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| 8/31/2003 12:00:00 AM

Mensaje de vida

Detrás de la carta de apoyo que una joven cuadrapléjica le envió a un soldado se esconde una conmovedora tragedia.

Mensaje de vida Diana quedó cuadrapléjica a los 16 años luego de recibir un disparo. Sosteniendo un lapicero con su boca escribió una carta a los soldados colombianos para darles ánimo.
Hace 15 dias el cabo primero Diego Muñoz Terranova recibió una carta escrita por una joven cuadrapléjica. Le llegó a través de la emisora Colombia Stéreo del Batallón de Infantería Cacique Nutibara. Estas misivas no son extrañas y menos cuando se activa la campaña Querido Soldado. El 20 de cada mes reciben entre 80 y 100 cartas que respaldan la labor que prestan en 19 municipios los 1.000 hombres del batallón asentado en Andes, Antioquia.

Pero esta vez se trataba de algo diferente. La letra pulida, al punto de molde, la había escrito con la boca Diana María Jiménez, una joven de 22 años postrada en una cama hace seis años como consecuencia de un ataque y una violación que le dañó la médula. A esto se sumaba que ella era melliza de Elkin Jiménez, un soldado de la compañía Coraza que presta servicio en ese mismo batallón.

El rumor de la carta corrió rápidamente por la tropa y por el pueblo cuando el soldado Luis Taborda la leyó por el micrófono y puso su ejemplo como modelo de coraje para aquellos que se declaran sin ganas de vivir. Poco después Julio Sánchez entrevistó a Diana por La W, en la que con voz entrecortada le contó que su sueño más grande era conseguir una casa dónde vivir con su mamá, sus hermanos y sus abuelos.

SEMANA la encontró en Andes, 119 kilómetros al sur de Medellín, y quiso reconstruir aspectos de su historia. Acostada en una cama, Diana reposa en diagonal con su cabeza apoyada en almohadas. En la pared rosada, un retrato de la madre Teresa de Calcuta y un cuadro de Jesús y la famosa parábola de Huellas en la arena. En la otra pared aparece la imagen de su mellizo Elkin vestido de camuflado.

Un rayo de luz entra por la ventana y les da brillo a sus ojos color miel. Pese a eso la tristeza asoma repetidamente en la forma de un gesto o a través de sus ojos.

Recuerda su infancia en Andes con Fabio y Rita, sus abuelos maternos, quienes titánicamente criaron 18 nietos. No conoció a su padre, pues éste, cuando supo que Ligia, su mujer, estaba a punto de tener gemelos, se hizo aire. "Era un irresponsable. Yo nunca lo conocí y siempre anhelé tener un papá". Luego recuerda el colegio. Se ve en la cancha del Liceo Juan de Dios, donde sólo cursó hasta séptimo porque no le gustaba estudiar. Escapaba a las clases, era solitaria, un poco depresiva.

Fue así como su madre y sus abuelos decidieron enviarla a vivir con unos primos en el barrio Santa María de Itagüí. Tenía 13 años y allí estuvo hasta que cumplió 16. Una prima le consiguió trabajo en una fábrica de bluyines. Llevaba ya cerca de un mes cuando una noche su amiga Gloria Guevara, de 17 años, la invitó a ir a bailar. Esta se encontraba embarazada de un hombre mayor que prefirió no acompañarlas. Así que las dos se fueron a un estadero. Bailaron y cerca de la una de la mañana salieron caminando, acaloradas y entre risas. Habían salvado ya una buena distancia cuando la tragedia pisó sus talones y las asaltó por la espalda. Tres dementes, poseídos por la droga y el alcohol, las violaron una y otra vez hasta desgarrarlas. Luego les dispararon y escaparon. Gloria alcanzó a murmurarle que no la dejara morir, quería que naciera su hijo. Diana, paralizada por una bala que la había alcanzado, no pudo acercarse a su amiga, que moría lentamente en medio de un mar de sangre. Eso la llevó a escribir seis años después "...el haberte acompañado a la hora de tu muerte, el haber agonizado a mi lado es algo inolvidable que marcó mi corazón y marchitó mi alegría".

Como resultado del ataque quedó cuadrapléjica. Ocho días permaneció en el Hospital San Vicente de Paúl y cuando su madre se disponía a sacarla el neurocirujano le advirtió que creía que sólo viviría unos pocos meses pues temía que las infecciones afectaran los riñones y otros órganos. Con esa sentencia se la llevó de nuevo para Andes y se dedicó a cuidarla. Diana se llenó de llagas y tuvo que aprender a inyectarla y conectarle la sonda. La niña estaba sumida en una profunda tristeza que la hacía llorar todo el tiempo. Durante más de dos años no aceptó que la fueran a visitar. Luego, según ella, Dios se manifestó y entonces decidió aceptar el apoyo.

A los hombres les temía y eso aún no lo ha podido superar. Ha sido un camino largo y lleno de espinas. A Elkin, su hermano, tampoco le fue fácil. Sus compañeros en no pocas ocasiones lo vieron llorar oculto en algún rincón. Un día le dijo a Diana que trataba de consolarlo. "Usted no es la única que está inválida. A mi también me asesinaron".

Desde que acepta que alguna gente la visite ha instaurado unas sesiones de oración los martes y los jueves. Y es que pese a la situación Diana tiene que agradecer que la Fundación San Vicente le ha permitido vivir por tres años en esa casa donde está con su mamá y sus hermanos. Tiene que agradecer que el batallón cada mes le regala un mercado, que la visitan y le brindan aliento permanentemente. Y que su hermano se conserve bien de salud. Inspirándose en Elkin escribió la carta que envió a la emisora. Después de seis años ha ganado algo de autonomía. Pero la terapia sicológica avanza lentamente. No ha recibido la ayuda profesional que tanto necesita porque se ha negado a ella.

"Está siempre empastillada", comenta su mamá. Al principio debía tomar dos píldoras de Tramadol y hoy no le basta una caja de 10 al día. "Son para paliarle el dolor", aclara doña Ligia . "Mi mamá dice que yo valgo mucho, que valgo más que mucha gente. Y yo le sostengo que con pastillas de 3.000 pesos cada día y sonda cada 15 días, ¿cómo no voy a valer?" dice, mientras intenta sonreír.

Un lamento sobre la salud que perdió reposa en un cuaderno argollado que hace las veces de diario. Allí Diana consigna sus pensamientos y hace dibujos, con los que se entretiene en sus largas horas consigo misma."Aposento de vana locura, vienes a matar la poca alegría que deja una salud perdida. Lléname de valor, ¡Oh, Dios!", escribió.

No es fácil vivir así. Para operar el control de la pequeña televisión que hay en el cuarto y una grabadora que su hermano le obsequió debe sostener con la boca un cepillo o un esfero. Pero ella no se rinde. "A mí me dicen que me dañaron la vida. Pero ya no me siento así. Aunque mi cuerpo esté seco e inerte, me siento llena de Dios y esa es mi fortaleza".

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