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| 6/24/1996 12:00:00 AM

TIEMPO DE MORIR

CON LA MUERTE DE LUIS ALBERTO ALVAREZ, COLOMBIA PIERDE A UNO DE SUS MAS COMPLETOS CRITICOS CINEMATOGRAFICOS.

TIEMPO DE MORIR, Sección Gente, edición 734, Jun 24 1996 TIEMPO DE MORIR
No hacía falta un diagnóstico para saber que Luis Alberto Alvarez tenía el corazón enorme. Lo había empezado a ejercitar desde el momento en que sintió la vocación del sacerdocio y su irrupción en la cultura, en el cine, la literatura y la música, no hizo sino ensancharlo con el paso de los años. Amante de la buena comida y el buen vino, alcanzó a pesar más de 130 kilos, pero lejos de que sus compañeros de tertulia hicieran mofa de sus proporciones, reconocían más bien que sólo en un cuerpo así podía caber tanta humanidad. Y era que Luis Alberto Alvarez era ante todo un humanista. Apasionado de las letras y de la música, desde muy temprana edad descubrió también el arte de las imágenes en movimiento, al que consideraba el mayor de los inventos del hombre. Su primer acercamiento a la maravilla del cinematógrafo fue una película de vaqueros, protagonizada por James Stewart y titulada La flecha rota. Era un niño aún, pero el impacto fue tan potente que a partir de entonces comenzaría a preparar su cerebro para convertirlo en uno de los archivos analíticos más completos del país. Ni siquiera el sacerdocio lo separaría de su pasión definitiva. Por el contrario, se la alimentaría. A la íntegra formación intelectual que le dejaron sus años en el seminario se le sumó un milagro revelador. En Italia, donde cursaba estudios de teología a comienzos de los años 60, el padre Arpa, su amigo y superior, le concedió el deseo de conocer a dos de los más grandes directores italianos: Roberto Rosellini y Federico Fellini. El acercamiento a los maestros, a los estudios de filmación, a sus películas, sería el golpe definitivo para que quedara atrapado para siempre en las redes de la ilusión cinematográfica. Sólo faltaba expresarlo. Por eso no alcanzó a instalarse de nuevo en Colombia para que empezara a publicar sus comentarios, primero en el diario La Patria, de Manizales, y luego en El Colombiano, donde escribiría la mayor parte de sus críticas, antes de que se embarcara en el sueño de hacer realidad una revista de cine, Kinetoscopio, publicación única en su género en Colombia y dirigida, desde el Centro Colombo Americano de Medellín, por Paul Bardwell. Desde sus columnas, desde sus cátedras y seminarios universitarios e incluso desde el púlpito, el cura Alvarez se convirtió en una de las figuras más queridas y respetadas de Medellín y de Colombia. Sus maduras críticas, que denotaron siempre un vasto conocimiento y una rigurosa capacidad de análisis, se encargaron de formar espectadores y cineastas por más de 20 años. Tenía el corazón enorme. Tanto que pudo lograr lo que muchos críticos de cine envidiarían: no ser odiado por nadie. Y esa es la paradoja. Ese mismo corazón enorme le causó la muerte la semana pasada, a los 51 años. Por eso, al enterarse de su deceso sus amigos estuvieron de acuerdo con la sentencia: tanta humanidad no podía caber en un sólo corazón.

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