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| 8/29/1988 12:00:00 AM

UN COLOMBIANO SUELTO EN HOLLYWOOD

Peluquero bogotano de 30 años conquista la meca del cine.

UN COLOMBIANO SUELTO EN HOLLYWOOD UN COLOMBIANO SUELTO EN HOLLYWOOD
El líder indiscutido del círculo más sofisticado de Hollywood California, es bogotano y se llama Mario Tamayo. Esa afirmación que podría sonar demasiado pretenciosa en la pluma de un cronista colombiano, resulta sorprendente cuando quien la hace es el periódico más importante de la ciudad, Los Angeles Times, que le dedicó fotografía de primera página la semana pasada.
No se trata de ninguna fantasía. El peluquero que inmigró a los 8 años con sus padres en 1965 en busca del sueño norteamericano, parece haber alcanzado, con creces, el sueño de cualquier gran escalador social en el mundo. Se ha convertido en el amigo confidencial y de tuteo de estrellas de cine, directores, artistas y magnates, pero sobre todo en pieza fundamental del engranaje social de la ciudad, al punto que publicaciones como Harper's Bazaar, Elle y Esquire, ya le han tenido que dedicar más de una referencia.
El personaje en cuestión tiene solamente 30 años y ha podido reunir a su alrededor un pequeño imperio compuesto por dos restaurantes, una galería de arte y una tienda de ropa a la que concurren regularmente los nombres más famosos de los círculos "vanguardistas" de Los Angeles. Su secreto ha sido una increíble capacidad para hacer relaciones adecuadas en el momento preciso, algo que hace de Tamayo "el cultivador consumado" y de su historia "la quintaesencia del éxito en Los Angeles".
Donde Tamayo deja ver con mayor frecuencia su habilidad para mezclar y confrontar amigos y clientes es en su restaurante bandera, el Cha Cha Cha, un lugar insignificante abierto con un presupuesto minimo en un sitio no tan bueno de la ciudad. Allí la comida es buena, pero no espectacular, el decorado no es muy original y los precios son, al contrario de lo que podría pensarse, sorprendentemente modestos. Sin embargo, el lugar es sitio de reunión de "todo el mundo": desde potentados como Adnan Khashoggi hasta músicos en plena lucha por la vida. Pero unos y otros se tratan de nombre y tuteo con el dueño.
La razón para el éxito del negocio es explicada descarnadamente por el propio Tamayo: "La gente va para mirar y para dejarse ver. Eso es lo que lo hace divertido". Eso, sin embargo, no es nada fácil. "Toma trabajo", afirma la artista Joan Quinn, quien conoce bien al dandy bogotano y lo describe como "un animal social que sabe siempre lo que hace palpitar a cada grupo".
La capacidad para mezclar y entremezclar grupos de personas diferentes, una clave de su éxito, se combina con sus conexiones legendarias. No es raro que, por ejemplo, David Hockney, conocido casi más por su inaccesibilidad que por sus pinturas, le conceda instantáneamente una entrevista a un amigo recomendado por Mario Tamayo, lo que le ha valido el título, jamás certificable pero muy diciente, del "máximo facilitador".
A pesar de su apariencia de quinceañero perenne, las proyecciones de Tamayo no son un juego de niños. Según Los Angeles Times, sus negocios son agresivos y están en crecimiento, y su imagen, siempre en constante innovación, es el producto de un cuidadoso estudio. Y como dice el diario, "hasta su cambiante corte de pelo es un verdadero manifiesto de moda".
Las apariciones de Tamayo en las fiestas son más para dejarse ver que para cualquier otra cosa. Un administrador de un club exclusivo, el Stock Exchange, dice que "cuando Mario hace su aparición, es como la entrada a una gran gala". Esas excentricidades han conquistado Los Angeles. El mejor ejemplo y demostración de ello es su última fiesta de cumpleaños. Su grupo de amigos, orquestados por él mismo, naturalmente, sólo repartió invitaciones unos días antes, y a última hora cambió el lugar de la reunión por una bodega vacía en el centro de la ciudad. A pesar de eso, más de 500 "celebridades" se presentaron para comer los escasos entremeses y los contados tragos que se repartieron. La explicación que se dio para que el evento fuera la fiesta del año resultó muy apropiada: "Tal vez todo el mundo estuvo allí al menos para probar que era lo suficientemente 'in' como para merecerse una invitación ".
Lo que nadie sabe es cuál hubiera sido el destino de Mario Tamayo si su padre, un "maquinista" y su madre, costurera de profesión, no hubieran decidido emigrar a Nueva York. Luego de 10 años de residir en la meca de muchos colombianos, la familia resolvió mudarse a la meca de los norteamericanos, o sea a California. Allí Tamayo descubrió su vena y su gusto por estar siempre adelante y a la "vanguardia". Luego de un año de universidad, aterrizó en una escuela de belleza y pronto abrió su propio salón, Neo 80. Desde esa atalaya, se dispuso a conquistar el mundillo de Los Angeles, para lo que comenzó por hacerse a las amistades mas importantes. "Aburrido", en 1985 resolvió convertirse en director de cine y marcharse a Londres. Pero no logró ni lo uno ni lo otro. En camino paró en Nueva York, comió en un restaurante de la comida "chic" de la época -la caribeña- y quedó prendado del negocio. De regreso a Los Angeles, muy a la colombiana, puso el negocio con su mamá y un amigo cocinero. Hoy sus intereses se han diversificado al mercado de ropa y de obras de arte, mientras afianza su reinado como árbitro de la moda de la ciudad más pendiente del tema en los Estados Unidos. Todo un ejercicio sociológico para alguien nacido en una ciudad donde el espectro de los "lobos" aún sigue asustando en las noches de luna llena.

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