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| 6/25/2001 12:00:00 AM

Ni tan locos

Muchos de los inventos que cambiaron el mundo surgieron en la mente de científicos que fueron catalogados de lunáticos.

Ni tan locos Ni tan locos
La experimentación ha demostrado definitivamente que un cohete puede desplazarse en el vacío tan bien como en la atmósfera terrestre. El Times reconoce su error”. Fueron necesarios 49 años para que este acto de contrición se llevara a cabo. Fue necesario que Neil Armstrong pusiera un pie en la Luna en 1969 para que The New York Times aceptara que Robert Goddard, el inventor del cohete trifásico, no estaba loco.

En 1920 el periódico publicó un editorial en el que criticaba duramente al científico argumentando que viajar al espacio era imposible dado que ningún aparato podía desplazarse por fuera de la atmósfera: “…al profesor Goddard le faltan los conocimientos elementales que a diario se aprenden en la escuela”.

Esta anécdota hace parte del libro ¡Esto es imposible!, de Editorial Aguilar, una obra que recopila las investigaciones realizadas por un grupo de científicos visionarios que fueron catalogados como enfermos mentales por sus extravagantes ideas.

En el caso de Robert Goddard las críticas no se limitaron a la prensa. Sus vecinos ni siquiera se preocuparon por entender el significado de los cohetes y su principal interés fue detener al chiflado que convirtió una tranquila granja de Massachusetts en una ruidosa plataforma de lanzamiento. El 26 de marzo de 1926 Goddard lanzó el primer cohete de combustible líquido, un armatoste de tres metros de largo que alcanzó a elevarse 12 metros.

La protesta de los vecinos se hizo sentir y las autoridades cerraron la granja por lo que el científico tuvo que suspender sus experimentos espaciales.

La noticia llegó a oídos de Charles Lindbergh, el primer piloto que cruzó el Atlántico, quien le consiguió a Goddard el patrocinio suficiente para construir su propia base de cohetes en la desértica zona de Roswell, Nuevo México. Allí logró desarrollar aparatos que se elevaban 2.400 metros a una velocidad de 900 kilómetros por hora. Pero ni así consiguió el respaldo de las autoridades. En 1939 el inventor viajó a Washington para advertirle al gobierno que la trayectoria de los cohetes se podía invertir para que éstos cayeran a la tierra. Si el cohete se equipaba con una carga explosiva podía convertirse en un arma letal y eso lo sabían los alemanes, quienes llevaban años experimentando en ese campo. Haciendo caso omiso a la advertencia los militares mandaron a Goddard de regreso a casa sin imaginarse que cinco años después el primer cohete-misil lanzado por los nazis estallaría en el corazón de Londres.

Su colega alemán Werner von Braun tampoco lo tuvo muy fácil. Bajo las órdenes de Hitler fue obligado a transformar sus cohetes en misiles. Como esta tecnología llegó demasiado tarde para cambiar el curso de la Segunda Guerra Mundial, Von Braun fue enviado a prisión por sabotear los planes del Führer. Se le acusaba de querer conquistar el espacio en lugar de conquistar Europa. Sin embargo al poco tiempo fue liberado porque era la única persona que sabía cómo fabricar las armas teledirigidas. Harto de tanta presión, Von Braun les propuso a sus compañeros desertar de las filas alemanas aprovechando la inminente derrota. Sin pensarlo dos veces cerca de 500 científicos se volaron de la base de Peënemunde a bordo de un tren de suministros y se entregaron a las tropas estadounidenses. En Estados Unidos Von Braun recogió las banderas de Goddard y se convirtió en el cerebro de la conquista espacial.

Locuras medicas

Theophile Laennec tuvo una idea brillante gracias al pudor de una dama. En 1816 el médico francés atendió a una mujer casada que se quejaba de un fuerte dolor en el pecho. Hasta ese entonces la única manera de auscultar el corazón era colocando la oreja sobre el pecho del paciente para escuchar los latidos y eso, precisamente, era lo que se disponía a hacer Laennec cuando se percató de la cara de horror de la enferma. La bella mujer sabía que el doctor apoyaría la cabeza en sus senos desnudos y eso la abochornaba. El médico reaccionó rápidamente y con su libreta de apuntes hizo un cilindro y colocó un extremo sobre el pecho de la paciente y el otro lo acercó a su oído. De repente los latidos se hicieron más fuertes y comenzó a escuchar unos ruidos que salían de los pulmones. Lleno de emoción por su hallazgo el médico se fue a una carpintería y mandó construir el primer estetoscopio. Para sus compañeros de práctica el curioso artefacto era una extravagancia y Laennec tuvo que convencerlos de que no estaba loco y que su invento realmente funcionaba.

Y si de llevar la contraria se trataba nadie mejor que Rudolf Virchow. El patólogo alemán no estaba de acuerdo con la teoría según la cual la inflamación de las venas era la responsable de todas las enfermedades. Intrigado por la extraña obstrucción de la arteria pulmonar con coágulos y la constante presencia de pus en varios cadáveres, el médico decidió experimentar y no quedarse en simples suposiciones. Después de varios estudios en animales descubrió que la descomposición es foco de infecciones y que los coágulos pueden viajar por el torrente sanguíneo y atascar las principales arterias produciendo una embolia. Su observación también le permitió concluir que la epidemia de tifo de 1848 estaba asociada a la falta de higiene, la mala alimentación y la ignorancia en la que vivía el pueblo. Por sus explosivas declaraciones fue considerado un terrorista socialista.

Ignac Semmelweis ni siquiera despertó tanta indignación. Pese a haber descubierto la causa de la fiebre puerperal, afección que mataba a cientos de madres en toda Europa luego de dar a luz, su nombre fue olvidado. El austríaco descubrió que los propios médicos eran los responsables de propagar la enfermedad ya que no se lavaban las manos después de realizar las autopsias y llevaban consigo la infección hasta la sala de partos en donde contagiaban a las madres. Semmelweis se propuso encontrar una solución definitiva y en 1847, gracias a una solución de cloro, dio origen a la antisepsia.

La tierra y la evolucion

Decir que la tierra tiembla porque las placas tectónicas están en continuo movimiento suena bastante lógico hoy en día. Sin embargo el explorador alemán Alfred Wegener murió en Groenlandia en 1930 sin saber que tarde o temprano los libros de texto le darían la razón. Según Wegener, hubo un tiempo en el que todos los continentes formaron parte de una sola masa que posteriormente se fragmentó. Desde entonces los continentes se desplazan por encima de la faz de la tierra impulsados por una fuerza invisible. Para demostrarlo sólo bastaba comparar las costas en ambas orillas del Atlántico y comprobar que encajaban como piezas de un rompecabezas. Su explicación no convenció a los geólogos de su tiempo y sólo hasta la década del 60 la teoría de las placas se reivindicó.

A Charles Darwin no le fue mejor. El autor de El origen de las especies no sólo tuvo que defender a capa y espada sus teorías evolutivas —que iban en contravía con lo que mandaba la Iglesia y la tradición— sino que tuvo que demostrar sus capacidades intelectuales ya que para la mayoría de sus colegas, Darwin era un bueno para nada que jamás sobresalió en los estudios. El libro, publicado en 1849, fue duramente criticado debido a la escasa preparación de su autor, quien basó la mayoría de sus investigaciones en la observación detallada de la naturaleza.

Aunque algunos de estos científicos debieron conformarse con un reconocimiento póstumo, quizá su mayor legado fue demostrar que en el mundo de la ciencia no se debe tragar entero.

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