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| 8/18/2007 12:00:00 AM

Una pobre viejecita

La muerte a los 105 años de Brooke Astor, la reina de la sociedad de Nueva York, revive el escándalo de la batalla entre su hijo de 83 años y su nieto de 53 por su enorme herencia.

Una pobre viejecita Brooke Astor heredó su fortuna de su tercer marido, Vincent Astor, el hijo de un magnate que murió en la tragedia del Titanic. A la derecha aparece frente al retrato de Vincent
Brooke Astor era la dueña de una de las fortunas más antiguas de Estados Unidos. Sus actos de filantropía hicieron que desde los años 60 fuera conocida en Nueva York como 'la primera dama' de la ciudad. Se estima que donó unos 200 millones de dólares a instituciones culturales de la Gran Manzana como el Museo Metropolitano y la Biblioteca Pública, así como a asilos para ancianos y personas sin techo. Acostumbrada a aparecer en las páginas sociales de los periódicos norteamericanos cuando recibía algún premio por su labor de manos de un Presidente, el año pasado mojó más prensa que nunca por cuenta de un escándalo. Su único hijo, Anthony D. Marshall, de 83 años, veterano de la Segunda Guerra Mundial y ex agente de la CIA, fue acusado de darle un trato indigno y de robarle su dinero, aprovechándose de su demencia senil. Y lo más curioso es que quien lo acusó fue su nieto, hijo del propio Marshall.

La anciana murió la semana pasada a los 105 años, y con ello revivió la polémica, pues se cuestiona la veracidad de su testamento, cuyo mayor beneficiario sería su hijo. Se trata del dinero que ella heredó en 1959 de su tercer esposo, el multimillonario Vincent Astor, quien fue propietario de la revista Newsweek y apareció en el puesto número 12 en la primera lista de los norteamericanos más ricos de la revista Forbes. El empresario era hijo del coronel Jacob Astor, quien pereció en la tragedia del Titanic, y le dejó 200 millones de dólares de 1912, provenientes de sus enormes extensiones de tierra en Nueva York.

Quizá Brooke no fue consciente de la pelea familiar, pues desde cuando llegó a los 100 años comenzó a tener problemas de memoria y no reconocía a quienes la rodeaban. Ella, sin saberlo, se convirtió en la protagonista de un drama que comenzó en julio de 2006 cuando su nieto Philip Marshall demandó a su padre por maltratarla, negarle algunas medicinas, disminuir las citas al geriatra, prohibirle la compañía de sus amados perros y por ponerla a dormir con frío en un sofá que olía a orines. También sostuvo que su padre había despedido a los empleados de confianza que llevaban más de 10 años al servicio de la señora. Y para rematar, afirmó que Anthony y su tercera esposa, Charlene, se enriquecían a costa de la anciana enferma. Según dijo Philip, su papá se apoderó de una casa de campo que su abuela le había prometido a él, para regalársela a Charlene. También habría vendido el cuadro favorito de su madre, para ganarse una comisión de dos millones de dólares, y usado parte de la fortuna Astor para su compañía de producción teatral y para financiar la organización de beneficencia de su mujer.

Uno de los elementos que mayor perfil le dieron a esta batalla legal fue la participación del magnate David Rockefeller y el ex secretario de Estado Henry Kissinger, amigos íntimos de Brooke. Era difícil que Philip perdiera la batalla con el apoyo de las declaraciones juramentadas de estos pesos pesados. Otro testigo del nieto aseguró que aunque la anciana estaba mal de la cabeza tenía momentos de lucidez en los que suplicaba: "Estoy pasando terribles momentos, por favor sáquenme de aquí". Anthony y Charlene Marshall afirmaron en su defensa que a la viejita no le había faltado nada y menos su cariño y que todas las acusaciones eran falsas.

Sin embargo, el hijo y la nuera aceptaron en octubre un acuerdo mediante el cual cedieron la custodia de su madre a la esposa del diseñador Oscar de la Renta, Annette, con quien ella tenía una amistad de 45 años. También fue parte del trato que su fortuna quedara bajo la tutela de J.P. Morgan Chase & Co, y que le devolvieran a la anciana sus obras de arte y joyas. A cambio de ello, el banco accedió a no impulsar un proceso legal para exigirle a Anthony que devolviera el dinero y las acciones que habría obtenido mientras manejaba la participación de la señora en empresas como Johnson & Johnson, Citigroup, los hoteles Four Seasons y Google. Dos meses después, un juez de la Corte Suprema determinó que no había pruebas suficientes que respaldaran las denuncias de abuso a una persona mayor.

Ahora, con la muerte de la dama, el problema podría estar en su última voluntad. Tres cambios hechos al testamento entre 2003 y 2004 despertaron la sospecha de que Anthony podría haber hecho otras trampas, debido a que la anciana millonaria ya para esa época no se daba cuenta de nada. Gracias a estas reformas, la disposición del fondo personal de Astor cambió: ya no se sacaría una renta anual para el hijo en el momento que ella muriera, como se estableció en un principio, sino una sustancial tajada del patrimonio en un solo contado inmediato. Incluso un experto revisó las firmas y constató que una de ellas había sido falsificada.

Aunque nadie se ha atrevido a decirlo ni a escribirlo, es probable que la razón por la cual Anthony habría hecho estas maniobras sería por la excepcional situación de ser un anciano de 83 años con una madre de 105. Quizá consideró que, estando también en la recta final de su vida y al ser el hijo único de una mujer que ya había perdido la cabeza, sus movidas financieras no tendrían importancia. Donde le fallaron los cálculos fue en no contemplar el hecho de que su esposa, 20 años menor que él, no es la madre de su hijo Philip. Por lo tanto, el nieto de Astor enfrentaba la posibilidad de que su padre acabara cediéndole valiosos bienes a su madrastra, bienes que, según él, su abuela nunca deseó quedaran en manos de Charlene. Y es que de acuerdo con algunos testimonios, Brooke Astor detestaba a su nuera, al parecer por arribista: ella habría dejado a su anterior marido, un pastor varado, para ir detrás de la fortuna de los Astor al casarse con Anthony. Por eso para muchos, ella es la villana de la historia y quien manipuló a su esposo para quedarse con la mayor cantidad de dinero antes de que se fuera todo a obras de beneficencia.

Este es sólo un capítulo más en un historial de desavenencias familiares. La misma Brooke Astor reconoció en uno de sus libros que había sido una inmejorable dama de la caridad pero una "pésima mamá". Anthony es producto de su primer matrimonio, con John Dryden Kuser, un hombre rico de Nueva Jersey que la maltrataba. Por eso se divorció y su hijo no recibió su apellido sino el de su segundo esposo, Charles Marshall, quien lo adoptó. Este murió repentinamente en 1952 y 11 meses después ella se casó con Vincent Astor. Según sus biógrafos, Brooke siempre tuvo una relación distante con Anthony, una circunstancia que éste, como cumpliendo con un trágico sino, repetiría con su hijo Philip.

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