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| 6/27/1988 12:00:00 AM

LA CASA DEL TIO SAM

Sam Green, excéntrico millonario norteamericano, llena su casa en Cartagena con personalidades del Jet set internacional.

LA CASA DEL TIO SAM LA CASA DEL TIO SAM
Que Robert De Niro se paseaba por las calles de Cartagena en un reciente festival de cine, fue de los chismes preferidos de muchas conversaciones dentro y fuera de la Ciudad Heroica. Sin embargo, el encanto se perdió porque la explicación era clara: se encontraba en el país por motivos profesionales, y su barba y pelo largo, motivados por su papel en una superproducción inglesa, le permitían permanecer de incógnito. Pero de ahí a decir que Greta Garbo, la Divina, pudo recorrer media ciudad a pie, en pleno Festival de Cine sin que nadie la reconociera, ya es otra historia.
En realidad, el rumor de Greta Garbo en Cartagena ya se venía ventilando desde hace algún tiempo, pero una confirmación tan directa como la de las declaraciones de su anfitrión para la revista norteamericana Vanity Fair, especializada en temas de jet set, han puesto el tema de nuevo de moda. Y si se le agrega que el propietario en cuestión, Sam Green, afirma que entre sus invitados han estado personajes de la talla de Yoko Ono, el chismorreo se vuelve demasiado sabroso.
Según la afamada publicación, "se necesitó un gringo para poner a Cartagena de nuevo en el mapa". La renovada importancia geográfica se debe, segun Vanity Fair, a que Sam, quien se autodescribe como empresario de arte y trabajador social -con especialización en ricos- suele atender en Casa Green, su mansión cartagenera, a toda una pléyade de los apellidos mas famosos del mundo: Niarchos, Agnelli, Rothschild, los Kennedy de la nueva generación... y la reclusa más famosa del siglo XX, Greta Garbo.
La llegada de Green a Cartagena se produjo en 1972. Tenía 32 años "y se disponía a estudiar antiguas esculturas del interior" cuando su avión aterrizó en Cartagena. Paseando por la calles, descubrió "todo un mundo colonial; catedrales, palacios de la inquisición, grandes plazas y poderosas fortificaciones, todo intacto". Pero, para su mayor sorpresa, fuera de las murallas, una ciudad del siglo XX bullía indiferente.
Green no pudo evitar la tentación y compró una enorme casa de la calle San Francisco, que restauró paso a paso."Fueron cinco años de trabajo, con 40 obreros de tiempo completo. Yo podía haber traído herramientas eléctricas, pero los carpinteros se sentían más a gusto cortando a mano la vieja caoba, endurecida como roca, de la misma manera como lo hacían sus ancestros". El pasado esplendor, que había sido cubierto por una capa de olvido acumulada a través de siglos, fue recuperado centímetro a centímetro. Patios enclaustrados, arcos y columnas de piedra, las 500 balaustradas, "y el más grande de los grandes salones, 28 metros de largo por 14 de ancho, con un cielo-raso de más de 10 metros de altura hecho de caoba", todo recibió la mano restauradora del gringo. Hoy tiene piscina y 14 cuartos de baño. Según la revista, para Green, la compra de la casa fue algo así como su demostración personal de la fórmula del emperador Marco Aurelio según la cual la vida puede ser bien vivida, aunque sea en un palacio.
Terminada la restauración, el siguiente problema era amoblar adecuadamente los interiores. Para ello, Green debió apelar a un procedimiento que desde el punto de vista colombiano parece del todo insólito. Según afirmó, la fundación de Hollywood coincidió con la apertura del Canal de Panamá y ello significó que, de un momento a otro, los grandes potentados cinematográficos, los actores y la gente snob de la época, tuvieron a su disposición un tesoro de antiguedades en la Ciudad Heroica, y la tomaron por asalto para dar a sus mansiones un aire de hacienda española. Para su fortuna cuando reconstruyó su casa cartagenera, esas antiguedades habían pasado de moda, y Green hizo lo que cualquier otro norteamericano en sus circunstancias: adquirió todo lo que pudo en Estados Unidos y lo reimportó a Colombia. De esa forma las camas del siglo XVIII, mesas, cómodas, sofás, espejos, bargueños, candelabros, crucifijos y pinturas hicieron un viaje de regreso inimaginable 50 años atrás, quién sabe si trayendo historias de Carole Lombard o de Tyrone Power.
Antes de mudarse, Green hizo que una bruja local realizara un rito de protección. "Miss Lina en 1975 estaba entre los 70 y los 700 años de edad. Negra como el azabache y con ojos azules, era tan alta como un basketbolista, tenía dos dientes, uno arriba y otro abajo y hablaba un inglés de pirata isabelino, pero lo que yo estaba era comprando seguridad, pues su ceremonia espantaba a los ladrones potenciales".
Sin embargo, se demostró que la magia de Miss Lina no solamente embrujaba a los ladrones cartageneros sino también a las cantantes japonesas. Yoko Ono, maravillada al oír a Green, de regreso en Nueva York, referir la historia de la bruja, se dejó seducir por la idea. Venirse a Cartagena, instalarse en la casa a medio terminar y hacerse rezar por la negra, fue todo uno. "Yoko le pagó a Miss Lina -dice Green- 60 mil algo, si pesos o dólares no está claro, por todo el tratamiento, que incluyó tres días de polvos, rezos, pociones mágicas y el sacrificio de una paloma viva".
Hacia la navidad de 1977, la casa estuvo lista, y comenzó el rosario de invitaciones al jet set internacional, que es el campo donde el "trabajo social" de Green marcha como sobre ruedas. Hoy, la casa tiene dos mayordomos, una lavandera una mucama, una secretaria, un jardinero y un cocinero llamado Bernardino "sobre quien la demanda ha sido extraordinaria".
De esa época para acá, la historia parece haber sido la misma. Las celebridades del alto mundo internacional vienen a Cartagena, según Vanity Fair, a disfrutar de sus delicias: langostas vivas preparadas a la vista del consumidor, horas de buceo en las aguas de las Islas del Rosario, paseos al atardecer y, al final del día, "pues las horas españolas se conservan en Cartagena", cenar hasta medianoche.
A menos, según el misterioso Green de que se trate de Greta Garbo, quien ya a esa hora lleva varias dormida. "Inesperadamente se presentó durante el Festival de Cine, y lo más sorprendente es que la estrella de cine más grande que jamás ha ido a Suramérica caminó toda la ciudad sin que nadie, ni siquiera los reporteros especializados de todo el mundo de habla hispana, la reconociera".
La plácida vida de la Garbo se vio plenamente satisfecha en Cartagena, según Green. Este norteamericano misterioso, que usa un diamante en uno de sus dientes, se ha convertido en un extraño personaje de Cartagena. Alguna vez unos amigos colombianos le preguntaron si no sería peligroso salir por las calles de Nueva York con semejante diamante en la boca. Su respuesta lo describe muy bien: "Yo no les sonrío a los hampones".

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