SELECCIÓN | 2018/06/08

¿Qué pasa dentro del camerino de la Selección Colombia?

Difícil saberlo con exactitud, pero José Pékerman ha logrado que el vestuario sea un espacio de intimidad donde no entra ni el presidente Santos.

Es curioso, pero las voces que alguna vez han querido comentar sobre el asunto tienen puntos en común: no son tan precisas en sus descripciones puntuales, pero sí tienen claro que ese es un lugar donde prima el buen ambiente y los gritos del entrenador no existen. Es un espacio sagrado donde caben el temperamento, el respeto y quienes hacen parte del juego. De esta manera se logra el bienestar de un equipo que solo debe estar enfocado en encarar los 90 minutos del juego.

Por eso, José Néstor Pékerman es respetado e incluso genera molestia entre aquellos que no consiguen colarse a ese recinto sacro. Ahí solo pueden estar los integrantes de la Selección Colombia. Nadie más. Se supo que en un encuentro de eliminatorias en el Estadio Roberto Meléndez de Barranquilla, el argentino tuvo que ir hasta la puerta del camerino para pedirle amablemente a un famoso visitante que intentaba ingresar para apoyar de cerca al equipo de todos, que por favor lo hiciera en otro momento. Ojo, siempre con amabilidad y con ese carácter casi bucólico que tiene, pero con la rigidez de la norma. Entonces, tras la negativa, el presidente Juan Manuel Santos debió regresar hacia el palco en el que iba a presenciar aquel duelo. También les pasó a varios directivos de la Federación Colombiana de Fútbol: en los vestidores solamente caben los que tienen que estar allí.

En cuanto al mensaje, quienes lo conocen, como el argentino Juan Pablo Sorín –lo dirigió en juveniles y mayores– ha dicho que es el mejor “entrenador mental del mundo” porque es ahí, en el previo y en el intermedio, que Pékerman se preocupa por no agobiar a su gente con mensajes exagerados. Simplemente hace anotaciones sobre ciertas misiones que se deben cumplir, y con seriedad, pero aludiendo también a lo emotivo, aprovecha para arengar a la tropa.

Hubo momentos de crispación, como aquel partido ante los venezolanos en la eliminatoria hacia Brasil en donde las condiciones de seguridad eran precarias para el equipo. Allí Pékerman lanzó un mensaje tranquilizador a sus dirigidos, que estaban alterados por cuenta del entorno. No se ganó aquel encuentro, pero fue uno de los instantes más ásperos vividos por el entrenador porque la frontera entre fútbol e inseguridad pendía de un hilo y en ese instante parecía ser más importante la integridad de los suyos que un resultado a favor o en contra. Ante Chile, en el intermedio de aquel 0-3 en desventaja (en 2013) también acudió a la posibilidad de no regañar. Les hizo entender a los suyos que la posibilidad de clasificar al Mundial seguía dependiendo de la capacidad de reacción de cada uno y de los cambios que iba a programar en el segundo tiempo. El partido terminó 3-3 y el equipo regresó a la copa del mundo después de 16 años de ausencia.

Su voz y su victoria en términos de obtener respeto por la sabiduría y no por los gritos y reproches públicos que haga, dejan al director técnico en una posición muy favorecida frente a quienes han sido dirigidos por él. Se genera un lazo de confianza, basado en el respeto, entre jugadores y director. Los futbolistas no quieren decepcionar a alguien que es más padre que institutriz. En eso coincidieron el mismo Juan Pablo Sorín y Edwin Cardona (quien no irá al Mundial) en entrevistas recientes: el carácter paternal de José se convierte en una talanquera contra la posibilidad de que alguno lo decepcione.

Y cuando hay que tomar correctivos los toma sin dudar o sin que le tiemble la mano, pero siempre guiado por la consigna de que en su lugar sagrado, en el vestuario donde no pueden entrar directivos, periodistas o presidentes de la república, conduce seres humanos, no máquinas infalibles.

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