La campaña electoral avanza en Colombia marcada por una tensión que va más allá de amenazas y hechos armados. En redes sociales (el escenario donde hoy se juega buena parte de la contienda) la violencia verbal se ha convertido en protagonista. Ataques personales, estigmatización y desinformación reemplazan cada vez más a las propuestas y, en algunos casos, han trascendido el mundo digital para instalarse en espacios cotidianos.
Uno de los episodios más ilustrativos ocurrió con el senador Iván Cepeda, quien fue increpado e insultado durante un vuelo comercial. El hecho, grabado por otros pasajeros y difundido ampliamente en redes, evidenció cómo la polarización política ya no se limita al debate en línea y se expresa sin filtros en espacios públicos.

Para Carlos Moreno, profesor e investigador de la Universidad Javeriana, esta dinámica responde a un cálculo político claro: “A muchos candidatos les interesa que se hable de ellos, bien o mal, pero que se hable de ellos. Las propuestas pasan a un segundo plano”. En ese contexto, el insulto y la reacción emocional generan más visibilidad que el debate de fondo.
Redes sociales: el campo de batalla
Plataformas como X, Facebook y TikTok amplifican mensajes simples, emocionales y fáciles de replicar. Cuestionar la apariencia física, la vida privada o atribuir vínculos criminales al adversario genera más interacción que discutir sobre el déficit fiscal, la seguridad o políticas sociales.
En ese escenario se inscribieron las burlas y ataques contra la candidata del Centro Dermocrático, Paloma Valencia, centrados en su apariencia física. El episodio más polémico se produjo tras una caricatura difundida en redes, lo que desató una ola de reacciones y llevó a pronunciamientos de organizaciones que calificaron el hecho como violencia política simbólica contra las mujeres.

Algo similar ha ocurrido con Vicky Dávila, quien, tras anunciar su aspiración presidencial, se convirtió en blanco recurrente de memes y contenidos virales. En muchos casos, la burla personal desplazó la discusión de sus posturas, una estrategia orientada a erosionar credibilidad más que a confrontar ideas.
Así fue la respuesta de la precandidata Vicky Dávila a los memes que han circulado en redes sociales tras su visita a La Guajira. https://t.co/if1kX8q65f pic.twitter.com/485qgP4Pr8
— Revista Semana (@RevistaSemana) February 1, 2026
Moreno advierte que “estas estrategias pueden generar beneficios inmediatos, pero terminan debilitando las instituciones democráticas”. La repetición de mensajes agresivos o falsos no solo contamina el debate público, sino que moldea percepciones y profundiza la polarización.
Cuando la campaña se vuelve guerra sucia
Desde Indepaz, su director Leonardo González coincide en que el tono del discurso político ha caído de forma alarmante. “Se ha pasado del argumento al señalamiento personal” y advierte que esto empobrece la discusión y aumenta la estigmatización, incluso poniendo en riesgo a los candidatos.
Según González, gran parte de esta violencia nace en redes sociales, alimentada por cuentas anónimas y seguidores radicalizados. Aunque algunos candidatos intentan desmarcarse, el efecto ya está instalado: “Aquí quien pierde es la democracia”, porque la participación deja de ser informada y se mueve por el chisme y la injuria, precisó.
Machismo, estigmas y ataques selectivos
La violencia verbal no afecta a todos por igual. Las mujeres en política siguen siendo blanco frecuente de ataques centrados en su apariencia o vida personal. Otro caso fue el protagonizado por la senadora María Fernanda Cabal, quien descalificó públicamente a María José Pizarro por sus tatuajes, trasladando el debate del terreno de las ideas al de los estigmas.
Para los analistas estos episodios refuerzan una cultura política que tolera la descalificación como herramienta electoral. Aunque en sectores urbanos estos discursos empiezan a generar rechazo, su persistencia evidencia que el agravio sigue siendo funcional en la lógica de las campañas.
El mayor riesgo, en el que coinciden los dos expertos, es que esta forma de violencia se normalice. En un país con una larga historia de confrontación política, trivializar el insulto puede abrir la puerta a escenarios más graves.
A medida que se acerca la recta final de la campaña, el llamado es a bajar el tono y subir el nivel del debate. De lo contrario, la guerra sucia seguirá ganando terreno, mientras la discusión de fondo (el futuro de Colombia) queda sepultada bajo el ruido de los insultos.










