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| 12/16/1985 12:00:00 AM

U.S.A. DI Y CARLOS

Inglaterra vuelve a conquistar a los Estados Unidos a través de la pareja real

U.S.A. DI Y CARLOS U.S.A. DI Y CARLOS
Doscientos nueve años después de la independencia de Estados Unidos, los británicos lograron en solo 4 días la recuperación de esas tierras causando más estragos que los-casionados por los Beatles 20 años atrás.
Un atlético caballero de 36 años y una mujer, una delgada y sofísticada rubia de 24, enloquecieron a millones de norteamericanos que siguieron paso a paso, antes, durante y después, un breve y perfecto itinerario protagonizado por quienes eran llamados simplemente por sus nombres de Carlos y Diana.
En carátulas de Life, Times, Newsweek, T. V. Cuide, Star, National Enquirer, People, la primera página de todos los periódicos, el mejor tiempo en noticieros y programas de televisión y radio, llegaron a provocar tal saturación que, en una encuesta realizada por el periódico USA Today, se pedía a esa misma reducir el tono y el volumen de las informaciones en torno de la pareja real, mientras los chismes, los rumores, los malentendidos y las simples referencias de mal gusto también aumentaban en virulencia con un artículo del Laline Cay que pedía más justicia y juego limpio con los dos jóvenes acusados.
La presión llegó a tal grado que el Palacio Real se vio ligado, varias semanas atrás, a organizar una entrevista en la televisión británica con el fin de que Carlos y Diana, con lenguaje sencillo y comportándose como una pareja común y corriente, le contaran a los asombrados espectadores que sus relaciones andan bien, que ella no es tan dominante como dicen, que no le ha cambiado los gustos al marido, que no se enloquece con las compras y con la ropa, que no está enferma, que su delgadez se debe al exsesivo ejercicio que hace diariamente, que ahora come menos carne que antes, que de vez en cuando tienen discusiones, que Carlos no ha intentado comunicarse con su asesinado tío y padrino lord Mounbatten.
Sir Richard Attenborugh, el director de la película "Gandhi", fue el asesor de un reportaje visto por más de 20 millones de personas y que ha sido reproducido parcialmente en la televisión norteamericana.
En medio de tantas tensiones, tantos chismes, tantos artículos e informaciones falsas, Carlos y Diana estuvieron 4 días sonriendo, comiendo, caminando, visitando, saludando, brindando, hablando y hasta cansandose: la histeria de la televisión llegó a tal grado, que una de las cadenas colocó un camarógrafo especial para que siguiera los pasos de la pareja y por eso, en varias ocasiones, los televidentes descubrieron que Diana, como cualquier turista exhausto, torcía uno de sus pies.
Con 7 mil libras de equipaje, un médico, un valet y dos peinadores para Diana, llegaron a la base militar de Fort Andrews el sábado 9, y dos horas después ya estaban bebiendo café con el Presidente y Nancy Reagan.
Para ella era la segunda vez que se encontraban después de la boda real, mientras su marido no los conoció hasta entonces.
Huéspedes de la embajada británica en Washington plantaron un árbol; Carlos fue al instituto Americano de Arquitectura, conoció el documento por el que cesaba la guerra entre Gran Bretaña y Estados Unidos, en 1812, y habló sobre problemas ambientales, mientras su esposa recorría las instalaciones de un ancianato.
Durante dos semanas, las pacientes ensayaron la frase que dirían al ser saludadas por la frágil muchacha. Después la pareja se reunió con la prensa, sin poder ser entrevistada, y ese sábado en la noche tuvo lugar el que algunos siguen considerando el evento social de muchos años: la cena de gala a la que sólo fueron invitadas 80 personas.
ESA MUJER, NO
Esa cena ocasionó varios trastornos en la vida de muchas personalidades norteamericanas. Joan Collins, la estrella de "Dinastía", fue excluida por petición directa de la princesa Diana. Cuando supo, con varias semanas de anticipación, que no podría estrenar vestido en la Casa Blanca, la Collins se puso furiosa y según un semanario norteamericano, le informó al presidente Reagan a través de amigos comunes que ella era la representante de los actores británicos en Estados Unidos y que tenía derecho a una invitación. La misma publicación señala que, cuando Diana se enteró de esa reacción, se encogió de hombros y comentó: "Y esa mujer ¿quién se cree que es?".
Los más cercanos a la familia real aseguran que, teniendo en cuenta los extravagantes vestidos y joyas que la Collins lleva a las recepciones, Diana no quería ser opacada como le ocurrió a la reina Isabel en otra recepción en Londres, en 1983. Sin embargo Diana y la Collins se encontraron después en la última cena, en Palm Beach, la actriz estrenando a su nuevo marido, Peter Holme. La lista, que algunos guardan como un verdadero tesoro, estaba compuesta, entre otros, por la princesa Jasmine Aga Khan, Betsy Bloomingdale, el capitán Cousteau, el cantante Neil Diamond, los actores Clint Eastwood, Peter Ustinov, Tom Selleck y John Travolta Maureen, la hija del Presidente, Gloria Vanderbilt, y el astronauta Alan Shepard.
Otras cenas, igualmente fastuosas, fueron servidas en los días siguientes en la embajada británica en Washington y en la Galería Nacional de Arte, y pocos, muy pocos, contaron con la fortuna de ser invitados a las recepciones. La última vez que una pareja real británica visitó Washington fue en 1966, cuando la reina Isabel y el príncipe Felipe se reunieron con el presidente Ford y su esposa.
El domingo siguiente a la cena en la Casa Blanca, la pareja asistió a un servicio religioso en la Catedral de Washington, con 2.500 invitados especiales, y al medio día se cumplió el acto principal que motivó la visita real a Washington: !a inauguración de una exposición de tesoros británicos en la Galería Nacional, uno de cuyos benefactores ofreció un almuerzo para 20 personas en su finca de Virginia. Por la noche se ofreció la cena en la embajada británica con 130 invitados, sin baile y sin los Reagan. El lunes, tercer día de la gira, los norteamericanos atestaban calles y esquinas por donde pasaba la pareja real, y pudieron comprobar que la princesa es más hermosa, más delicada y más pálida en persona que en fotografía y que el color rojo le sienta muy bien.
Carlos y Diana visitaron una de las tiendas más populares en los Estados Unidos, la J.C. Penney, en la que había una promoción para artículos y mercancía británicos, y se asombraron frente a un Rolls Royce (que pesa 100 mil libras), colocado sobre 4 pocillos, para demostrar la calidad de la porcelana inglesa.
En el que fue el más agobiante día de su gira, la pareja asistió a un almuerzo en la embajada británica, se reunió con numerosos ingleses en esa sede y fue a la Biblioteca del Congreso. Diana acompañada por Nancy Reagan, visitó un centro de rehabilitación contra la droga y luego asistieron los dos a una ceremonia en el cementerio de Arlington, por ser el Día de los Veteranos. Por la noche encabezaron una recepción para 500 invitados en la Galeria Nacional de Arte. El martes, Carlos ganó un premio simbólico y un beso de su esposa en un encuentro de polo con equipos de Palm Beach en la Florida. Por la noche, la extravagancia llegaría a su punto culminante con una cena ofrecida por el magnate petrolero, Armand Hammer, quien para la boda real regaló a la pareja un Leonardo de Vinci. En esta ocasión, los asistentes tuvieron que pagar 50 mil dólares por el cubierto, y los fondos se destinaron al mantenimiento de programas educacionales.
GENTE COMO UNO
A las 10 de la mañana del miércoles 13 tomaron el avión oficial de regreso a Londres. En lo alto de la escalerilla, mientras el viento les azotaba la ropa, mientras los despeinaba y él le hacia algún comentario chistoso, mientras decían adiós con las manos, parecían lo que en el fondo son, dos jóvenes comunes y corrientes.
En febrero próximo, Carlos regresará para asistir al 150 aniversario del Estado de Texas. Dicen las malas lenguas que desde ahora los millonarios texanos están practicando el saludo al principe, para no caer en la tentación de hacerlo con la tradicional palmada en la espalda.
La visita de la pareja sirvió para comprobar una vez más el sentido morboso de algunos medios periodísticos norteamericanos. Algunos ciudadanos, en cartas y llamadas telefónicas, expresaron su desagrado frente al escrutinio físico, sin compasión, al que fueron sometidos Carlos y Diana por ojos, cámaras y lentes que buscaban arrugas, gestos de aburrimiento o cansancio, señales de rencillas conyugales o aun simples bostezos. Sin embargo, muchas mujeres criticaron el guardarropa de Diana y el rostro del príncipe, mientras los hombres se extasiaron con la belleza casi transparente de esa muchacha, alrededor de quien se ha tejido la terrible leyenda de que es grosera, antipática, tiránica con los empleados y déspota con el marido, y quien se atrevió a desafiar, desde los primeros días de su matrimonio, las reglas impuestas por la reina Isabel.
Pero las anécdotas siguen circulando. Diana bailó con el actor Clint Eastwood y dijo con su voz suave que nunca antes había bailado con alguien más alto que ella y que era una sensación agradable, a lo que el vaquero le respondió: "Lo que pasa es que usted es más vieja que yo". Dos libros escritos sobre la pareja real siguen circulando profusamente en Estados Unidos y las ventas se dispararon durante los 4 días de la gira. Uno de ellos, "Carlos y Diana", fue escrito por Ralph Martin, quien ha sido biógrafo de numerosos personajes reales; el otro, Royal Service, lo redactó Stephen Barry, quien durante 12 años fue ayuda de cámara de Carlos. Proporciona del príncipe uno de los retratos más humanos y completos y también más íntimo de un hombre que ahora, según los amigos más cercanós, parece haberle perdido el gusto a la vida.
SEMANA ha leído los dos libros y con el retrato que se logra de ambos personajes se puede anticipar que en Gran Bretaña producirá más de un cambio fundamental en la vida y las costumbres de la Corona.
En el libro de Stephen Barry, más respetuoso, más británico, uno descubre aspectos más interesantes de la personalidad de Carlos: nunca se maquilla, ni siquiera cuando tiene que ser filmado o retratado; hasta el momento de casarse prefería almorzar solo, mirando la televisión tiene 44 uniformes y es coronel de 6 regimientos; los pañuelos tienen que ser lavados por el ayuda de camara que, por el monograma, se pueden convertir en piezas de coleccionistas tiene un gran sentido del humor y en ocasiones se burla de la seriedad de la corte, como cuando soltó una carcajada al descubrir que el sastre real llegaba en Rolls Royce para hacerle las pruebas de un nuevo vestido; nunca lleva dinero, ni cheques, ni tarjetas de crédito. En la corte hay una regla de oro jamás se le debe hablar a algún miembro de la familia real antes de las 11 de la mañana, porque siempre amanecen de mal genio, pero Carlos es la excepción, ya que le gusta levantarse antes de las 8 de la mañana. El valet cuenta cómo, mientras era soltero, el príncipe era despertado lenta y suavemente: primero entraba a la habitación, encendía el radio, corría las cortinas y le preparaba el baño mientras Carlos comenzaba a abrir los ojos y recibía la bandeja con el desayuno. Durante los viajes, y esto debió ocurrir ahora en Estados Unidos, Carlos se empecina en llevar siempre su propia miel y un cereal que le fabrican especialmentedetesta las medicinas y la única enfermedad que padece todos los años, como un rito, es la gripa, la vulgar y democrática gripa que implanta una costumbre radical en la corte inglesa: si alguien la tiene, debe permanecer encerrado del todo en sus habitaciones, sea quien sea, porque la reina jamás debe ser contagiada. Sus innumerables compromisos no podrían ser cancelados si se enfermara. Carlos es muy avaro con el dinero y con el tiempo se impacienta a menudo, grita mucho, detesta las toallas pequeñas y odia el ruido de los aparatos de aire acondicionado. Trata de gastar lo menos posible del presupuesto que le han asignado. Cuando tiene que decidir sobre un precio, lo piensa muchas veces porque sabe que, por ser príncipe de Gales, todos quieren sacarle ventaja.
El mismo ayuda de cámara revela en su libro cómo la máxima locura de Carlos está en los caballos y en los perros, los que también son adorados por la reina, quien, a veces, de acuerdo con el tiempo, baja al jardín y pasea un rato alguna de sus mascotas.
Carlos es un hombre práctico y valiente que ha insistido en numerosas ocasiones, luego del atentado con balas de salva contra su madre, que en caso de ser secuestrado, no paguen rescate, que él verá cómo escapa y se salva.
Hasta el momento de casarse, Carlos era un hombre de comidas sencillas, capaz de entrar sorpresivamente a la cocina y hacerse una carne frita él mismo, sólo por variar el menú del día y para no depender del chef. Ahora, gracias a los gustos sofisticados de Diana, dice el ayuda de cámara, los intereses gastronómicos de Carlos han variado. Durante las comidas oficiales siempre se sigue un ritual curioso. En los dos primeros platos, Carlos conversa con los invitados que están a su derecha, y durante el postre y el café con los de la izquierda. Le gusta preguntar a la gente qué hace, dónde trabaja, qué piensa de situaciones internacionales.
En el libro escrito por quien fue ayuda de cámara durante 12 años queda claro que la personalidad, las costumbres y algunos puntos de Carlos han cambiado radicalmente después de su matrimonio y que, a pesar del temperamento dominante de ella, respeta, por ejemplo, los momentos de silencio que Carlos tiene en ocasiones. Sintiéndose desplazado, inútil, Peter Barren renunciaría justo cuando se anunciaba el primer embarazo. Esa tarde, al felicitarla, Diana le diría casi gritando: "Quiero tener muchísimos bebés".
LA PRINCESA POSESIVA
El otro libro, menos respetuoso, escrito por Ralph Martin, relata todos los cambios domésticos y sociales sufridos por el príncipe y la misma Diana, a quien se acusa de haber provocado la renuncia de, por lo menos, 40 empleados y secretarias. El libro, con base en entrevistas dadas a familiares y amigos de la pareja, establece que Diana, celosa de quienes conocían y guardaban al marido antes del matrimonio, ha optado por no tener rivales y prefiere tener al príncipe y a sus hijos con ella totalmente.
Entre las afirmaciones en este libro, se cuentan éstas: los conflictos entre los dos han aumentado porque Carlos se siente sobrepasado por la energía y el entusiasmo de su mujer, quien encuentra aburridas las fiestas reales y prefiere las reuniones con gente más joven, en pequeños grupos, donde es posible bailar y hacer bromas. Cuando Carlos viaja o está cansado para salir, ella se marcha a la casa campestre de un amigo, donde organiza fiestas con jóvenes que quedan exhaustos luego de bailar con ella; siempre que le hablan de un viaje o una ceremonia, la princesa pregunta con gesto de fastidio "¿Tengo que ir?". En alguna ocasión, Carlos le comentó a un amigo que lamentablemente la realidad es que a Diana no le gusta ni hablar, ni andar con nadie, y otra persona comentó que desde un principio ella se propuso algo concreto: que el príncipe sólo viva para ella.
En el libro, uno de los amigos de Carlos afirma que "él no es un tonto, tiene un gran carácter y ha dejado que ella se salga con la suya sólo porque están en los primeros años de matrimonio, pero después enseñará su verdadera cara".
Sin embargo, se toleran mutuamente gustos y caprichos. El le tolera el ballet, y ella que a él le guste la ópera. Diana ha logrado que él acepte programas norteamericanos como "Dinastía" y "Dallas", y se ha quejado en privado de tales preferencias. Un amigo cercano le contó al autor que él veía al príncipe más como padre que a ella como madre y que los niños siempre prefieren hablar con él.
Durante los próximos días en Estados Unidos se seguirá hablando en tono mayor o menor, como chismes, como murmuraciones o como simples comentarios, sobre esta visita de 4 días, durante los cuales este hombre de sólo 36 años y esta muchacha, demasiado frágil, de 24, conquistaron de nuevo a Estados Unidos para los británicos. Durante fiestas, reuniones, encuentros, donde algunos invitados llegaron al exceso, como el de una señora de Miami que fue capaz de gastarse 5 mil dólares en un vestido solamente. para esa ocasión, ahora viene el recuento de todas estas historias: una mujer que con su edad es capaz de atender entre febrero y agosto de este año 109 eventos públicos y más de 74 ceremonias, es también capaz de soportar la prueba máxima al lado de Carlos: ser un objeto público.

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