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| 3/23/1998 12:00:00 AM

LOS OJOS DEL ALMA

En 45 años de ejercicio profesional en Colombia, el profesor Barraquer dejó un legado de sabiduría, descubrimientos e inventos.

LOS OJOS DEL ALMA LOS OJOS DEL ALMA
Si los ojos son el espejo del alma, José Ignacio Barraquer fue un gran conocedor del alma humana. Su sabiduría fue el fruto de más de 50 años de trabajo dedicados a descubrir los misterios que se esconden detrás de uno de los órganos más maravillosos del cuerpo humano: el ojo. Heredero de una riqueza científica y académica, el doctor Barraquer siguió el camino iniciado por su padre y su abuelo, dos reconocidos oftalmólogos españoles que aportaron importantes adelantos a esta disciplina. Criado entre médicos, la pasión por este ejercicio terminó por atraparlo a los 15 años cuando, en su Barcelona natal, acompañó por primera vez a su padre Ignacio a un quirófano. A partir de entonces, su vida transcurrió entre laboratorios, libros y hospitales en donde, combinando estudio y práctica, buscó y encontró solución a diversas enfermedades de la visión. Luego de graduarse como médico en 1940 y de trabajar con su padre en la Clínica Barraquer de Barcelona, el joven médico decidió, como los viejos conquistadores de su patria, emprender el vuelo para forjarse su propio destino. En 1953 las vicisitudes de la vida lo trajeron a Colombia. En Bogotá echó raíces e hizo de este país su segundo hogar. Aunque no sin ciertas dificultades al comienzo, logró montar su primer consultorio en la parte trasera de la tradicional Clínica Marly. Allí, tras sus legendarias gafas y en bata blanca, fue ganándose a pulso su reputación no sólo de oftalmólogo sin par, sino del investigador incansable que abrió paso a descubrimientos que marcaron hitos en la historia de la oftalmología mundial. Reconocido en el medio por la habilidad de sus manos, sólo comparables con las de un pianista, Barraquer aportó a la comunidad médica el concepto de cirugía refractiva, método empleado para la corrección de los defectos esféricos de la córnea como la miopía, el astigmatismo y la hipermetropía, y sentó las bases para la cirugía laminar, la cirugía con rayos láser, la de cataratas con ultrasonido y la plástica de los ojos. Pero tal vez uno de los triunfos más significativos de su carrera fue la fundación de la Clínica Barraquer en 1968 la cual se ha consolidado en estos 30 años como una de las mejores en su ramo.El inventorConsciente de que para realizar sus sueños era necesario plasmar las ideas en el papel, Barraquer se dio a la tarea de construir todos aquellos instrumentos que hasta entonces existían en su mente como simples bocetos. Valiéndose de sus conocimientos en mecánica, electrónica y medicina, sumados a grandes dosis de ingenio y creatividad, inventó varios aparatos que revolucionaron la oftalmología. A él se debe el microscopio para microcirugía _utilizado por la casa óptica Zeiss_, las agujas de sutura para el ojo, material quirúrgico especializado, separadores para los párpados y el microqueratomo, instrumento que sirve para retirar las capas superficiales de la córnea. Según Carmen, una de sus hijas también oftalmóloga, detrás de cada uno de sus inventos e investigaciones hay una historia que contar: "Cuando mi padre estaba estudiando la córnea tenía en la casa cerdos, gallinas y conejos. Un día, uno de los cerdos se escapó y se comió las flores del jardín. Al ver esto, la empleada entró a la casa gritando y le dijo a mi madre: 'Señora, el cerdo del doctor se ha comido las flores". Sin embargo, no todas las anécdotas son para reír. Francisco, otro de los hijos que también siguió sus pasos, recuerda que en los años 60 cuando apenas se comenzaba a realizar la operación de miopía, el método requería extraer la córnea para tallarla fuera del ojo. Como los equipos para hacerlo no los tenía la clínica, Barraquer tenía que retirar la córnea, irse con ella para tallarla en su casa y luego regresar para implantarla nuevamente al paciente. La espera era infernal para quienes asistían al científico. Pero los contratiempos nunca fueron motivo para detenerlo: "Queda mucho por descubrir, pero eso es a base de paciencia, tiempo y trabajo", decía. El profesor
El doctor
Barraquer no sólo era el mejor de los cirujanos sino el más inquisitivo de los investigadores. También sentía especial amor por la docencia. El profesor, como era conocido por la mayoría de sus colegas, siempre compartió sus conocimientos con las generaciones más jóvenes. En ellas veía la prolongación de un gran sueño. Y fue esa capacidad de entrega la que lo mantuvo siempre al día, la que lo llevó a indagar sobre los nuevos avances tecnológicos en medicina. No perdía su objetivo final: que sus alumnos estuvieran a la par con los profesionales más avanzados de otros países del mundo. Pero su tarea de docente no se limitaba a dictar cátedra. Hasta sus últimos días y ya cuando había dejado de operar, parte de su práctica diaria era supervisar las intervenciones que se realizaban en las salas de cirugía, a través de monitores instalados en su oficina. Complementó su labor académica con la publicación de cinco libros y con las conferencias que dictaba en las numerosas sociedades científicas de las que hacía parte. El profesor Barraquer ya no verá más la luz. Pero gracias a su visión, a su tenacidad y a sus hábiles manos, miles de pacientes del mundo entero hoy pueden decir que ven. El, como también lo hicieron su padre y su abuelo, nunca se dio por vencido. Siempre vio una luz al final del túnel.

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