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| 11/24/2003 12:00:00 AM

Todo tiempo pasado...

Al cumplirse 40 años del magnicidio de Dallas la dinastía de los Kennedy ha sido reemplazada por la de los Bush y el prestigio de Estados Unidos se ha ido al suelo.

Todo tiempo pasado..., Sección Gente, edición 1125, Nov 24 2003 La imagen de hombre renovador y dinámico de John F. Kennedy quedó inmortalizada con su asesinato.
El 22 de noviembre de 1963 marcó un hito en la historia del siglo XX. Según múltiples estudios es la única fecha en que todas las personas que vivían en ese entonces recuerdan exactamente en qué lugar se encontraban.

Ese día fue asesinado el presidente John F. Kennedy. Ahora que se cumplen 40 años de su muerte llama la atención no sólo la memoria alrededor del mártir caído sino cómo se hace inevitable comparar esa época con la actual: aquel momento fue el de mayor prestigio de un gobierno de Estados Unidos en el último medio siglo, en contraste con el de George W. Bush, que ha llevado al país a su coyuntura de mayor desprestigio internacional.

Lo curioso es que Kennedy sólo duró en el poder 1.000 días, como se tituló el famoso libro del historiador Arthur Schlesiager Jr. Ese corto tiempo fue suficiente para que pasara a la historia como un símbolo del cambio y el dinamismo después de ocho años de gobierno del general Dwight Eisenhower, quien era hasta ese entonces el presidente más viejo que había gobernado en ese país y que sólo fue superado por Ronald Reagan en los años 80. Kennedy tuvo la suerte de que nadie lo vio envejecer. Murió a los 46 años víctima del magnicidio más famoso del siglo pasado y su imagen renovadora quedó congelada y se hizo indeleble en la mente de los norteamericanos. De tal manera que muchos consideran su mandato como uno de los grandes períodos presidenciales de todos los tiempos. Por el contrario, los historiadores no lo incluyen entre los cinco más importantes. Y tienen sus razones. Incluso empezó su gobierno con el pie izquierdo con el fracaso de Bahía de Cochinos, la frustrada invasión a Cuba a través de exiliados de la isla para derrocar a Fidel Castro, una humillación muy grande para Estados Unidos.

Cuna de oro

John Fitzgerald fue el segundo de los nueve hijos que tuvo Joseph Kennedy, millonario de origen irlandés que gracias al contrabando de licores en la época de la prohibición se convirtió en uno de los hombres más ricos de Estados Unidos. El padre del clan siempre fue despreciado por la aristocracia, primero por la discriminación social que había hacia los inmigrantes y segundo porque por la procedencia de su fortuna ésta nunca fue considerada triple A. Aunque fue embajador en Gran Bretaña en 1938 no terminó su carrera bien parado, pues consideraba que los norteamericanos no debían entrar a la guerra porque no tendrían ninguna posibilidad de ganarla. Cuando los aliados obtuvieron la victoria y se demostró que Hitler no era invencible perdió su cargo y se convirtió en uno de los hombres más despreciados del país.

Había puesto en su hijo mayor, Joe, toda su esperanza para acceder a los círculos de poder. Pero cuando el avión que éste piloteaba fue derribado durante la Segunda Guerra Mundial, el padre trasladó sus ilusiones a su segundo vástago. John se había vuelto un héroe de guerra cuando en 1943 la lancha torpedera PT 109 en la que él y sus compañeros patrullaban fue embestida y logró salvar la vida de 10 tripulantes. Luego, a los 29 años, obtuvo un escaño en el Congreso. Entonces empezó su ascenso al poder y el camino para que los Kennedy se convirtieran en la dinastía más famosa de Norteamérica.

John F. Kennedy se convirtió en presidente en enero de 1961. No sólo fue el primer católico en llegar a la Casa Blanca, sino el primer candidato que le debe su elección al auge de la televisión. Antes los mecanismos determinantes en las elecciones eran las convenciones políticas y los arreglos clientelistas. El llegó a la presidencia sin la maquinaria del Partido Demócrata que apoyaba a personajes más veteranos como Lyndon B. Johnson, quien acabó siendo su vicepresidente. Su arma fue ese encanto de galán de cine, de buen orador y así se convirtió en un verdadero actor que supo ganarse a la audiencia cuando se enfrentó a Richard Nixon en el primer debate televisivo. Las cámaras lo amaban y la expresión 'carisma' se puso de moda con él. A esta imagen contribuía el glamour que le daban su esposa Jacqueline y sus dos pequeños hijos Caroline y John John.

A pesar de su aspecto fuerte el presidente tenía una pésima salud e incluso estuvo al borde de la muerte. Sufría la enfermedad de Addison (una disfunción en las glándulas suprarrenales que afecta la capacidad de combatir las infecciones) a la que se sumaron serios problemas de espalda. Un dato increíble es que por sus dolencias fue operado en varias oportunidades y recibió los santos óleos cinco veces. Esta situación al igual que su adicción al sexo sólo fue de conocimiento público después de su muerte.

En todo caso, con sus virtudes y defectos, el martirio de Kennedy sirvió para que su figura quedara idealizada para la posteridad de una manera que según los historiadores no corresponde a un análisis objetivo de su gestión como gobernante. Su mayor mérito en política interna fue dar los primeros pasos en materia de garantizarles los derechos civiles de los negros en una época en que el sur de Estados Unidos era la fuerza determinante en el Congreso y solía bloquear este tipo de iniciativas. En un aspecto tan crucial como la economía las cosas no le funcionaron muy bien y sus relaciones con el Congreso no eran las mejores.

En realidad Kennedy es aún hoy más famoso por su estilo que por su sustancia. Creó los cuerpos de paz, una iniciativa que no fue más que una ofensiva exitosa de relaciones públicas con jóvenes que ayudaban gratuitamente a los pueblos del Tercer Mundo. Y es que la mayoría de sus éxitos fueron consecuencia de un adecuado manejo de su imagen y de su discurso anticomunista que lo convirtió en símbolo de la lucha contra la amenaza roja y en el "líder del mundo libre". En Berlín, ante una plaza llena pronunció en alemán las palabras: "Ich bin ein berliner". Con esa frase, que traduce "Yo soy un berlinés", quería transmitir a los alemanes que al igual que él todos los norteamericanos como habitantes del mundo de la democracia se consideraban berlineses. El mensaje surtió efecto y esa escena pasó a los anales de la historia.

De esta manera en lo que mejor le fue a Kennedy fue en política internacional. Le tocó manejar el período de la Guerra Fría originada en la coexistencia de dos potencias con arsenales nucleares comparables pero con ideologías contrarias. Su momento de gloria fue haber sido el vencedor durante la crisis de los misiles soviéticos que fue el episodio que más cerca tuvo al mundo de una tercera guerra mundial. Durante esos 13 días en que el planeta se paralizó Kennedy logró que la Unión Soviética retirara los misiles que tenía en Cuba a cambio de una promesa de su gobierno de no invadir la isla y de un acuerdo secreto, revelado años más tarde, que consistía en que Estados Unidos también retiraría los cohetes que tenía en Turquía.

Kennedy vs. Bush

Hoy, 40 años después, la situación de Estados Unidos frente a la comunidad internacional no podía ser más diferente. El mundo dejó de ser bipolar y el hecho de que haya una sola potencia hace que las acciones de ésta en muchos casos no sean percibidas como mecanismos de defensa sino de expansión imperial. Mientras Kennedy fue considerado un adalid de la libertad, Bush es visto por muchos como un opresor por su teoría del "golpe preventivo" que fue estrenada en Irak . "Aunque el mensaje de ambos es similar en cuanto al discurso de promover la democracia, en el caso de Kennedy el enemigo, el comunismo, era fácilmente identificable. El discurso de Bush sobre el bien y el mal con el terrorismo como enemigo sólo fue claro después del 11 de septiembre pero hoy es ambiguo y difuso", aseguró a SEMANA un analista político que pidió mantener su nombre en reserva.

Como coincidencia los Bush se han convertido en la otra gran dinastía de Estados Unidos después de los Kennedy. El papá ya fue presidente, el hijo es presidente en la actualidad y el otro hijo, Jeb Bush, después de dos períodos exitosos en la gobernación de la Florida, tiene aspiraciones presidenciales.

Independientemente de la suerte con que corra la dinastía Bush es anticipable que ningún nombre será más imperecedero que el de John F. Kennedy. A cuatro décadas de su asesinato su historia todavía da para más de una docena de especiales de televisión que se transmitirán con motivo del aniversario y para nuevos libros y nuevas teorías de conspiraciones. Barr McClellan, quien fue abogado del presidente Lyndon Johnson, acaba de publicar uno con la versión de que Lee Harvey Oswald no actuó solo y que el crimen habría sido ordenado por el propio Johnson. La leyenda, como todas las leyendas, será inmortal.

Paradójicamente muchos consideran que para su imagen, esa que tanto cuidó, fue positiva una muerte temprana, independientemente de las circunstancias. Es como afirma su biógrafo Robert Dallek: "El está congelado en nuestra memoria a sus 46 años. Tan atractivo, tan articulado, tan gracioso, tan encantador y carismático".

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