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| 4/30/2001 12:00:00 AM

Lloran las caricaturas

A William Hanna, recientemente fallecido, lo sobreviven Los Picapiedra y Tom y Jerry, algunas de sus creaciones inmortales.

Lloran las caricaturas Lloran las caricaturas
Es posible que las proximas generaciones nunca sepan quién fue William Hanna. Incluso es probable que las presentes y las anteriores no reconozcan su rostro y que hayan llegado a confundir el nombre Hanna-Barbera con el de una mujer o creído siempre que se trataba de una misma persona. Pero las interminables persecuciones de Tom a Jerry, la cobardía de Scooby Doo, los trancones espaciales que tanto molestaban a la familia Sónico, y el ¡yabadabadúuuu! de Pedro Picapiedra muy seguramente sí les son familiares. Y lo seguirán siendo aunque pasen los años.

Esa precisamente fue la magia de Hanna y la de su socio Joseph Barbera: darles vida a personajes que muy pronto se volvieron inmortales. Desde la década de los 50 empezaron a crear los grandes clásicos de la animación que en 2001 han soportado con éxito el embate de las nuevas caricaturas japonesas.

Difícil creer que esa amalgama perfecta entre humor, magia e imaginación fuera creada por un ingeniero y un contador. Todo comenzó en los estudios de la Metro Golden Meyer cuando Hanna, quien se desempeñaba como jefe del departamento de animación, se encontró con Barbera. La vida de Bill había tenido un fuerte giro: primero estudió periodismo, para dedicarse luego y por corto tiempo a la ingeniería de construcción. Entonces decidió que quería ser caricaturista. En 1931 comenzó a trabajar en los estudios de Hugh Harman y Rudolf Ising, donde podía desde servir el café y barrer hasta colorear viñetas y componer la música y letras de algunas caricaturas. Allí inició su verdadera carrera y llegó a convertirse en director de algunas de las historias.

A partir de 1937 la pericia en el dibujo y los chistes de Joe se unieron a la técnica, la gracia, la calidez y el sentido del ritmo de Bill. “Nosotros nos entendimos a la perfección y cada uno siempre respetó el trabajo del otro”, afirma Barbera. Cuando aún trabajaban para la MGM crearon al dúo cuyas aventuras se harían merecedoras de siete premios Oscar entre 1943 y 1953: Tom y Jerry.

En 1957 los caricaturistas fundaron su propio estudio de producción Hanna-Barbera (actualmente propiedad del grupo Warner), que se dedicó no sólo a la creación de cortos para el cine sino también para la televisión. El primer hijo importante de la unión fue un perro al que llamaron Huckleberry Hound, el cual, por su popularidad entre los niños, ganó un premio Emmy en 1960. Desde entonces la carrera creativa de ambos, despegó: El Oso Yogui, Los Picapiedra, Los Supersónicos y Scooby Doo son muestra de ello. Pero fue con los Picapiedra que Bill y Joe rompieron los esquemas de la animación. Incluyeron caricaturas de estrellas famosas, su argumento no era exclusivo para niños y además ironizaba la vida moderna desde la prehistoria. Esto hizo que esa serie fuera el primer dibujo animado que se emitió en horario estelar.

El aporte de estos creadores al mundo animado fue enorme. Su legado: más de 3.000 episodios de caricaturas que le han dado la vuelta al hemisferio y que fueron el inicio de toda una generación de dibujos animados, tan revolucionarios en su estilo como los años 60. Por eso, por más poderes que tengan los pokemones y por más que luchen los saiyajines, Tom y Jerry, Los Picapiedra y Los Supersónicos ocupan un lugar por mérito propio: tienen humor, reflejan una sociedad y han sido capaces de entretener a niños y adultos durante décadas porque nunca pasarán de moda.

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