fatal accidente se dirigían hacia ese lugar.
Inmediatamente las versiones acerca de que la princesa contraería matrimonio y que como regalo de bodas recibiría de Mohamed la elegante residencia empezó a tomar fuerza. Esto, sumado a las declaraciones de Diana a los diarios franceses, en las que aseguró que desearía abandonar Inglaterra para escapar de los paparazzi y la prensa dispararon los rumores sobre cuáles serían los próximos inquilinos de la mansión.

De remate
Pero lo cierto es que después de 12 años, en los cuales sólo los espíritus de los antiguos moradores se pasearon por los grandes salones de esta mansión, Mohamed quería recuperar la casa para que la habitaran seres de carne y hueso. Por eso había decidido subastar el contenido de la vivienda. Este evento prometía ser tan exitoso como el remate de las joyas de la duquesa de Windsor en 1987. Entre los artículos que se dispusieron para la venta estaban tapetes, cojines, pinturas, equipos de golf, ropa, artículos de plata y piezas del inmobiliario, como el famoso escritorio Chippendale en el cual Eduardo VIII redactó el decreto de su abdicación en 1936. El papá de Dodi había comprado la mansión exactamente como había quedado el día de la muerte de la duquesa. Esta, a su turno, la había dejado intacta después de la muerte de su marido 14 años antes. Esto significaba que hasta la ropa del duque en el armario entraba en la venta.
La escogencia de los artículos fue hecha por el propio Mohamed de acuerdo con un criterio estrictamente funcional. El pensaba que era necesario descongestionar la mansión porque estaba llena de antigüedades y objetos valiosos que no permitían el paso tranquilo por sus salones. No era posible disfrutarla con tantos jarrones y porcelanas que había que cuidar. Además la mayoría de los muebles, sillas y los sofás eran muy incómodos porque estaban hechos a la medida de los duques de Windsor, quienes se caracterizaban por su baja estatura. Después de la venta el padre de Dodi tenía planeado amoblarla en un estilo más acogedor para que sirviera como residencia de la princesa.
Pero la subasta, que se iba a a llevar a cabo esta semana en Sotheby's en Nueva York, fue cancelada en memoria de Dodi y la princesa Diana, quienes encontraron la muerte el sábado 31 de agosto en un accidente de tránsito en París.
Para muchos la abdicación del rey Eduardo VIII por el amor de Wallis Simpson, una norteamericana divorciada, fue durante mucho tiempo el escándalo más grande que ha podido vivir la monarquía británica en este siglo. Ese suceso sólo fue opacado a principios de los 90 cuando se anunció oficialmente la separación y más tarde el divorcio del príncipe Carlos, heredero al trono, y la princesa Diana. La similitud en las dos historias era evidente. Carlos rompía su matrimonio y al mismo tiempo dejaba en dudas la línea de sucesión por el amor hacia Camilla Parker-Bowles, una mujer divorciada, plebeya y poco glamorosa.
El tiempo demostraría que ese no sería el único elemento que entrelazaría las dos historias, confirmando una vez más que el destino no es un caos producto de la casualidad sino, por el contrario, una serie de puntadas muy calculadas en donde abundan las coincidencias. Es así como por un giro del destino la princesa Diana y su novio, Dodi Al Fayed, la pareja que en los últimos meses vivió una historia de amor tan intensa como la que inmortalizó a los duques de Windsor, hubiera terminado viviendo en la misma casa donde pasó los momentos más felices de su vida Eduardo VIII, el tío de su ex esposo. Esta vez los papeles se invertían y los nuevos inquilinos serían un millonario plebeyo egipcio y la más brillante figura de la nobleza británica.

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