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| 7/31/1995 12:00:00 AM

LA MUERTE DE UN PIONERO

Las nuevas generaciones tal vez no se acuerden de su nombre, pero la televisión no sería lo que es sin el aporte de Alberto Peñaranda.

LA MUERTE DE UN PIONERO LA MUERTE DE UN PIONERO
LA DESAPARICION DE ALBERTO PEÑAranda fue tan discreta como lo fueron sus últimos años. En cierta forma, su fin fue melancólico, y esa melancolía obedeció a que él, quien ayudó a inventar la televisión en Colombia y le dedicó a ésta gran parte de su vida, había sido sacado del juego en la mitad del partido y cuando salió ya no era siquiera un espectador.
Peñaranda, un hábil abogado, quien se había dedicado en su juventud a las relaciones públicas de varias empresas aéreas y algunos cargos diplomáticos, decidió meterse a la televisión cuando ésta apenas tenía dos años de vida y se limitaba a cubrir las arengas del gobierno militar y transmitir acartonadas obras de teatro.
Con la visión de los pioneros, Peñaranda comprendió que se estaban desperdiciando todas las posibilidades de ese invento y se lanzó a un nuevo concepto de programación mucho más dinámica, con la misma espontaneidad de la radio y con la virtud insuperable de la imagen.
En 1956, cuando fundó Punch, la primera programadora comercial del país, se le ocurrió hacer noticieros y transmitir en directo las carreras del hipódromo, las peleas de boxeo, las corridas de toros y muchos otros eventos, como la llegada del hombre a la Luna o el reinado de belleza de Cartagena, que gracias a sus cámaras pasó de ser una reunión privada de la sociedad cartagenera a convertirse en la la gran fiesta nacional de hoy. Por todo esto, más que un promotor, fue un creador.
Para encontrar a la gente talentos a que necesitaba, en un país donde no había nadie preparado para el juguete novedoso de la televisión, tuvo un ojo clínico insuperable. Con él descubrió durante un viaje en crucero a un joven marino que en sus ratos libres cantaba y decía cosas graciosas. Se lo trajo para Bogotá, le dio un programa y lo hizo presentador, a pesar de que el público se quejó de que ese personaje era muy feo y no se le entendía nada de lo que decía. Pero el tiempo le dio la razón, y ese marino, llamado Pacheco, se convirtió con los años en la primera figura de la televisión nacional. Esta historia se repitió con Otto Greiffenstein, Hernán Castrillón, Margarita Vidal y muchos otros más. Gran aficionado a la música se dio también el lujo de traer a todas las luminarias de la época como Agustín Lara, Celia Cruz, Los Panchos o Toña la Negra, quienes terminaban después inevitablemente en una fiesta privada en su casa.
Con todas estas ejecutorias, habría sido justo que él formara parte clave del tránsito de la televisión estatal a la privada, pero a estas alturas del juego Peñaranda ya estaba por fuera.
El, que conocía la televisión más que cualquiera, no dominaba el mundo de las intrigas de ese medio, y por eso decidió retirarse y pasar su últimos días en silencio, hasta el día de su muerte la semana pasada.

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