RUSIA 2018 | 2018/06/14

En la calle Nikolskaya de Moscú también suena Colombia tierra querida y Los sabanales

Por: Víctor Diusabá Rojas. Especial para Semana. Moscú

En la calle más famosa hoy por hoy en Moscú, la torre de Babel del fútbol habla con consignas y banderas. Historia de una tarde hecha de música y multitudes.

En la mañana, Nikolskaya era otra cosa. Hinchas madrugadores y casi silenciosos caminaban a sus anchas por esa, la calle peatonal más señera de Moscú, más pendientes de llamar la atención con los colores de sus camisetas que de plantear un cara a cara con otros como ellos. Iban, igual, con helado en mano o un vaso de café. El clima de la capital rusa en estos días da para broncearse un poco que para coger un catarro.

En su camino, o en contravía, otros aficionados aprovechaban esa tregua matinal para escuchar hablar de Stalin, Lenin, Zhúkov o el teatro Bolshoi. Lo hacían hombres y mujeres que ejercen una de las profesiones más lucrativas en estos días en esta ciudad: la de guías turísticos semigratuitos, capaces de mostrar, con imaginación, aquella Plaza Roja que está cerrada casi todo el tiempo. Imagina uno, por razones de seguridad.  

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Ya en la tarde, Nikolskaya era otra cosa. Estaba llena de fanáticos, como estarán todos los estadios en el Mundial (a excepción quizás de duelos de poco prestigio como Panamá - Túnez, Nigeria- Islandia y Egipto - Arabia Saudita, para los que aún quedan entradas). Pero a Nikolskaya, como dice el lugar común, no le cabía un alma. Ni media, siquiera. 

Hasta los propios rusos no tenían por donde pasar, cuando lo normal es que por esos 500 se vean solo compradores cargados de paquetes que salen del GUM (el centro comercial más bonito de todos con los mejores precios del mundo,  dicen los que compran allí). Ese mismo GUM que en un tiempo fue epicentro político y, en otro,, mercado negro al que solo accedían los señores del poder para el pueblo.

Nikolskaya era, sobre las seis, un río de banderas y de lenguas. Unas a buen resguardo, como las de alemanes, australianos y, asómbrense, brasileños y uruguayos, hechos casi discretos transeúntes. Es más, escaseaban la bulla y los trapos de  los ingleses, tan amigos de hacerse oír y, sobre todo, de sentir, en esa especialidad tan suya, la de fuera de los estadios . Aunque ese extraño silencio y esa sentida ausencia tienen explicación: en Moscú, y en Rusia toda - al menos durante el Mundial, no se puede tomar trago en las calles, so pena de terminar dando explicaciones en una comisaría en la que, por supuesto, solo se habla ruso. Todos están advertidos. Entonces, tampoco había ingleses. Y los españoles, que tienen cómo echar a andar una jarana, se veían remolones porque  acababan de quedarse sin director técnico en la misma puerta del horno, acusado de jugar a dos cartas a la vez, la de la roja y la del Madrid.

La fiesta venía en cambio de otras latitudes. Ver saltar a los saudíes, cual hinchas de Boca Juniors o de Flamengo, es para tomarse una foto con ellos. Y más con ellas, porque, desafiando la ira (¿santa?) de sus imanes, había mujeres entre la barra. Y oírlos, y oirlas, chillar en coro quizás no meta miedo pero sí cierto respeto.

Cuando por la misma cuadra aparecieron los iraníes, que no se quedaban atrás en ruidos, gestos y arengas, la cosa prometió ponerse difícil.. ¿Qué se dijeron al pasar? Vaya usted a saber. Quizás nada político; y menos, porque al final cada turba siguió su rumbo. Al igual como sucedió durante todo el día, al menos allí, sin incidente grave alguno.    

En esa escala de la efervescencia, los egipcios sacaron medalla de bronce. Se ve que la buena onda de su estrella Salah los tiene envalentonados. Es más, o es una simple coincidencia o hay un corte de pelo y una barba de cierto descuido que el jugador de Liverpool ha convertido en moda entre los suyos. Tomen nota: Egipto está en el Mundial y va a hacerse notar, con Salah o sin él.  

Hay una cuarta pasión que tiene aún cómo pelear este otro título, el de aquellos que vienen al Mundial a dejarlo todo en plazas, calles y tribunas. Son los mexicanos. Y peor aún para sus rivales si pasan a la siguiente ronda (les espera una combinación de miedo: Alemania, Suecia y Corea del Sur). Y es que si algo brota por esta ciudad, aparte de hospitalidad, es eso, mexicanos.  De hecho, es más fácil dar con un sombrero charro que con uno de cosaco. Y no necesitan andar en manada porque con cuatro o cinco que se junten, hay serenata que comienza con un sentido. “Alemania, alístate, aquí te tengo tu chili nacional”, - igual les dirán en su momento a suecos y coreanos.

también hay una invasión peruana a Rusia. ¿Se quedó alguien en casa?, vale preguntarles. Han convertido el blanco y su banda roja cruzada en un golpe de vista que está en todas las imágenes. Eso sí, por tradición o por cautela, ellos prefieren las sonrisas a las consignas. Solo que cuando hay alguna mención a Paolo Guerrero, se  ponen en ebullición. Como cuando a los argentinos se les toca el tema de que si Messi se irá de esta vida del fútbol sin mojar título mundial.

Bueno, ¿y los colombianos qué? Pues los colombianos bien. Sobre todo en Nikolskaya. Porque ya habían pasado por allí durante esas largas horas saudíes, iraníes, egipcios, rusos (todos casi niños), mexicanos, en torrentes de escándalo de ida y vuelta. Todo parecía definido. Entonces saltó al campo (mejor dicho, al asfalto) un tal Alfonso Pertuz. Sanandresano él, no más de veintitantos años. Estudiante de medicina aquí en Rusia y trabajador en ratos libres. Salsero de paso corto y pie firme. Alfonso se puso la capa de dj callejero y entonces, con la ayuda de no más de 30 paisanos, todo se hizo una sola rumba a punta de ¨Cali ají’, ‘Colombia tierra querida’, ‘Los sabanales’ o  ‘El sanjuanero’ y salsachoque al mejor estilo Pablo Armero.

Y  saudíes, iraníes, egipcios, rusos, mexicanos. Pero también argentinos, ingleses, franceses, tunecinos, alemanes, australianos e ingleses, entre los que se dejaron contar se subieron a ese bus para ponerse de acuerdo en que Pertuz metía un gol de libre directo con su música. El primer gol de los de Colombia en este mundial.  

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