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| 10/2/1995 12:00:00 AM

REQUIEM POR OTTO

Más que como un erudito de la música, el maestro Otto de Greiff pasará a la historia como uno de los humanistas más completos de Colombia.

REQUIEM POR OTTO REQUIEM POR OTTO
VERLO LLEGAR Y SENTARSE EN SU SILLA de costumbre, tanto en el Auditorio León de Greiff, de la Universidad Nacional, como en el Teatro Colón, era para el público la señal que autorizaba la iniciación del concierto. Y era que el maestro Otto de Greiff cumplía su cita con la música con una religiosidad como quizás no lo había hecho nadie antes en Colombia. Creció casi a la par con el siglo, como su hermano León, como Germán Arciniegas; pero mientras el primero trataba de reinventar el lenguaje y el segundo la historia, don Otto decidió dedicarse a escuchar -con juicio y devoción infantil- esos sonidos armónicos de melodía y ritmo capaces de producir una euforia interior incomparable con las demás artes y que no eran otra cosa que la música.
Como todos los De Greiff, don Otto no sólo había cultivado la exquisita virtud del deleite musical. Nacido en Medellín en 1903, a los 3 años leía y escribía por instinto y antes de los 10 ya había sentenciado su matrimonio con las letras, en particular con la poesía. Al culminar su bachillerato se consideraba un buen jugador de ajedrez y, amante de las matemáticas, estudió ingeniería civil. En el fondo, sus variadas aficiones ocultaban otras obsesiones no menos sobresalientes, como la botánica, gracias a la cual conoció a su esposa, Noemí Aguirre, su leal compañera por más de 40 años, y los idiomas, muchos de los cuales llegó a dominar como su propia lengua materna.
De manera que los gustos del maestro eran complejos y en cada uno de ellos puso el más fuerte empeño en desarrollarlos a la perfección. Como ingeniero trabajó en la Troncal del Suroeste y en los ferrocarriles en los años 30. Más tarde fue vicerrector de la Universidad Nacional y luego profesor de matemáticas en la misma institución. Sin embargo, durante todo este largo camino por el siglo, lo que más le entusiasmó a don Otto fue la música, una pasión que comenzo a acariciar en serio en 1921 -cuando escribió sus primeros comentarios en la revista Uníversidad, que dirigía Germán Arciniegas- y no abandonó sino 74 años después, cuando su agotado corazón desistió de seguirle marcando el ritmo de la vida.
De Bach a Stravinski, de Beethoven a Berlioz, de Schubert a Bartok, prácticamente toda la historia de la música clásica desfiló por sus oídos, una empresa de por sí digna de un profundo respeto pero que elevó aún más a su ejecutor por el hecho de utilizarla para transmitirla a quienes no tenían el privilegio de conocerla en toda su dimensión.
Otto de Greiff no fue solamente el más grande crítico musical del país. Don Otto fue ante todo un humanista que supo fundir con su espíritu sensible todas las facultades intelectuales para hacer de sí mismo uno de los hombres más completos de este siglo y, sin duda, el mayor cultor de la música en Colombia. Por eso la silla que ocupaba por costumbre en el Teatro Colón llevará para siempre su nombre en su memoria.

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