NECOCLÍ | 2018/06/30

Cuadrado, el milagro de Necoclí

Juan Guillermo dio sus primeras gambetas descalzo y con los zapatos del colegio. En su familia ninguno salió jugador de fútbol. Esta es su increíble historia.

Juan Guillermo Cuadrado nació en 1988 en el seno de una familia pobre de Necoclí y cuando era pequeño no tenía crespos definidos, lo motilaban al rape. Tampoco se podía dar el lujo de tener un uniforme de fútbol: jugaba descalzo porque solo tenía los zapatos del colegio.

 El Urabá nunca ha sido un refugio de paz, y en 1988 las Farc, el EPL y el ELN ejercían la hegemonía rebelde en la región. Pero todo empeoró cuando empezaron los años noventa y con ellos nacieron las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (Accu) bajo el mando de Carlos Castaño, quien se trazó el objetivo de acabar con la insurrección. Así, esa zona de Antioquia se convirtió en un campo de batalla en el que muchos perdieron la vida. A Juan Guillermo Cuadrado sus padres –Guillermo Cuadrado y María Bello– le enseñaron que siempre que oyera una balacera saliera corriendo a meterse debajo de alguna cama. Un día de 1992, cuando terminó lo que a veces parecía un juego, se encontró con su madre que lloraba sobre el cadáver de su padre.

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 Después del asesinato, Juan Guillermo Cuadrado llegó a vivir con sus abuelos. Tenía 3 años y allí vivió hasta los 8, lejos del cuidado de su mamá, que entró a trabajar en las bananeras del Urabá donde le pagaban un salario mínimo por embalar plátano de exportación.

“Lo trajimos porque su mamá se fue a trabajar a Apartadó para sacarlo adelante cuando el papá murió. Mientras lo teníamos aquí, Juan Guillermo era muy inquieto, lo mandábamos al colegio y se quedaba en la cancha jugando, no entraba a clase por jugar”, dice su abuela Marcela Guerrero.

FOTO: SERGIO RÍOS MENA

Cuando salía de clase, se iba directo a jugar: no almorzaba, no descansaba, no hacía tareas. Muchas veces los abuelos se angustiaban porque sabían que los paramilitares andaban sueltos mirando a quién asesinar. Y cuando salían a buscarlo, lo encontraban en la playa o en la cancha. Era apenas comprensible: Juan Guillermo aprendió a caminar detrás de un balón. Se lo lanzaban adelante para que lo persiguiera. El balón fue su único juguete y ahora su abuelo se pregunta cómo lo iban a regañar por perseguirlo siempre si era su amigo, su placer. Pasados unos años su madre empezó a administrar una heladería en Apartadó y le enviaba dinero para que entrenara, pero no alcanzaba para comprar guayos. Juan Guillermo, entonces, jugaba descalzo o con los zapatos del colegio, que siempre terminaban maltrechos, con la suela despegada, con un hueco por el que se filtraba el agua.

En Apartadó lo entrenó Gabriel Murillo, un hombre fuerte a quien la poliomielitis le molió las piernas y dirige a los jugadores desde un triciclo. “Yo recuerdo cuando vi a Cuadrado por primera vez, me impresionó mucho. Empezamos a viajar para jugar torneos en otros pueblos y empezó a hacerse famoso. Después de estar conmigo, Cuadrado pasó a la escuela Manchester”. El entrenador de esta, Luis Ayala, amigo de Marcela Bello –la madre–, prometió hacer de Cuadrado un profesional. La historia adquiere tintes de mito: en un partido de la Manchester contra un equipo de San Juan de Urabá, el muchacho anotó 12 goles.

Pasados los años, y luego de jugar en torneos en Sincelejo y en el Bajo Cauca, siempre como la estrella, debutó en 2008 con el Deportivo Independiente Medellín. Allí solo estuvo dos años para saltar a Italia donde jugó con el Udinese, el Lecce y la Fiorentina. Luego lo compró Chelsea y finalmente lo cedió a la Juventus, donde ha ganado seis títulos en tres años. Allí la hinchada lo llama Cuadradiño, por su gambeta y alegría. 

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