Publicado: 02/05/2004

La generación del magnicidio

La generación del   magnicidio

Con el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla comenzó hace 20 años la guerra contra el narcotráfico. Tres hijos de los mártires caídos en esta lucha reflexionan sobre el significado del sacrificio de sus padres.

El ministro Rodrigo Lara Bonilla llamó desde el carro a su casa, pasadas las 7:15 de la noche, y habló con su hijo mayor, quien lleva el mismo nombre de su padre y para entonces tenía 8 años. Le dijo que ya iba para la casa, le preguntó que cómo le había ido en el colegio y que si ya había hecho las tareas. Rodrigo hijo no recuerda qué le respondió, nada trascendental, un reporte familiar más, en cambio en la memoria sí se le grabó como si fuera una película lo que sucedió minutos después de esa última llamada. Uno de los escoltas del Ministro entró afanado a la casa y habló por el teléfono. El mayor de los tres hijos de la familia Lara salió a la calle, vio el Mercedes-Benz blanco en el que se movilizaba su papá sin vidrios y a los escoltas que transportaban afanados el cuerpo exánime de Rodrigo Lara hacia otro vehículo. El niño se coló en el carro de los escoltas, se sentó junto a su papá y como no vio sangre pensó que él estaba dormido. En medio de ese caos alguno de los miembros del cuerpo de seguridad del Ministro dijo que lo llevaran a la Fundación Santa Fe; Rodrigo, con una serenidad extraña para un niño tan pequeño, dijo que no, que lo mejor era llevarlo a la Clínica Shaio. Los escoltas le hicieron caso en un santiamén. En urgencias los recibió el cardiólogo Augusto Galán, un hermano de Luis Carlos Galán, el jefe político del Nuevo Liberalismo, el movimiento al que pertenecía el ministro Lara. Lo montaron en una camilla y se lo llevaron a cirugía. Rodrigo hijo se quedó afuera. En ese momento, esa noche del 30 de abril de 1984, comprendió que su papá estaba muerto, sintió una tristeza inmensa y comenzó a llorar desconsolado. Veinte años después Rodrigo Lara Restrepo, quien renunció a ser sociólogo para convertirse en abogado del Externado como su padre, rememora ese momento trágico y concluye que "él dio su vida por el país, por tratar de evitar que pasara lo que está ocurriendo ahora". Hoy el crimen del ministro Rodrigo Lara Bonilla y la reacción posterior del gobierno de Belisario Betancur de autorizar la extradición de colombianos se consideran sólo como una referencia histórica. Se han convertido en el hito fundacional que marca el comienzo de la guerra contra los barones del narcotráfico y su multimillonario negocio, cuyo dinero permeó y corrompió todo lo que encontró a su paso. Dos décadas después el sacrificio de Lara Bonilla y de sus aliados en la primera línea de batalla (el director de El Espectador, Guillermo Cano, el candidato presidencial liberal Luis Carlos Galán Sarmiento y el coronel de la Policía Jaime Ramírez Gómez) puede ser equiparado al del rey Leónidas y sus 300 soldados espartanos, quienes se enfrentaron al multitudinario ejército del rey persa Jerjes, con sus 10.000 inmortales a la cabeza, en el paso de las Termópilas. Leónidas no tenía la más mínima posibilidad de vencer pero su resistencia y tenacidad desbarataron los planes de los persas, lo cual favoreció su posterior derrota años después. De igual forma lo que hicieron Lara y otros colombianos no acabó el narcotráfico pero sí evitó que terminara de gangrenar al Estado. Carlos Galán, el hijo menor del candidato, que hoy tiene 26 años, está convencido de esto. Para él, su papá, Lara y Cano "asumieron una lucha en nombre del país a la que nadie más se le midió. Ellos se enfrentaron a los capos e impidieron que el narcotráfico se tomara la sociedad. Gracias a esa guerra el Estado hoy todavía existe". Primeras escaramuzas A comienzos de la década de los 80 el narcotráfico era en Colombia un negocio próspero y boyante. Todavía no se había convertido en un problema inmanejable. En este ambiente los grandes capos no eran vistos como delincuentes sino como hombres con legítimas aspiraciones políticas. En 1982 Pablo Escobar, por ejemplo, comenzó su campaña para la Cámara de Representantes por el Movimiento de Renovación, de Jairo Ortega, que había adherido al Nuevo Liberalismo de Luis Carlos Galán. El político y Lara, su segundo al mando, no toleraron esta intromisión y en febrero de ese año, en un acto público en el Parque Berrío, en Medellín, declararon personas indeseables a Escobar y a Ortega. No obstante, ambos resultaron electos congresistas, el capo como suplente de Ortega, por otro movimiento político. Esta fue la primera de varias escaramuzas entre estos personajes, quienes a partir de ese instante ligaron sus destinos. En agosto de 1983 Lara fue nombrado ministro de Justicia de Belisario Betancur. Desde un comienzo su caballito de batalla fue el narcotráfico: "El poder del dinero, del tráfico de drogas, los que en virtud de su gran capacidad criminal o económica pueden pasar por encima del Estado y pisotear al país". Con palabras de este calibre el novel ministro Lara denunció la presencia de dineros calientes en el fútbol, en la construcción y en los grandes latifundios de ciertas zonas del país. Rodrigo, su hijo, dice que esa actitud fue muy valiente porque "en esa época nadie levantaba su voz contra la corrupción del narcotráfico, contra la presencia de los narcos en el Congreso. Eso no era sano para una democracia. La democracia colombiana era una caricatura". Como es obvio estas alusiones no les hicieron gracia a los narcotraficantes que habían pasado de agache hasta entonces. Escobar, que en la cima de su poder siempre estaba dos pasos delante de sus enemigos, ya tenía lista una estratagema para restarle credibilidad al Ministro. El 16 de agosto de ese año el representante Ortega, acompañado por el propio Escobar, citó a un debate a Lara en el cual lo acusó de recibir un cheque por un millón de pesos del narcotraficante Evaristo Porras. Lara se había dejado enredar en la trampa que con paciencia le había tejido Escobar desde el mismo día del incidente en el Parque Berrío. Lara presentó su renuncia al cargo, pero el presidente Betancur no se la aceptó. Galán, por su parte, dejó el asunto en manos de un tribunal ético del Nuevo Liberalismo. Carlos, el hijo del político, recuerda que en esa época el Ministro fue a hablar con su papá y con su mamá, Gloria Pachón. Fue una reunión a puerta cerrada de la que lo único que el dirigente liberal les comentó luego, visiblemente impresionado, fue que Lara les había dicho que él iba a hacer lo que fuera para demostrar que no había vendido sus principios y que prefería la muerte física a la muerte política. Para el hijo de Galán esta actitud era comprensible porque "la gente buena del Nuevo Liberalismo era así". Lara asumió su destino de kamikaze y trató por todos los medios de mantener alejada del conflicto a su familia. Pero era imposible hacerlo. Rodrigo hijo recuerda que en esa época su casa en el Rincón de los Frailes se convirtió en una prisión para ellos y en un oasis para su papá. Aunque éste intentaba no mostrarse tensionado, no podía evitar que sus tres hijos sí se sintieran así. Ellos no podían montar en bicicleta, hablar por teléfono o salir los domingos y tenían que ir al Liceo Francés, su colegio, en un bus que era seguido de cerca por un carro de escoltas. Es probable que ellos hayan sido pioneros en esa cultura de la paranoia y la seguridad que años después se extendió a buena parte de la sociedad colombiana. Mala jugada Pablo Escobar era hábil pero no era adivino y jamás pensó que la trampa que le había tendido con paciencia a Lara iba a devolvérsele con la fuerza de un bumerán. El 27 de agosto de 1983 el Ministro le dijo a El Espectador: "Soy un ministro peligroso para quienes están fuera de la ley". Este fue el comienzo de una alianza tácita entre Lara y Guillermo Cano, el director del diario, quien ya había advertido en su columna 'Libreta de apuntes' el peligro que representaba cohonestar la actividad del narcotráfico. Juan Guillermo Cano, el hijo del entonces director, recuerda que para su papá era muy importante escribir sobre el tema: "Estaba convencido de que el país necesitaba estas denuncias para que el narcotráfico no llegara hasta donde llegó después". En septiembre el canal ABC presentó en Estados Unidos un documental en el que Pablo Escobar era señalado como el jefe del cartel de Medellín, y en Colombia El Espectador reveló en cuatro entregas el prontuario de Escobar y de su socio Gonzalo Rodríguez Gacha. A finales de ese mes el coronel Jaime Ramírez, director de la división de Antinarcóticos de la Policía, le informó a Lara de los planes para matarlo. Al Ministro intentaron asesinarlo desde supuestas ambulancias y carros blindados. El coronel Ramírez fue el gran aliado de Lara en su lucha contra el narcotráfico. Pasó a la historia el 10 de marzo de 1984, a las 2:30 de la tarde, cuando al frente de un escuadrón de helicópteros, en los que viajaban 50 hombres de antinarcóticos y 50 del Grupo de Operaciones Especiales (Goes), ocuparon Ciudad Tranquilandia. Esta acción fue un nocaut a las mandíbulas de Escobar y Gacha pues permitió el descubrimiento y destrucción de un complejo de 10 kilómetros, escondido en la selva, que incluía tres pistas, tres campamentos y siete laboratorios. En una bahía para estacionamiento fueron hallados cinco aviones y un helicóptero Hughes. En el operativo fueron capturadas 44 personas e incautadas 17,5 toneladas de cocaína. La mafia le pasó la cuenta de cobro a Lara por esta acción. El 30 de abril de 1984 el Ministro viajaba en un carro sin blindaje, sin chaleco antibalas, con un carro de escoltas refundido en el tráfico entre los de los hombres de Escobar. Iván Darío Guizao Álvarez, de 32 años, el parrillero de una moto Yamaha 175, se acercó hasta el vehículo oficial y le disparó al Ministro una ráfaga de ametralladora. El presidente Betancur dijo después: "Vamos a rescatar la dignidad nacional que tienen secuestrada los narcotraficantes". Y en el entierro anunció: "Colombia entregará a los delincuentes solicitados por la comisión de delitos en otros países para que se les castigue de manera ejemplar, en esta operación universal contra un ataque también universal (.) Insisto en que llegó la hora de cerrar filas contra el crimen organizado". La muerte de Lara marcó el inicio de la horrible noche. El 23 de julio de ese año fue asesinado en un taxi el juez Tulio Manuel Castro Gil, quien había vinculado a Escobar con el asesinato del Ministro. Antes de finalizar 1985 la mafia asesinó a otras tres decenas de jueces que los investigaban por diferentes casos. El 17 de noviembre de 1986 los sicarios fueron por el coronel Ramírez, a quien no le perdonaban lo de Tranquilandia ni que hubiera sido el principal testigo contra Escobar en el caso de Lara. Un mes después exactamente cayó Guillermo Cano. Lo asesinaron tres miembros de la banda de Los Priscos, responsables de los crímenes y los atentados más importantes que cometió el cartel de Medellín entre 1984 y 1990. El capo nunca le perdonó que hubiera revelado su prontuario. El legado Rodrigo Lara Restrepo, Carlos Galán y Juan Guillermo Cano están de acuerdo con varios puntos en relación con el asesinato de sus padres. Lo más importante, que no fue un sacrificio vano. Para Lara, quien estuvo de segundo en la lista al Concejo de la Paca Zuleta, la muerte de su papá fue una forma de hacer evidente lo que estaba pasando y que nadie decía en voz alta. El menor de los Galán piensa por su parte que el magnicidio de Luis Carlos sirvió para acercar a grupos nuevos de la sociedad a la política. Los motivó a entrar y los cambios empiezan a verse ahora. Por último, Cano cree que después de estos asesinatos lo mejor que le pasó al país fue que "perdió el miedo a la extradición. Si se hubiera seguido aplicando en forma constante hubiera sido el mayor logro contra el narcotráfico. La gente del común tomó conciencia de que este es un instrumento importante no sólo para juzgar a los narcotraficantes sino a los que cometen crímenes atroces". Para los tres también es claro que hace 20 años se perdió una oportunidad histórica. Sus padres cumplieron entonces el mismo papel de Casandra, vaticinaron y vaticinaron cosas sobre lo nefasto que iba a ser el narcotráfico para la sociedad colombiana, pero nadie les creyó o, lo que es peor, hicieron oídos sordos a sus denuncias. Cano cree que "si se hubieran oído sus voces, conscientes de la gravedad del asunto, tendríamos menos violencia y más desarrollo en el país". El mayor de los hijos de Lara es de la misma opinión: "Se perdió un momento clave para derrotar al monstruo. El narcotráfico no se habría acabado pero se habrían evitado muchas cosas. ¡Mire cómo estamos ahora!". Muchas cosas han pasado en 20 años, muchas tumbas se han abierto para enterrar a los mártires de una guerra que parece interminable, el tiempo ha transformado el dolor y la rabia por sus muertos en un deseo de cambio profundo. Por eso estos hombres, hijos del magnicidio, creen en que este es el momento de hacer la diferencia y terminar lo que sus padres comenzaron en 1984.
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