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Poesía necesaria: lo nuevo de Luis Miguel Rivas y Santiago Rodas

Por: Adriana Cooper

En la versión número doce de la Fiesta del Libro y la Cultura que comenzará en Medellín el próximo 6 de septiembre, Angosta Editores lanzará su Colección Ámbar de poesía con dos libros: 'Hoy no quiero metáforas' de Luis Miguel Rivas y 'Plantas de sombra' de Santiago Rodas.


¿Para qué leer poesía por estos días? La pregunta es obvia para quien la acostumbra, y difusa para quien la desconoce e imagina a alguien de boina, o un verso pesado e inentendible con solo decir la palabra “poesía”. En unos pocos días, cientos de libros viajarán en camiones y cajas desde editoriales, imprentas y librerías hasta el Jardín Botánico de Medellín, donde comenzará el 6 de septiembre la décimo segunda versión de la Fiesta del Libro y la Cultura. Entre los miles de ejemplares que vivirán allí, entre estantes y estands, habrá dos libros de poesía que algunos han querido leer desde hace mucho tiempo: Hoy no quiero metáforas de Luis Miguel Rivas y Plantas de sombra de Santiago Rodas.

Su lanzamiento dará inicio a la Colección Ámbar de Angosta Editores, que incursiona en este género literario, tres años después de su nacimiento como editorial. Algunos de los poemas contenidos en ambos libros llevan años de trabajo y, aunque fueron escritos por autores con edades, trayectorias y vidas obviamente distintas, tienen varios aspectos en común: mueven al lector con escenas familiares, en su mayoría transcurren en la ciudad y muestran imágenes que tal vez por un momento, tal vez para siempre se quedan con el lector, sin dejarlo indiferente.

Para Alexandra Pareja, gerente de Angosta Editores, la publicación de ambos libros era un sueño viejo. “A José Andrés Ardila (editor), Héctor Abad (fundador de la editorial) y a mí, nos encanta leer poesía. Sabemos que no es muy comercial y que la gente le tiene respeto, cree que es muy elaborada o difícil de entender. Sin embargo, los tres pensamos que es necesario leer poesía clásica, urbana, que sea imprescindible en la vida de cualquier persona. Con estos libros de Luis Miguel Rivas y Santiago Rodas tenemos el reto de demostrarle a la gente que la poesía es sentida, próxima, que no necesita manual de instrucciones y que se siente a medida que se lee. Los dos autores escriben textos muy urbanos y también hermosos”.

Plantas de sombra: belleza urbana e irreverente

Santiago Rodas, el autor de este libro de poemas, nació en 1990 en Medellín, es muralista y ha realizado estudios de Publicidad y Filosofía. Ha sido colaborador de publicaciones como El Malpensante y Universo Centro. Ha publicado los libros de poesía Gestual (2014) y Trampas tropicales (2015). Desde hace tres años, escribe poesía de forma constante. Lector de la obra de poetas como Frank Báez, Natalia Romero, Manuela Gómez, Laura Whitner, Helí Ramírez, María Mercedes Carranza, Raúl Gómez Jattin, Joaquín Giannuzi, y Luchito Hernández, considera a José Manuel Arango uno de sus maestros. “Si la poesía ya es una margen, me interesa más esa poesía (latinoamericana y contemporánea) que está más allá de las márgenes del canon de poesía en Latinoamérica”.

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Sobre los temas de sus poemas dice que son atravesados por la cotidianidad: el barrio, la familia, los lugares que se visitan. “La ciudad se va expandiendo por capas y es como si fuera una máquina que contiene otras máquinas: la intimidad, la infancia, el barrio, la adolescencia, la música, el rock, el punk, la violencia. Esto está atravesado y en movimiento, así se mueve mi poesía”.

¿Cuál es un buen poema?

Uno que lo mueva a uno por dentro y se quede ahí, como que se fermenta, y cobra sentido. Y después lo acompaña a uno. Hay mucha poesía que se centra en el ornamento y esto también es necesario. Sin embargo, me interesa más ese poema que me cuenta algo, me deja una imagen, me pone a reflexionar, a pensar.

Cuando descubrió al poeta Frank Báez, comprendió que le gusta escribir sobre lo cercano, lo cotidiano, tener una mirada desenfadada y no tan solemne de la vida, que a la vez le permita tener más a mano las cosas. Y agrega que un buen poema es como una máquina que encubre otras máquinas mayores que no necesitan estar en el poema. “Es como si el poema fuera una unidad de medida pequeñita que luego se explota y se vuelve mayor pero no en el poema, sino en el que lo lee”.

Sobre la relación entre poesía y prosa (género que también escribe), dice que ambas se alimentan entre ellas y tienen mucho que ver porque al final es lo humano lo que las conecta. Ambas parten de la pregunta por la existencia, de los sentidos o las imágenes bellamente elaboradas.

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En general, considera que para una ciudad como Medellín, donde la literatura aún está en esos márgenes que menciona, la poesía le parece vital porque lleva a pensar. Sobre el título del libro, dice que surgió porque muchas plantas suelen ser “caseritas”, están adentro de los lugares. “Mis poemas son una búsqueda del interior de uno, así sea en la calle, como esas plantas que uno tiene”.

En sus poemas no hay temas urbanos vetados ni hay reverencias. Hablan del amor por un supermercado de clase media, cuentan cómo es eso de regalarle libros a Juan Villoro, de la represa que amenaza con arrasar con todo, de las “pieles de las gringas” que recorren el barrio El Poblado o del helicóptero local con sus ruidos nocturnos. Algunos se leen como una canción rápida y armónica a pesar del caos de la calle, otros se leen más lento o muestran la belleza de lo simple, como la gente que mira el cielo en el techo de la casa mientras afuera algunos se pierden o persisten situaciones sin sentido.

Voy derecho

Va a llover, va a llover, yo creo que va a llover.
Que me caiga un rayo entonces, así canto eléctrico,
encalambrado, como dicen que me mantengo
Parlantes

Voy derecho por la acera
y nadie me mueve,
choco los hombros
de gente que camina con bolsas en la mano
y nada, no importa, voy derecho,
tropiezo con vendedores de bluyines,
con barrenderos, loteros minusválidos
que me miran feo, pero no me dicen nada,
voy derecho, sin voltear a los lados ni atrás, sin trastabillar,
como en el video de The Verve.
tropiezo con dos colegiales,
con un grupo de turistas,
con dos monjas que se santiguan.
Paso el parque de las gordas de Botero
y me pitan los carros,
el semáforo debe estar en verde para ellos
pero sigo sin afán, derecho
con la mirada fija dos metros delante de mis pies,
me doy de frente con un vendedor de frutas que se disculpa,
joven, alguna cosita más, me dice, pero
lo sobrepaso y no respondo.
Voy concentrado, en los pasos, en la cadencia,
en seguir la línea del asfalto.
Camino recto como por encima de una regla,
derecho, hasta que alguien me agarra de una mano
y me dice que necesita ver mis papeles
pero yo sigo de frente,
la mano insiste y me sujeta fuerte,
hasta hacerme parar.
Le digo que no tengo papeles,
que eso es para la gente y yo de eso nada,
sigo derecho, la mano me suelta y me permite seguir.
Voy derecho,
recorro una cuadra por los bajos del metro
y siento que otras manos me sujetan,
dicen: muy alzado o qué
y me suben a un carro,
me hacen preguntas a las que no tengo respuesta.
De alguna manera pienso que voy por buen camino,
el azar es un destino, dice señornaranjo
insisten con los papeles
y me empiezan a dar golpes,
yo no respondo nada, yo voy derecho, nada más,
pues va tocar hacerle la vuelta, dicen
pero yo voy concentrado en el camino.
Ya no hay edificios, veo carboneros y samanes,
me sueltan en una manga y me dicen:
corra, pues
pero yo voy a mi paso, camino derecho, me concentro
en recuperar la cadencia de hace un rato,
escucho un disparo o una explosión y
la voz que insiste con más fuerza, corra pues maricón
pero yo, nada, sigo tranquilo,
escucho otro disparo o explosión,
pero yo voy de chorro, eso pasa de largo, voy derecho
oigo que el carro se aleja y me deja tranquilo
me detengo un rato,
me hacen falta fuerzas, pero ni así paro, voy derecho
llego a un río, tomo un poco de agua y sigo.
El agua empieza a subir por mis rodillas,
voy derecho, sin nada más que la mirada
puesta a dos metros de mis zapatos,
el agua, al principio, deja ver mis pisadas, pero los pasos
revuelcan la arena y la enturbian.
Voy derecho, ya no veo nada
pero voy derecho,
me concentro en los pasos
uno, dos, uno dos,
hasta lograr la cadencia
de hace un rato.

El cielo en la noche

En los noventa
la ciudad ardía
de explosiones,
carros bomba,
balaceras,
policías con la cabeza a sueldo,
masacres.
Pero nada de eso nos importaba
a mi madre, a hermana y a mí
cuando nos subíamos
en el techo de la casa
de mi tía,
cobijas en mano,
empezábamos a
contar las estrellas
y a relatar
historias de ovnis y de espantos
hasta que era hora de regresar a casa
a rezar un padrenuestro
y dormir
sin más.

Hoy no quiero metáforas: poemas de la naturaleza urbana

Luis Miguel Rivas es el autor de este libro que contiene poemas breves, algunos más extensos, en los que puede verse la vida cotidiana de forma completa: a veces se entiende a través de un pájaro mojado, de una frase de lenguaje empresarial de los “hacedores de proyectos” o de un empleado “apoquitado”. También por medio de gente que se denomina vulnerable o incapaz de cualquier esperanza.

Según Angosta Editores, “en los poemas de formatos variados de Luis Miguel Rivas se encuentra una clara intención de juego, en todo sentido: en las formas, en el lenguaje, en la variedad de los temas el hijo que transforma inesperadamente la visión del mundo del padre, el dolor y la creación, los paisajes lejanos de la infancia. Luis Miguel Rivas es un poeta que no se toma demasiado en serio a sí mismo; incluso, difícilmente sería capaz de decir en voz alta que es poeta. Por fortuna para los lectores, la poesía escapa a toda pretensión”.

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Rivas, que ya hace parte de los autores más destacados de la literatura contemporánea actual, reafirma en este libro su facilidad y cuidado para encontrar las palabras precisas. Esa fascinación que produce en los lectores se explica tal vez en esa mezcla de cercanía y de capacidad para nombrar lo cotidiano con belleza y frases impactantes: funerales, jubileos, verdugos, personas que viven o se matan dentro de un solo cuerpo, nubes, el viento, gente que cuelga del alambre las camisas salvadas del sudor, las manos que acarician con miedo de fallar en el contacto. Frases que dejan ver imágenes, provocan sentimientos sin aviso, y hacen sentir al lector que no está solo con sus pensamientos. ¿Para qué leer poesía por estos días? Precisamente para esto o, como él mismo lo dice, para sentir que “nunca tan felices hemos sido como en aquellos días imposibles de echar en el olvido en que nos irá bien”.

Toma

Toma mi espíritu
de una punta
que yo lo agarro
de la otra
y dale vuelta
como a una toalla
empapada.

Tal vez así
caiga por fin
esa palabra huidiza
que estoy tratando
de decirte.

No quiero una metáfora

No quiero una metáfora
ni una frase que arrulle
con hermosas palabras:
carbúnculo, arrebol, ortiga.
No me sirve el lenguaje,
hoy sólo entiendo
puño y beso y hola
y no te vayas,
¡toma! y tropezón,
perro, mesa y sígueme
o adiós.
Llévense los poemas
que no quiero melindres,
y si escribo estas frases
una abajo de otra
es para golpear, besar,
saludar, ordenar, rogar,
despedirme llorando
y dar un tropezón.

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